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¿Sabrá Albert Rivera quién fue Alberti?

13/03/2019

Gaumet Florido

Doy por hecho que sí, que Albert Rivera, el carismático líder de Ciudadanos sí sabe quién es Rafael Alberti. Y no es que pretenda que nos recite alguno de sus versos. Si traigo a colación al celebrado poeta gaditano es porque escuchando estos días a Rivera se me vino a la cabeza una imagen que para mí simboliza la Transición, la mítica foto en la que Marisa Flórez captó ese momento histórico en que Alberti se agarraba del brazo de una mujer de leyenda, tan aclamada por unos como detestada por otros, Dolores Ibárruri, La Pasionaria, mientras bajaban las escaleras del hemiciclo del Congreso de los Diputados.

Hoy nuestros políticos se jactan de no ceder, de ser inflexibles, de no dialogar. Díganme, ¿qué es si no la política?

Fue en 1977. Dos históricos del comunismo español volvían de un largo exilio de 40 años para sentarse junto a muchos de los que colaboraron con el régimen contra el que tanto lucharon y que tanto reprimieron a sus correligionarios. Esa imagen resume el esfuerzo de diálogo, concordia y apertura de miras que unos y otros hicieron, más unos que otros (mucho más los de izquierdas que los de derechas, todo hay que decirlo), para que este país transitara de una dictadura a una democracia sin caer en otra guerra civil.

¿Y por qué dije que se me vino a la mente al escuchar a Rivera? Porque sencillamente cada vez tengo más claro que con políticos como Rivera, o como Pablo Casado, o, por supuesto, como Santiago Abascal, no ya aquella imagen, aquella escena, aquella realidad, no hubiese sido posible. Es más, ni siquiera el comunismo hubiera podido ser legalizado. Pero tampoco hubiera sido posible, por el lado opuesto, con Pablo Iglesias, Irene Montero, Gabriel Rufián o Carles Puigdemont, que tanto desprecian aquella solución, aquel gran pacto político, social y económico que, aunque cargado de fallos e imperfecciones, ha permitido que España sea hoy una democracia europea avanzada que, por cierto, hay que seguir puliendo.

Alguien como Rivera que sostiene, sin que le tiemble la voz, que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, no es constitucionalista porque, afirma, dialoga con los independentistas demuestra que tiene menos cintura que el palo de una escoba. Más de una vez me he posicionado en contra del independentismo catalán (mesiánico, irresponsable, supremacista, demagógico y otras tantas cosas), y de verdad creo, humildemente, que Sánchez no tiene altura para presidir este país, pero, de ahí a demonizarlo por defender que se puede hablar con el que opina diferente, va un trecho. A los que infringieron la ley se les está juzgando, como tiene que ser. Pero con el resto, ¿qué se supone que hay que hacer? Pregunto. ¿Humillarlos, echarlos del país? ¿O es que no son parte también de España? Hoy nuestros políticos se jactan de no ceder, de ser inflexibles, de no dialogar. Díganme, ¿qué es si no la política? O bajan el tono o repetiremos errores del pasado.