Borrar
Vea la portada de CANARIAS7 de este viernes 19 de julio
Una ilustración en recuerdo de Miguel Ángel Blanco, asesinado por ETA hace 25 años. Tomás Ondarra
La memoria de Miguel Ángel Blanco

La memoria de Miguel Ángel Blanco

EL FOCO ·

El secuestro y asesinato del concejal de Ermua supuso un antes y un después en la desgraciada historia del terrorismo. La gente perdió el miedo y la indignación salió a la calle

pedro sánchez. presidente del gobierno

Sábado, 9 de julio 2022

Necesitas ser registrado para acceder a esta funcionalidad.

Opciones para compartir

El jueves 10 de julio de 1997, a la salida de la estación de Ardantza, en Eibar, el 'comando Donosti' de la banda terrorista ETA interceptó a un joven de 29 años, lo introdujo en un coche oscuro y lo llevó hasta el lugar donde lo mantendría secuestrado durante dos días. A media tarde, dieron el aviso a la emisora Egin Irratia: si en 48 horas el Ministerio del Interior no acercaba a los presos etarras a las cárceles del País Vasco, lo matarían.

Aquel joven, concejal del Partido Popular en el Ayuntamiento de Ermua, era Miguel Ángel Blanco, un nombre que siempre estará grabado en la historia de dolor de nuestro país. Un nombre que forma parte de la democracia española.

Miguel Ángel Blanco era el secuestrado número 78 de la banda terrorista ETA. Nueve días antes de que lo metieran a la fuerza en aquel coche, cuando iba camino del trabajo, la Guardia Civil había liberado a José Antonio Ortega Lara, el funcionario de prisiones a quien la banda había tenido encerrado en un zulo inhumano durante 532 días. El secuestro de Miguel Ángel era una venganza, una reacción terrorífica. Las horas que se sucedieron tras la noticia de su desaparición cayeron -primero sobre Ermua y poco a poco sobre toda España- como la lluvia violeta y salvaje de la canción que escribió Goñi, el cantante de Revólver, para recordar ese hecho cuando ya no había lugar para la esperanza.

Porque finalmente no hubo lugar para la esperanza. Pero el secuestro y el asesinato de Miguel Ángel Blanco supuso un antes y un después en la desgraciada historia del terrorismo en nuestro país. La gente perdió el miedo. La brutal amenaza, la sensación de estar asistiendo a un asesinato a cámara lenta y la impotencia ante los años de obligado silencio hicieron que la solidaridad y la indignación salieran a la calle. El pueblo entero de Ermua contuvo la respiración desde aquel jueves 10 de julio de hace veinticinco años. La segunda noche del secuestro, apenas 24 horas antes de que el ultimátum se cumpliera, cientos de personas encendieron velas y mantuvieron una vigilia para acompañar así a los familiares del joven concejal, para pedir su libertad.

El espíritu de Ermua será siempre el de la convivencia que no admite ningún tipo de violencia

En Bilbao, a la mañana siguiente, tuvo lugar la manifestación más grande de su historia. Una marea humana caminó en silencio, al mediodía, por las principales calles de la capital vizcaína. Las calles se llenaron de gente clamando por la libertad de Miguel Ángel no solo en el País Vasco, en toda España ocurrió lo mismo. Cientos de miles de personas alzaron la voz contra la brutalidad, contra la muerte. España se encaraba, pacífica y valiente, con la organización terrorista. Pero ETA, una vez más, desoyó al pueblo.

Los terroristas asesinaron a Miguel Ángel Blanco de dos tiros en la nuca. Fue encontrado aún con vida y trasladado al hospital de San Sebastián, pero no se pudo hacer nada. Murió a las cinco de la mañana. Era la persona 778 en la nómina de muertos a manos de ETA.

Ermua se convirtió, desde ese momento, en el símbolo de la lucha ciudadana contra la banda terrorista. Y España entera manifestó su repulsa, su condena ante aquella barbaridad. Se calcula que alrededor de cuatro millones de personas salieron a la calle durante esos días, en las tensas horas del secuestro y tras la ejecución, para mostrar la rabia, la indignación, el profundo dolor de un país azotado por años de violencia. Mientras protegían la sede de Herri Batasuna, frente a 40.000 o 50.000 personas, seis ertzainas decidieron descubrir su rostro. Fue un gesto de un tremendo simbolismo: bastaba ya de esconderse, de callar. Los manifestantes les abrazaron. El pueblo decidió que aquello tenía que acabarse.

El silencio y el miedo comenzaron a desaparecer en la sociedad vasca y ya nunca volvieron. Muchos ciudadanos y ciudadanas, que habían permanecido indiferentes ante el fanatismo terrorista, levantaron por fin la voz. El espíritu de Ermua será siempre el espíritu de la unidad y de la paz. El espíritu de la convivencia que no admite ningún tipo de violencia.

Mantener la memoria de las víctimas ayuda a atesorar la verdad y garantizar la justicia

Si antes los asesinatos de ETA habían generado parálisis, a partir de aquel 12 de julio de 1997 generaron movilizaciones. Frente a la coacción totalitaria del terrorismo, se impuso la defensa de los derechos humanos. Frente a «la socialización del sufrimiento» -como llamaba ETA a su insania-, se impusieron la libertad, la democracia y la vida. El día del asesinato de Miguel Ángel Blanco, ETA empezó a perder definitivamente.

Pasaron aún catorce años hasta que el 20 de octubre de 2011 la banda terrorista anunció el cese definitivo de la actividad armada, sin condiciones. España ponía fin a 43 años de terrorismo, con 829 víctimas mortales.

El final de esta etapa negra de la historia de nuestro país pudo darse gracias al esfuerzo titánico de cada gobierno democrático en su apuesta por el diálogo, a la unidad de los partidos frente al terror y el odio, a la labor de la justicia, a la imprescindible colaboración internacional, al trabajo valiosísimo de las Fuerzas de Seguridad y, por supuesto, a la sociedad vasca y española.

Muchos jóvenes de hoy no habían nacido cuando Miguel Ángel fue asesinado. Por eso debemos agradecer a las organizaciones de la sociedad civil vasca que dediquen tanto esfuerzo a mantener su memoria y la memoria de las víctimas. La memoria, colectiva e histórica, es imprescindible para reparar los errores del pasado, para atesorar la verdad y para garantizar la justicia.

Euskadi nunca olvidará su historia reciente, como tampoco debe olvidarse, en ningún rincón de nuestro país, ni ahora ni en el futuro, el camino que se ha recorrido hasta llegar a la libertad.

Reporta un error en esta noticia

* Campos obligatorios