Crónica de un confinamiento

Jardines de la memoria, palacio de los sueños

28/03/2020
«Sentada con los ojos cerrados, casi creía en el País de las Maravillas, aunque sabía que sólo tenía que abrirlos para que todo se transformara en obtusa realidad».

«Sombrerero, temo que no vuelva a verte nunca», dice la niña a punto de volver a su mundo. «Mi querida Alicia, nos veremos en los jardines de la memoria y en el palacio de los sueños, ahí es donde tú y yo nos veremos», responde el sabio loco. «–Pero un sueño no es la realidad». «–Y quién te dice cual es cual».

Si hace quince o veinte días, ya no sé en qué fecha transcurren mis nuevos días, me hubiesen preguntado con quien desearía pasar un confinamiento domiciliario, hubiese respondido rápidamente. Con mi hijas. Con ellas, 11 y 8 años, he teletrabajado desde que se decretó el estado de alarma, lo cual no es nada fácil. La peque me pide que baje la voz mientras intento hacer una entrevista telefónica. No le dejo escuchar al detalle los diálogos de La patrulla canina o de Kasey agente especial, que debe saberse de memoria. Las frases «Yo me quedo en casa» o «Lávate las manos» han servido para hacer carteles que cuelgan de la puerta de la entrada y de la del baño. De las pocas manualidades que hemos hecho y muy alejadas de las que presume el mundo instagram. Los profes forman parte de nuestra cotidianidad más que nunca. Incansables, a diario nos envían por email las tareas del cole. Y no les engaño. ¡Qué sufrimiento! A pesar de los mensajes de ánimo y optimismo del profesorado, hacemos lo que podemos, a veces con más ganas, otras con menos. Madres y niños –sí, sobre todo madres, a la vista de cómo hierven los grupos de WhatsApp– intentamos seguir una rutina; pero estar encerradas en una casa da para muchas aventuras.

«Yo ya no soy yo. No puedo explicarme con más claridad porque tampoco lo entiendo yo».

Y más que nunca cobra sentido la hilarante locura de Alicia en el país de las maravillas. «Si conocieras el tiempo tan bien como yo, no hablarías de matarlo. ¡El tiempo es todo un personaje!».

Y puede que haya quien se aburra en estos días en su confinamiento, el que ya ni sepa qué hacer y quien ya lo haya hecho todo. Pero por aquí aún no ha dado tiempo de ordenar los roperos y el polvo de la última calima se mezcla en las contraventanas con las recientes lluvias; sí hemos dejado como los chorros del oro el salón, el lugar donde se trabaja, se estudia, se ve la tele, se juega, se ríe e incluso se pierde la paciencia. Tampoco he leído, más allá de millones de informaciones y WhatsApp de familia, amigos y compañeros de trabajo sobre el coronavirus, chistes sobre el encierro incluidos. Ni un libro de adultos ha caído por el momento, pero ya hemos terminado La diversión de Martina y ahora estamos con Fairy Oak, tierra de magos, brujas, hadas y gente corriente –los sinmagia– (este me gusta más). Ni visto película que no sea infantil.

Pero «la imaginación es la única arma en la guerra contra la realidad». Así que hemos hecho fiesta del pijama, guerra de cojines y picnic a base de aceitunas y pepinillos; sudado con entrenamientos virtuales; y reído con videollamadas en las que la pantalla se queda pequeña –Nacho, Nati, María, Enea, Darío, abuela...–; y las amigas –Salida en breve– me han dado en la distancia los mejores momentos del encierro. En libertad tenemos pendientes besos, abrazos, un pateo y unas cervezas (el orden no se ha concretado).