Imagen de voluntarios y expertos colaborando en las labores de limpieza en la costa gallega tras el hundimiento del petrolero en noviembre de 2002. / EUROPA PRESS

Vivencias en torno al desastre del 'Prestige'

Jamás olvidaré las caras circunspectas de cuantas personas salían o entraban. Un grupo de deprimidos periodistas portugueses hacían guardia en el salón de prensa ante un mapa

PASCUAL CALABUIG Veterinario

Anochece el 14 de noviembre del 2002. En los alrededores de la casa forestal del Realejo Alto, en la Corona Forestal de la isla de Tenerife, el viento azota con fuerza las copas de los pinos. En la soberana soledad de aquel lugar me preparo para dormir desde hora tan temprana. Hace frío y, gracias a la chimenea que el precavido guarda forestal ha encendido desde media tarde, el interior de la casa está cálido y confortable. Al día siguiente nos espera una jornada de captura y cirugía de muflones en el Parque Nacional del Teide, dentro del programa de control de estos herbívoros introducidos que realiza el Icona, con quien colaboramos desde hace años.

Una pequeña radio me entretiene con su ulular de noticias y, poco a poco, me voy adormeciendo. De repente una de esas noticias me hace dar un salto. De entrada no supe si realmente la había oído o era una mala pesadilla que me atrapó en el primer embeleso. No, no es un sueño, es la realidad y, aunque muy telegráficamente, vuelven a repetirla, como uno más de los sucesos de ese día: nn petrolero de nombre 'Prestige', con 80.000 toneladas de fuel pesado en sus tanques, está escorado y a punto de embarrancar, en medio de un fortísimo temporal, en la Costa de la Muerte, allá en Galicia.

Esa noche no pude dormir, consciente de la extrema gravedad del suceso. No podía quitarme de la cabeza la imagen de miles de aves atrapadas en la negra muerte del petróleo. ¿Quien iba a imaginar que pronto estaría tan pringado en el fuel como las propias aves que me atormentaron esa primera noche?

«Esperemos que no vuelva a ocurrir nada parecido rn el planeta, pero por si acaso, estaremos preparados»

Pascual calabuig

Veterinario

Al día siguiente el optimismo me invade cuando escucho que el petrolero no embarrancó, y que han logrado corregir la escora. Más adelante, un tal Arsenio Fernández de Mesa, delegado del Gobierno en Galicia, me hunde de nuevo en la miseria al decir que: «El barco será oportunamente alejado de la costa para evitar males mayores». ¡Qué locura! ¡Las 80.000 toneladas de fuel son suficientes para asfaltar las Rías Gallegas y toda la Cornisa Cantábrica! Era evidente que, de no ser trasvasadas, estaríamos ante la mayor tragedia que pudiéramos imaginar ¡Qué más da que el fuel se derrame unas millas más adentro o más afuera si las corrientes lo acabarían tirando a la costa! En días sucesivos, conforme se conocían las decisiones que iban tomando las autoridades competentes, muchos supimos que el desastre sería de dimensiones épicas.

El sábado 16 de noviembre, a pesar de los violentos embates del temporal, el barco aun no se ha hundido. Arrastrado por tres remolcadores deambula, derramando su letal carga, frente a las maltratadas costas gallegas. Esa tarde recibo una llamada urgente desde Adena-WWF Internacional. Solicitan gente experta para trabajar en la recuperación de las aves que ya empiezan a colapsar las precarias instalaciones de A Coruña. Hace falta de todo, manos, especialistas, material básico. Una vez más un accidente de este tipo vuelve a coger en 'bragas' a las administraciones responsables y, como diría mi abuela Antonia, q.e.p.d., «..sólo se acuerdan de Santa Bárbara cuando truena».

«La estimación es que un total de 200.00 aves pudieron haber muerto debido al incidente»

PASCUAL CALABUIG

Veterinario

Es lunes y tras los oportunos permisos del Consejero de Medio Ambiente del Cabildo de Gran Canaria embarco hacia Galicia con varias cajas de material de emergencia para aves petroleadas. En el aeropuerto de A Coruña me espera el chófer del director general de Medio Ambiente de la Xunta de Galicia. Era evidente, desde el principio, que las autoridades gallegas intentarían recuperar el tiempo perdido y se iban a volcar en la recuperación de los animales petroleados. Nos encontrábamos en plena migración postnupcial de las aves marinas que utilizan el rico mar gallego en sus desplazamientos e invernadas. Ya se intuía que iban a ser decenas de miles los ejemplares afectados.

Del aeropuerto me trasladan directamente a la Delegación del Gobierno desde cuyo Gabinete de Crisis se dictaban las polémicas y trascendentales decisiones. Jamás olvidaré las caras circunspectas de cuantas personas salían o entraban. Un grupo de deprimidos periodistas portugueses hacían guardia en el salón de prensa ante un mapa, donde iban marcando la deriva del barco, cada vez más peligrosamente cerca del límite de sus aguas territoriales. «España les tiraba la mierda a ellos» me decían. De repente uno de los portugueses coloca delante del petrolero un barco de guerra y todos aplauden. Así había ocurrido en la realidad. El 'Prestige' todavía tardaría un día más en partirse y hundirse a unas 130 millas de Finisterre.

Los americanos de la IFAW

Para cenar esa primera noche quedamos Ezequiel Navío de Adena WWF Internacional, Antonio Sandoval, experto ornitólogo local y algunos extranjeros que, según me contaron, también venían a ayudar con el petróleo. Cuál no sería mi sorpresa cuando me presentaron a estas personas. Pertenecían a una ONG americana (IFAW) dedicada a luchar contra las mareas negras. Procedían de sitios tan lejanos como Alaska, California y Hawai. Algunos venían directamente de salvar varias decenas de miles de pingüinos en un derrame ocurrido semanas atrás en Sudáfrica. Y ¡ya estaban allí!, listos para empezar a la mañana siguiente. Sin duda eran auténticos profesionales y lo demostrarían con creces, allá en Pontevedra, donde estratégicamente, les enviaron para montar el gran hospital de lavado de aves en la retaguardia. Allí las cosas funcionarían a la americana con un grado de especialización que nos tranquilizaba enormemente a quienes nos tocó sufrir en primera línea, con grandes dosis de improvisación latina, las avalanchas de aves pringadas del aceite más viscosa y apestosa que había visto en mi vida.

Cincenta, la pardela del Porto Cobo

Para dormir la primera semana no hubo forma de ir a algún hotel ante la insistencia de los padres de Raúl, responsable de pesquerías de Adena. Ellos colaborarían en el desastre a su manera, con una infinita hospitalidad en su confortable casa de la Playa de Orsán, en pleno centro de A Coruña. Cada noche, pasadas las doce, llegábamos exhaustos, mareados y apestando a fuel. Sigilosamente, para no despertarles, encontrábamos un cálido lugar donde limpiarnos y descansar.

Como la marea negra iba para largo, la Xunta de Galicia al ver mi situación finalmente me alojaría en un hotel cercano al hospital de aves donde pasaba el día entero trabajando con aquel desastre.

Cosas del destino, ese hotel, el Porto Cobo, en la playa de Santa Cruz, frente al castillo del mismo nombre, se hizo famoso años antes por la extraña circunstancia de que, cada noche, venía a dormir a su recepción un ejemplar de pardela cenicienta. Año tras año, en la época del apareo, volvía al mismo lugar, como si de una colonia de cría se tratase. Un gran cartel al borde de la playa daba fe de tan extraño comportamiento.

Cuando una noche llegaba al hotel, destrozado por la pelea con las aves petroleadas y con la organización del hospital de emergencias que habíamos montado en apenas unos días, le enseñé a la recepcionista y al director del hotel el trabajo al que me dedicaba en Canarias con las pardelas. Las fotos de las pardelas en mi ordenador portátil y especialmente las imágenes de los niños, cómplices en las campañas de recuperación de pollos, les emocionaron y no pudieron reprimir las lágrimas.

Allí les dejé, rumiando impotentes la tristeza de ver su naturaleza, y a sus queridas aves marinas, tan destrozadas por el petróleo.

Aves afectadas por el derrame del petróleo en la zona costera de la catástrofe. / EUROPA PRESS

Marea de dignidad contra el fuel

La llegada el primer día a las instalaciones del Centro de Recuperación de Santa Cruz, a las afueras de A Coruña, fue deprimente. Un numeroso grupo de voluntarios dispuestos a ayudar, en lo que fuera, esperaban que alguien les asignara una tarea. Pero, salvo un montón de cajas llenas de aves, poco más había para empezar a trabajar. Llovía a mares y soplaba un fuerte viento húmedo. Los trabajadores del Centro estaban desbordados y faltaba Javier, el veterinario que todavía, por cuestiones administrativas, sólo podía acudir a tiempo parcial. Pedro Zas, naturalista y agente forestal que coordinaba el centro,aplicaba toda su ciencia y paciencia en atender todos los frentes.

El primer contacto con el estado real de las aves y la escasez de recursos básicos para luchar contra aquel 'pegoste' nos dejó boquiabiertos. Serían necesarias muchas cosas para dejar operativo aquel lugar que sólo era capaz de acoger un goteo de animales, pero, de ninguna forma, las avalanchas de aves, negras por el fuel, que ya nos inundaban.

Afortunadamente existía el compromiso de la Xunta de no escatimar en recursos para atender a los animales afectados por la que ya empezaba a reconocerse, oficialmente, como la mayor marea negra que haya asolado Europa. Pero, de un compromiso a una realidad, va una gran diferencia. Por ello nos decidimos a empujar a fondo utilizando la línea directa que como Ong podíamos permitirnos con los responsables políticos y técnicos que deseaban ayudarnos. En apenas una semana se logró crear un hospital de campaña, capaz de acoger centenares de animales al día, creciendo de manera modular según el proyecto de Rogelio Fernández, ingeniero de montes de la Xunta, con quien trabajamos codo a codo aquellos días y que las agotadoras jornadas de gran sufrimiento y desesperación compartidas generaron en una gran amistad que perdurará para siempre. De todas las imágenes que recuerdo de aquellos intensos momentos nunca olvidaré la de decenas de voluntarios, ansiosos por aplicarse en las tareas de recuperación.

Ellos solos encontraban el acomodo laboral donde mejor creían que podían ayudar. Organizaban sus propios grupos de hidratación, alimentación, recepción de aves, limpieza de salas, ayuda a los veterinarios, a la administración, fichas y al incansable teléfono que no paraba de atormentar. Parecía como si hubiesen entrenado y, la realidad era que, en su mayoría, iban por primera vez. No pedían nada a cambio y nunca protestaban las largas sesiones en la irrespirable atmósfera de las salas de primera atención, sin protección alguna, expuestos a la laringitis química que nos cambiaba hasta el timbre de la voz.

Aquella gente se dejaba arrancar la piel con tal de salvar a las aves. ¡Qué ejemplo! Era una marea de dignidad contra la oleada negra del fuel.

Datos

Aquel desastre nos deja algunos datos sobre la afección a las aves marinas que han hecho realidad las peores predicciones. Según cifras publicadas por la Sociedad Española de Ornitología se han recogido de las playas un total de 22.000 aves, pertenecientes a 70 especies diferentes. De ellas tan sólo 6.000 ejemplares llegaron vivos y el resto, 16.000 se encontraron muertos.

La estima es que un total de 200.000 aves pueden haber muerto debido al incidente. Sólo el desastre del 'Erika', en la Bretaña francesa, supera esa tremenda cifra en Europa.

Esperemos que no vuelva a ocurrir nada parecido en nuestro planeta, pero, por si acaso, estemos preparados.