Rushdie y los bárbaros

La barbarie extremista no conoce fronteras

Francisco Suárez Álamo
FRANCISCO SUÁREZ ÁLAMO Las Palmas de Gran Canaria

La amenaza que pesaba sobre el escritor Salman Rushdie se hizo realidad ayer. Cuando escribo estas líneas, lo que se sabe es que un tipo lo atacó con arma blanca y le provocó heridas de gravedad que derivaron en su ingreso hospitalario.

Rushdie llevaba décadas con una vida bajo el riesgo de lo que ayer se hizo realidad. A los fanáticos de la religión -sinceramente, me da igual el credo, pues lo relevante es el integrismo- les sentó mal que en 'Los versos satánicos' tirase de ficción para poner en cuestión algunos principios religiosos. A partir de ahí, Rushdie tuvo que vivir en la sombra. No renunció a la literatura pero sus apariciones en público eran contadas y siempre bajo estrictas condiciones de seguridad. Pero ya se sabe que donde hay un loco, siempre cabe la posibilidad de saltarse todas las barreras para hacer realidad su delirio. Y eso es lo que pasó.

Me encuentro entre los que leyeron 'Los versos satánicos' intentando entender qué había irritado tanto a los integristas. A día de hoy, sigo sin comprenderlo. Seguramente es cuestión de fe, pero de fe supina. También he hecho el esfuerzo de leer libros condenados por la Iglesia católica o ver películas demonizadas por el Vaticano y tampoco logro el ejercicio de empatía suficiente para justificar una condena a muerte o la censura.

En el caso de Rushdie, hablamos además de una losa que le cayó en vida a finales de los años 80 y que tenía como epicentro Irán. Desde entonces ha llovido mucho y Occidente ha pasado en varias ocasiones del odio al amor con el régimen iraní. Incluso Estados Unidos alcanzó acuerdos relevantes con el Gobierno de Teherán, pero se ve a los gobernantes occidentales se les olvidó interceder por Rushdie. A fin de cuentas, ya se sabe que interesa más la cotización del petróleo que la de la literatura, de manera que debió parecerles una minucia que Rushdie tuviera que seguir ocultándose y arriesgando su vida cada vez que daba la cara.

Más aún: cuando los estadounidenses se retiraron hace unos meses deprisa y corriendo de Afganistán, lo hicieron con el argumento de que ellos no tenían por qué actuar como gendarmes de la democracia en un país extranjero. Supongo que el mismo que creó ese argumentario no tendrá valor suficiente para acudir al hospital donde ayer era tratado Rushdie para explicárselo. Lo digo porque, por desgracia, ha quedado demostrado una vez más que la barbarie extremista no conoce fronteras.

En todo caso, leamos. Y leamos todo. Es lo que nos diferencia de esos bárbaros.