Marta Viera en una de las escenas de 'Clara y el abismo'. / C7

Vivir también es morir

'Clara y el abismo', una producción universal hecha aquí, es texto, música, imagen. Es vida, emoción

Vicente Llorca Llinares
VICENTE LLORCA LLINARES

Decía Camilo José Cela en 'Pabellón de Reposo' que la muerte es dulce; la antesala, cruel. Así pensemos que no va con nosotros llega el momento en que nos toca y ante ella nos descubrimos; no en vano, vivir también es morir, de ahí que resulte tan sugerente la relación que establecemos con el riesgo, con la muerte, en suma.

El teatro Pérez Galdós ha abierto la temporada con el estreno de la obra 'Clara y el abismo', una creación que no se esconde, fiel y comprometida desde el primer instante con lo que anuncia en el título, nos asoma al abismo de la mano de una mujer que salda cuentas con su existencia y que en esa antesala cruel, «estoy así porque estoy viviendo», llega a decir, nos invita a la reflexión sobre la vida y la muerte.

El montaje dirigido por Mario Vega, inspirado en un texto del dramaturgo Gabriel Calderón, con música de Coque Malla, producido por el propio teatro y Unahoramenos Producciones, con las actrices Marta Viera y Ruth Sánchez como únicas protagonistas, es la primera gran producción escénica de la segunda edición internacional de la iniciativa de experimentación 'Laboratorio Galdós', pero es, sobre todo, un clamoroso ejemplo del crecimiento constante en que se encuentra esta iniciativa desde su nacimiento.

Una de las grandezas del teatro es su no inmutabilidad y este proyecto, una valiente apuesta por la innovación, refrenda con esta creación que nada es sólido, permitiendo permearse de las muchas herramientas que brindan los tiempos presentes, el teatro contemporáneo, evidenciando que la creatividad no tiene límites.

'Clara y el abismo', una producción universal hecha aquí, una creación coral, se soporta sobre un texto nada amable que nos enfrenta a la enfermedad y al fin, pero desde un punto de vista nada convencional, que nos sobrecoge, conmueve, y nos pone ante el espejo de nuestra propia existencia; mientras la música, igual de relevante, envuelve, amansa el espíritu, alivia y también eriza, siendo un hilo conductor entre esa sucesión primorosa de estampas, auténticos cuadros, que se van contemplando sobre el escenario hasta hacer realidad un lenguaje visual que da aún más fuerza al discurso sin que mengüe el primoroso protagonismo de sus versátiles actrices.

Es, en el más amplio sentido existencial de la palabra, un recreo visual, auditivo, espiritual. Es texto, es música, es imagen. Es la vida. Y como tal nos emociona. Así llegue a su final. Grandeza teatral.