El testimonio de Biles

Este peligro también ha encontrado en Internet un cómplice perfecto.

Alberto Artiles Castellano
ALBERTO ARTILES CASTELLANO Las Palmas de Gran Canaria

«He ganado 25 medallas en Mundiales, siete en Juegos Olímpicos, y soy una superviviente de abuso sexual». Así se presentó este miércoles la gimnasta Simone Biles ante un comité del Senado estadounidense que investiga el supuesto mal manejo del FBI en el mayor escándalo deportivo del siglo: el caso del depredador sexual Larry Nassar.

Aunque esta denuncia acapare todo los focos por la relevancia de sus protagonistas y la escenificación del derrumbe de un mito en directo en los Juegos Olímpicos de Tokio, el caso de las gimnastas estadounidenses pone de relieve la indefensión de las víctimas, aunque sean estrellas del deporte; más cuando se trata de abuso sexual infantil o adolescente.

Y este peligro también ha encontrado en Internet un cómplice. La violación es un delito de poder y dominación, y las redes sociales ofrecen nuevas formas de reafirmar ese poder para hacer daño a las víctimas una y otra vez. Por ejemplo, ayer La Policía Nacional detuvo en Telde a un hombre de 52 años y sin antecedentes como presunto autor de un delito de abusos sexuales a un menor de 13 años. El supuesto agresor contactó con el menor a través de una red social e intercambió fotografías y vídeos con contenido sexual para luego acosar al adolescente cuando éste quiso cortar el contacto entre ambos.

Y es que también la violación en grupo adquiere un nuevo significado con la amenaza del sexting y la sextorsión, cuando las imágenes y los insultos son publicados y reenviados y diseminados hasta el infinito. Las agresiones sexuales a adolescentes son particularmente propensas a reproducirse (más que los casos de violaciones a adultos) debido a la cultura que prevalece en el imaginario colectivo: «todos saben todo de todos». La mediación de los teléfonos inteligentes y otras pantallas, y el falso poder de la red dan lugar a que el exhibicionismo y la humillación sean de mayor alcance, que se acabe más rápido la reputación y, finalmente, la desesperación de la víctima.

Lo que antes era un terrible incidente que la víctima recuerda y padece en una eterna agonía privada, ahora se ha convertido en un hecho de escarnio público que todos pueden observar y juzgar.

Vivimos en una cultura en la que las víctimas son culpadas por la agresión y se les hace sentir como si ellas fueran criminales, sucias y vergonzosas. Muchas víctimas de violación tienen miedo de denunciar la agresión porque creen que el sistema no las ayudará. Por esto es tan importante testimonios como el de Biles.