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Siempre con elegancia

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Tribuna libre ·

La restauración es uno de los sectores más importantes de nuestro país. No solo es beber y comer, es mucho más, un auténtico referente cultural. Las personas vinculadas a este sector, los buenos profesionales, profesan un auténtico arte

Lunes, 29 de noviembre 2021, 07:07

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Mira que hay gente empeñada en ensombrecer el panorama. El índice Nikkei o el Dow Jones de la alegría, la serena felicidad y la verdadera plenitud están en máximos históricos, no por ponderación, sino por tener conciencia de la profundidad del abismo. Decía Erasmo de Rotterdam que la verdadera alegría nace de la buena conciencia…y va a resultar que es verdad.

Hace unos días me vi con mi amigo Carlichi, disfrutando de una agradable velada en compañía de buenos compañeros. Carlichi, figura emblemática e incombustible de la noche canaria es un ser inclasificable, es absolutamente auténtico. Es un avatara de Peter Pan, en su sincera lucha por mantener una eterna ilusión, una perspectiva disruptivamente juvenil y un amor incondicional a su propio estilo. Porque Carlichi siempre marca tendencia.

En la jornada de la que hablo, conjuramos una queimada. Un entrañable compañero de Lugo me proporcionó su mejor Orujo recientemente, y no hay que buscar muchas excusas para convocar a los amigos, para menesteres tan pacíficos, como placenteros. Nuestra bruja asturiana explicó magistralmente la esencia de esta ceremonia, pero quien nos sorprendió fue Carlichi, evocando sentidos cantos de su infancia, mientras rememoraba a su padre, y a su hermano, el actor Chicho Castillo recientemente fallecidos. Queimada para dejar atrás a las meigas. Para dejar atrás los malos rollos, los problemas y solo centrarse en lo que realmente suma y aporta.

Entre las menores curiosidades del buenazo de Carlichi es que imprime los artículos de este servidor en formato DINA-3 para proceder a su tranquila lectura, en alguno de los restaurantes donde suele disfrutar de los placeres de la buena mesa. En esta línea, y entre los muros de Cumbres Borrascosas me comentó que, a su entender, hay que escribir cosas útiles, buenas y verdaderas, y me dejó pensando, pese al sopor del orujo. Estoy convencido de que nunca he sido capaz de hacer estas tres cosas en simultáneo. De lo que soy consciente, y Carlichi siempre me anima a ello, es de que solo merece la pena escribir dándolo todo. Es necesario, como hace él, asumir las consecuencias de ser tú mismo, de no pensar igual que los demás, de asumir que tu visión del mundo, aunque pudiera estar equivocada, es eminentemente única. El reto es manifestar lo que realmente alberga tu mente y tu corazón, aunque eso suponga pagar el coste de un aislamiento afectivo e intelectual. Posiblemente actuar de otra forma, sería convertirte en un charlatán, en un publicista, o lo que realmente es peor…en un político.

Pocos establecimientos, pocos locales de Gran Canaria poseen la elegancia y distinción de Carlichi. Porque Carlichi es una marca en sí mismo, pero también es un cálido refugio donde disfrutar de una copa, de una señorial conversación, rodeado de sus más de 700 referencias. Si algo te apetece beber, me extrañaría muchísimo que Carlichi y su equipo te defraude, y puedas conversarte las mejores botellas en la mejor compañía. Por ejemplo, pocos locales de restauración donde poder disfrutar de un NEGRONI. Un amigo de juventud, de cuando vivía en Madrid, me citaba a un común elemento que estudió en West Point, de vida glamurosa y ajetreada, y que siempre solicitaba este cocktail, transformándose en un juvenil referente. El 'Negroni' tiene una parte de vermú rojo, una de Campari y otra de ginebra, o, lo que es lo mismo, una parte de dulzura, otra de amargura y la ginebra como un toletazo transparente que liga el bien y el mal, como la vida misma. Hallar la medida exacta es algo que requiere mucha experiencia, y por qué no...elegancia.

La restauración es uno de los sectores más importantes de nuestro país. No solo es beber y comer, es mucho más, un auténtico referente cultural. Las personas vinculadas a este sector, los buenos profesionales, profesan un auténtico arte. Pero para que surja el arte, ese arte, tiene que haber un artista al otro lado de la barra, al otro lado de la mesa. De nada sirve que alguien combine bien una serie de aditamentos, de ingredientes o de marcas, hace falta mucho cariño. Nuestro amigo Carlichi Castillo es ese tipo de profesional que tiende a convertir todo en una verdadera experiencia, algo único e irrepetible. Por eso, esté donde esté, siempre es el epicentro de la alegría, y hace falta generar mucho alborozo, para superar estos tiempos que nos han tocado.

La modernidad es alienante consumo, una cultura del ocio que nos abotarga, con la principal finalidad de un entretenimiento tan vacuo como fácil. No sé exactamente en qué momento el personal perdió los bares. No sé en qué momento preciso los pijo progres perdieron ese supuesto monopolio de la creatividad, el optimismo, la alegría y el sentido exultante de la vida para rendirse al oficialismo, al aburrimiento, a las prohibiciones, al dogma, a la oscuridad y al enervante gris de las jornadas sin ilusión. No sé cuándo ha pasado concretamente, pero ha pasado. No se trata de rememorar las tertulias del Café Gijón, pero una buena conversación, una disparatada partida de cartas, un intercambio de hilarantes experiencias, de buenos viajes, siempre supone una buena carga de baterías. Y esas sí que son ecológicas de verdad.

Transparente amistad, camaradería sin fisuras, relaciones desinhibidas frente a esta marea del catecismo progre. No solo nos trituran la mente y el bolsillo, también quieren matar nuestro natural desparpajo y someternos a una tristeza que no nos corresponde. Me cansan estos políticos que se ven en la obligación de corregirte con lo que puedes o no puedes hacer, lo que debes pensar, cómo debes hablar, cómo debes vestir, qué es correcto y qué es incorrecto, cómo debes dirigirte a una chica, qué debes leer y escuchar. Que nos dejen en paz , renunciando a engullir gusanos y apostar por unas morcillas. Que nos dejen tranquilos por no decir niñes, hijes y demás chorradas, que ha convertido todo en una perpetua moralina, en una constante prohibición, en una asfixiante restricción, en una fábrica de adoctrinamiento y de soberbios y aburridos dogmáticos.

Ya se me fue la olla, como siempre. Yo quiero hablar de amistad, de alegría, de buen hacer, de exquisita profesionalidad, de lealtad incuestionable, de gratificantes conversaciones, de incesantes locuras, y sobre todo de elegancia y distinción. Todo esto es lo que supone Carlichi. Todo esto y mucho más.

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