Europa Press

Sumatorio de vergüenzas

El Sáhara, un dechado de olvidos de proclamas bienintencionadas y compromisos electorales

Vicente Llorca Llinares
VICENTE LLORCA LLINARES

En la historia ha quedado la vergonzante salida de España en 1975 del Sáhara Occidental, que fuera provincia patria, pocos días después de que el entonces príncipe Juan Carlos, ya designado sucesor del agonizante Franco, arengara a las tropas, en las mismas arenas saharauis, a defender el territorio frente a cualquier agresión extranjera y se comprometiese al cumplimiento del proceso de descolonización mandatado por Naciones Unidas.

España hizo mutis, se enajenó de su responsabilidad como potencia colonial administradora, cedió al «chantaje horrible, pero legítimo» de la Marcha Verde, como lo calificó el mismísimo rey alauí Hassan II, abocó a un pueblo al exilio y dio pie a un conflicto aún irresoluto. Por no hablar de la grave crisis que provocó en Canarias, que de la noche a la mañana pasaría a ser región frontera, perdiendo sus derechos históricos sobre el caladero, un nicho de empleo para su gente y, con el tiempo, su pujanza hortofrutícola.

Cosas de la 'realpolitik'. Ya lo escribió a comienzos de la década de los sesenta del siglo pasado un presbítero de Coventry, una de las ciudades más salvajemente bombardeadas en la Segunda Guerra Mundial, que firmaba con las iniciales H.C.N.: «El espíritu del hombre se eleva cada vez que redacta una carta o firma un tratado; son sueños que jalonan el sendero en busca de la paz. Sueños que son burlados después por el juego de los poderosos abocados al cambalache de tácticas y estrategias, y, en tanto que piezas del juego, esperanza y vidas humanas son deliberadamente desdeñadas cual objetos de trueque».

Estos días hemos vuelto a ser testigos de otro nuevo episodio que debemos incorporar al sumatorio de vergüenzas que atesoramos en el Sáhara, por el que se ignoran las proclamas bienintencionadas, se abandona la neutralidad en torno a una solución en el marco de la ONU y, podríamos decir que con nocturnidad y alevosía, se decide un posicionamiento en favor de una de las partes en conflicto, que no es otra, nuevamente, que la marroquí que defiende la autonomía, sin preguntarle a los saharauis.

Y si el programa electoral que abanderó el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, decía lo contrario, es decir «promover la solución del conflicto del Sáhara Occidental a través del cumplimiento de las resoluciones de Naciones Unidas que garantizan el derecho a la autodeterminación del pueblo saharaui» poco importa, porque es la 'realpolitik'. ¿O tendríamos que decir trilerismo?