Un español en los cenáculos del poder

Francisco Suárez Álamo
FRANCISCO SUÁREZ ÁLAMO

Pues yo sí me alegro de que un español esté sentado en el consejo del Banco Central Europea. Y me alegro sea el que sea. Le ha tocado en suertes a Luis de Guindos, un ministro que siempre pareció que estaba de prestado en el Gobierno de Mariano Rajoy, en especial en esta última etapa. Quizás porque su perfil es muy poco político y demasiado financiero, hasta el punto de que si algo le han echado siempre en cara es que se preocupaba más por la salud de la banca y de los grandes inversores que por la del país en general. Claro que a esa crítica le sobra algo de demagogia, pues si la banca de un país, por muy privada que sea, se va al garete, entonces es el propio Estado el que naufraga. Es lo que tienen eso que se conoce como sectores o actividades sistémicas, y si alguna lo es de verdad en materia económica es precisamente la que realizan los bancos.

España no está sobrada de presencia en el exterior y por eso es positivo que haya gente de este país sentada en las mesas donde se toman decisiones que trascienden las fronteras. Y a sabiendas de que los elegidos se supone que han de actuar sin preferencias hacia las naciones de donde proceden, pero es evidente que son rehenes de las circunstancias, esto es, del lugar del que vienen y de todo lo que saben sobre las necesidades de sus conciudadanos.

En el campo de la Unión Europea hace tiempo que se echaba en falta ese acento español en los cenáculos del poder. Del real y del fáctico. Es más, buena parte del fracaso de la UE como proyecto tiene que ver con el excesivo peso que durante años han tenido Alemania y Francia, cuyos gobiernos han terminado por convertirse en odiosos para otros estados, sobre todo los del sur. Ahora ese eje francoalemán tiene que reinventarse sobre un Macron que llegó al poder casi sin partido y sobre una Merkel que afronta seguramente su último mandato y que lo hace debilitada por el hecho de cogobernar con el SPD para acabar con un limbo institucional que amenazaba con nuevas elecciones. Por eso mismo España tenía que aprovechar el momento.

¿Era Luis de Guindos el candidato idóneo? Quizás la pregunta debiera ser otra: ¿había mucho más donde elegir? Creo que es en ese punto donde se hace un silencio casi sepulcral... De manera que, no estando sobrados, bienvenido sea Luis de Guindos y bien hallada sea sobre todo España, que logra algo más de cuota de poder -y sobre todo de influencia- allí donde se cocina la economía globalizada que nos toca vivir.