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Hambre y ayuno

Hambre y ayuno

A la última ·

Miércoles, 3 de noviembre 2021, 23:01

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Esta semana, el biólogo molecular Michael Hall ha recogido en Bilbao el Premio Fronteras del Conocimiento 2020. Parte de sus investigaciones se centran en la rapamicina, un compuesto bacteriano que inhibe el crecimiento de los hongos y que, según los últimos hallazgos científicos, podría utilizarse para crear tratamientos contra enfermedades relacionadas con el envejecimiento, como el cáncer, la diabetes o el alzhéimer. Pero lo más curioso de esta sustancia es su mecanismo: para frenar el avance de la vejez, emula los efectos del ayuno. En palabras del propio Hall: «Se ha demostrado que en muchos animales estas dietas restrictivas pueden alargar la vida. Y se ha probado que inoculando rapamicina en levaduras, moscas y ratones se 'simularía' el ayuno, porque (…) no se activa el crecimiento celular.»

Este mundo está plagado de contradicciones. Mientras en los países opulentos se plantea el ayuno como una vía para controlar problemas de salud pública asociados a la sobrealimentación y se buscan otras estrategias para frenar la epidemia de la obesidad —hace pocos días, Garzón anunció que su ministerio regulará la publicidad de alimentos azucarados dirigida a niños y adolescentes—, más de 800 millones de personas siguen pasando hambre en el planeta. La ONU insiste en que un pequeño porcentaje de las mayores fortunas del mundo tendría un efecto inmediato si se destinase a paliar la subalimentación global. Concretamente, el 2% de la riqueza de Elon Musk podría salvar 42 millones de vidas. El multimillonario no lo tiene claro, y le ha exigido al director del WFP que lo demuestre. Sin embargo, la evidencia es tal que dudo que exista ciencia suficiente sobre la Tierra para abrirle los ojos.

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