Las venas abiertas

Los ecos del ‘Watergate’ insular

29/04/2019

Hace algunas semanas le leí a alguien que España se ha pasado toda una vida esperando tener su Watergate y cuando lo tuvo delante lo dijo bajito. Se refería a la policía patriótica, esa montaña de mierda concebida por el Partido Popular utilizando recursos del Estado para manchar y eliminar a Podemos como enemigo político.

En Canarias hubo un caso muy particular, aquel en el que José Manuel Soria, entonces ministro del gabinete de Mariano Rajoy, y el juez Salvador Alba cercenaron la recién comenzada carrera política de Victoria Rosell en un caso deconstruido por la justicia, archivado y que tiene al magistrado acusado de cinco delitos.

Restablecido el orden, Rosell decidió volver. Y su retorno, ajeno a antipatías o simpatías personales, tiene mucho de justicia poética. Su candidatura por Las Palmas al Congreso de los Diputados se impuso a todos los pronósticos, no solo le devolvió un escaño al que no pudo volver a optar por una artimaña de una bajeza impepinable, sino que se colocó como segunda fuerza más votadas, con los mejores resultados de Podemos en el Estado.

Y esta sensación de reconciliación con la democracia se respiraba en el cuartel general de la formación morada en la Plaza del Pilar, un lugar de una enorme carga simbólica para el partido. Los ecos del Watergate insular susurraban aquello del «el grande perdió, el chico ganó» que da forma el estribillo del Himno de la lucha canaria.

«En la sede de Podemos, con la vuelta de Rosell se sentía una reconciliación con la democracia»

Unidas Podemos, no obstante, se dejó un 5% de los votos que consiguió en Canarias el verano de 2016. Pero supo agarrarse a su arraigo en las islas, a pesar de que las cloacas cargaran contra las siete estrellas verdes.

Rosell y Pita volverán a tener escaños. Como lo volverá a tener Alberto Rodríguez en Santa Cruz de Tenerife. El diputado tinerfeño también recoge el justo premio a su trabajo en las legislaturas precedentes, donde superó todos los prejuicios de clase sobre su estética para protagonizar algunos de los discursos más brillantes de los últimos años en esa Cámara en la que abunda la naftalina.