Opinión

Aristóteles ha vuelto a las aulas

26/11/2018

Por fin los alumnos de Bachillerato y Enseñanza media han vuelto, si quiera a conocer, los nombres de algunos de los fundadores y creadores de una forma de pensar distinta y creativa como Aristóteles, Séneca o Platón que han hecho posible que surgieran los archivos de historia, las bibliotecas, la democracia y que se pueda calificar de indecentes a todos aquellos que, con total impunidad, han aumentado su riqueza y patrimonio por no darse por enterado ni practicar la Ética condición necesaria para dedicarse al noble ejercicio de la «res pública», cosa pública.

Los años de travesía del desierto para miles de adolescentes, en plena etapa de formación transcendente, sucedió, en el Estado español, con uno de los ministros peor valorados del Reino de España. Creo que no solo del período democrático, sino del tardo franquismo por cuanto a ninguno del tiempo de la Dictadura se le ocurrió eliminar la Filosofía como materia de estudio y examen obligatorio en el Bachillerato.

La razón que se adujo, por el gobierno y el partido que lo sustentaba, fue que había que atender a la demanda de futuros empleos y el estudio del arte y saber pensar no resultaba ni interesante ni práctico para el currículo escolar de los estudiantes y futuros empleados o profesionales. Los resultados están a la vista: la llamada, con subterfugios y sin probatura histórica alguna que lo demuestre, «generación mejor preparada de la historia», se vio obligada a lo que una de sus compañeras de gabinete definió como «movilidad exterior» (simple y llanamente verse, los egresados de cualquier universidad o centro de estudios profesionales a emigrar para demostrar sus habilidades y ganarse las habichuelas). Al responsable de tal dislate se le premió, de acuerdo a su deseo y su nivel de incompetencia, con un puesto y sueldo de privilegio en un piso de lujo, con coche y secretaria, en una de las zonas más caras de París. No conocieron y valoraron los alumnos del nuevo milenio la importancia de Aristóteles en la evolución de las ciencias y el pensamiento.

A él se debe el deseo de conocer y la creación de símbolos que, pensadores y científicos posteriores, recogieron para plantear nuevas ideas y comprobar sus tesis. En palabras del premio Nobel de Física Max Born fue el promotor de todo «ardiente deseo de toda mente pensante». Fue uno de los primeros en desposeer de la superstición y lo mágico, a lo que todavía hoy se agarra mucha gente, para dar una explicación científica de los fenómenos naturales nada menos que hace 2.400 años. Nos iluminó para emocionarnos ante la belleza de la Naturaleza, las Matemáticas y la Filosofía. Ese grito de eureka que ha despertado, a tantos pensadores, artistas, músicos y docentes, en la media noche al descubrir la solución de una ecuación, el último trazo a un lienzo, la nota que faltaba a su partitura o el desenlace de un drama. Un hombre al que la humanidad debe estar agradecida. Como más de dos milenios después hacía el célebre psicólogo y pedagogo de Ginebra Piaget ya se dedicaba a observar y preguntar a los niños sobre la vida de los animales y los astros. Con lo que inauguró una forma de educación basada en la libertad que se traduce simplemente en enseñar a pensar. Justo lo que pensadores de la Ilustración y fundadores de la nueva libertad hicieron después como Descartes que inventó la máxima de «pienso, luego existo» con lo que se inauguró una nueva forma de pensar e interpretar el mundo lejos del animismo y superstición de la época. Después, intelectuales de la Ilustración tradujeron en la orden de que se rotulara en los frontispicios de bibliotecas el adagio latino de sapere aude: atrévete a pensar.

Los planes de estudio del mentado ministro impidieron que los docentes, en el nuevo milenio, divulgaran las ideas de Platón, Santo Tomás de Aquino, Descartes, Kant, Marx, Sartre o desarrollar el significado de una de las sentencias más célebres de la historia del pensamiento el «yo y mis circunstancias» de Ortega y Gasset. Pero sí que es cierto que muchos de los que, en su momento, aplaudieron las medidas del ministro han propiciado, con su voto, a favor de corriente y fieles al principio marxista, del genial humorista no del fundador del Marxismo, de «tengo unos principios y si no les gustan los cambio por otros», que Aristóteles y otros cientos filósofos de todos los tiempos vuelvan a las aulas. Porque no todo consiste en llenar las escuelas y centros de enseñanza de ordenadores y propuestas de juegos virtuales sino en que los alumnos aprendan, a través de la enseñanza de la Filosofía, a no tener miedo a lo desconocido, a elaborar una forma de pensar propia, a ser críticos consigo mismo, la autoridad y las corrientes unificadoras de pensamiento único que invaden el mundo.

Y es que en las escuelas los maestros, en cualquiera de los niveles de enseñanza, deben enseñar a los alumnos que ningún país, región o ciudad son el ombligo el mundo, que existen otras culturas, que las propias convicciones pueden ser erróneas y a desconfiar de tanto supuesto líder mediocre que predica desde sus púlpitos mediáticos que son liberales cuando no hacen sino despreciar al pensamiento ilustrado e incitan a una mayoría acrítica a no practicar la saludable costumbre de pensar. Entre otras razones porque es el antídoto y cortafuego para no regresar a los tiempos oscuros en los que la Biblia, en el Eclesiastés, aconsejaba a que «leer mucho y estudiar muchos libros daña la salud» o la de los fascistas españoles de «muera la inteligencia, vivan las cadenas». Ya lo advirtió Shakespeare que, mucho antes de que la gente acudiera a las bibliotecas y tertulias a conocer el pensamiento ilustrado, liberal y republicano, hiciera caso omiso del perverso aforismo de que «esa clase de hombres es peligrosa, piensan demasiado».