Del director

Guardias civiles en el aeropuerto

16/08/2017

En un aeropuerto español conviven la Guardia Civil en labores de vigilancia, la Policía Nacional controlando las fronteras, la seguridad privada chequeando que nadie pase el arco de seguridad con material contrario a la normativa, y la Policía Local de turno regulando el tráfico y poniendo multas. Ahora, con la crisis vivida en el aeropuerto de Barcelona, ha quedado en evidencia que algo falla en ese mecanismo.

Si tan grave es la amenaza terrorista como para que nos encontremos en nivel cuatro de alerta, y si tan importantes son los aeropuertos como posible objetivo de los bárbaros y por su condición de frontera, uno no alcanza a entender por qué una pieza tan importante como el chequeo al viajero se deja en manos de empresas privadas habiendo cuerpos policiales de sobra. Más aún: todos somos testigos de cómo quien mira la pantalla del escáner y da paso a los pasajeros es un agente privado, pero quien actúa si aquel detecta alguna incidencia es el guardia civil de turno que está a dos metros de distancia.

Los canarios, sobre todo los que ya tenemos unos cuantos años, recordamos aquellos tiempos en que llegabas a Barajas, o a cualquier otra terminal peninsular, y te encontrabas con el guardia civil de turno que usaba la mirada como escáner y decidía por instinto o por capricho a quién le tocaba abrir la maleta para ver si había tabaco, el Walkman o las gafas de marca de turno. Aquellos tiempos pasaron pero impresa en la memoria quedó asociada la imagen del agente de la Benemérita con la seguridad en los aeropuertos, que es más o menos lo que sucede desde el pasado lunes en Barcelona.

Ahora, mientras llega ese laudo de obligado cumplimiento, espero que el Consejo de Ministros y el Ministerio de Fomento asuman que no tiene sentido continuar con ese modelo de funcionamiento donde se mezclan tantas entidades para una misma misión y donde, al final, unos por otros y la casa sin barrer. Y sobre todo ha llegado el momento de que alguien le lea la cartilla al ente encargado de poner orden en los aeropuertos, porque la crisis de El Prat no nació de un día para otro: alguien le adjudicó la vigilancia a una empresa que, en tiempos de boom turístico, cambió las condiciones de la plantilla y no la incrementó pese al aumento de servicios, de manera que habrá que preguntarse cómo se articuló la oferta económica que hizo que la compañía privada pudiese ganar aquella licitación.