Las venas abiertas

País sin verdad

14/08/2018

En muchas ocasiones la realidad de un país se descodifica mucho mejor acudiendo a la literatura y a la pátina de ficción que la barniza. Sucede, por ejemplo, en ese país lleno de contrastes que es Italia, aquel al que el siciliano Leonardo Sciascia definía como «un país sin verdad».

El escritor se refería a esas falsas realidades sobre las que se asentó un estado que fue saltando del régimen democristiano al triunfo del comunismo y hasta la aparición de Berlusconi y sus velinas. Todo ello encubría la verdadera maquinaria de poder, alimentada por la voracidad de la corrupción y las influencias criminales.

España, en apariencia, está muy lejos de igualar esa consciencia del delito que se vive en Italia, muchas veces teñida de sangre en el imaginario que la ficción ha construido en nuestra mente a través de las películas de mafiosos. Pero también ha construido desde la Transición un relato paralelo que durante años solo fue desafiado por la ficción literaria que, curiosamente, se agrupaba en la novela negra antes de que esta fuera un estereotipo de moda.

«Solo así se entiende que sea suficiente con desplegar una bandera para olvidar tramas corruptas de décadas»

Solo así se entiende que sea suficiente con desplegar una bandera para ocultar la trama corrupta que ha sustentado durante décadas al Partido Popular. Le pasa ahora a Pablo Casado, acorralado por la justicia, pero llamando a la patria como argumento de legalidad.

A Casado le gusta citar a Machado, lo hizo cuando fue nombrado presidente de su partido al derrotar en unas primarias cainitas a Soraya Sáenz de Santamaría. Sin embargo, se dejó atrás una de las más clarividentes sentencias del poeta obligado al exilio, una que parece cortada a medida de un traje para personajes como él. «En los trances duros, los señoritos invocan la patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre y la salva».

Así se construye un país sin verdad. Recurriendo a una nacionalismo centralista que obedece una bandera a la que le cambiaron los colores los traidores sublevados del 18 de julio. Porque no se trata de mirar a las cunetas o de vaciar un panteón. Se trata de tener un poco de honestidad y vergüenza.