El ruido eterno

La música combate el marasmo de la tristeza y desempolva viejas partituras interpretadas, ahora, por jubilados de los trabajos y los días

Tribuna Libre
TRIBUNA LIBRE Las Palmas de Gran Canaria

La idea surgió, en el año 1982, del ministro francés Jack Lang: unir la noche más corta del año con la música. Así nació, con la llegada del verano, la celebración del Día internacional de la Música. Ese arte universal de la que Odiseo, al preguntarle por qué tocaba tan bien la lira, respondió que no era él sino «de algún dios que depositó ese talento en su mente». El mismo dios Dionisos se hacía acompañar de una corte de sátiros (criaturas mitad hombres, mitad carneros) y ménades, mujeres salvajes en constante estado de trance por efecto del vino y la música.

Siempre estuvo presente en la vida de los griegos como en los banquetes en los que se comía, se bebía, sin freno, se bailaba y se escuchaban melodías interpretadas por coros, tamboriles y mujeres esclavas, prostitutas, flautistas. La flauta, del que Max Weber escribe que, antes de ser un instrumento de Dionisos, fue el de la madre de los dioses. Tengo un buen amigo, con nulo oído musical de esos de 'sordos como una tapia', que aprendió a dibujar e interpretar pentagramas a través de las Matemáticas y la Lógica. Una y otra como la Política, la Ética y la Filosofía, amor a la sabiduría, tienen su origen en la polis griega cuna de la democracia. Por eso Borges, asiduo lector y admirador de los clásicos, escribió que todas las artes aspiran alcanzar las condiciones de la música.

En las mismas fuentes clásicas bebió uno de los papas más preclaros de la Iglesia, San Gregorio Magno al que se debe parte del actual calendario de Occidente y el Dies irae, días illa, una de las maravillas de la música llana, austera del salmodiar coral, sagrado, que lleva su nombre. Muchos de los que aprendieron a leer una partitura se lo deben a las parroquias, colegios religiosos o internados en donde cantaban, a coro, la música sacra del compositor Palestrina autor de cientos de piezas para ser cantadas por los monjes en la liturgia de los monasterios.

El ruido eterno es la obra del periodista y crítico Alex Ross en la que relaciona a grandes directores y compositores musicales con acontecimientos históricos de la Europa moderna, romántica y contemporánea. La llamada música culta, arte, placer estético, desencadenante de emociones positivas que revitaliza y crea, nunca mejor dicho, buenas vibraciones que elevan el ánimo y puede convertir las almas de paganas a cristianas. Así le sucedió al ilustre filósofo Bertrand Russel que, como Saulo al caerse del caballo camino de Damasco, renunció su irreductible ateísmo y se hizo cristiano al escuchar la Fuga de Bach interpretada por el organista de la catedral de Notre Dame de París. La música también salvó al pianista James Rhodes que sufrió abusos sexuales en la infancia. En su 'Instrumental' obra autobiográfica escribe que cambió de tal modo su vida que, en una entrevista concedida a 'El País', manifiesta que al ver las 88 teclas del piano contempla solo paz y sentimientos buenos. «Me sumerjo en la música, a salvo», concluye.

Pero no solo los ritmos tonales, románticos, clásicos o las últimas partituras disonantes y dodecafónicas de la música contemporánea. Otras melodías aumentan el nivel de serotonina en el cerebro y elevan el espíritu a los más altos niveles de emotividad. Ya lo escribió Cervantes en 'El Quijote' que escribió: «porque la experiencia me mostraba que la música compone ánimos descompuestos». Es lo que sucede con el trepidante ritmo del rock inventado en la década de los cincuenta por jóvenes rebeldes, creadores de nuevas melodías y ritmos que determinaron una moda, un estilo de vida que marcaron una época.

Resulta que, ahora, la Universidad de Virginia ha descubierto su poder creativo para posibles eurekas en el campo de las ciencias y todo tipo de estudios y arte. La música, en sus variados géneros, convertida en un método terapéutico para combatir estados de postración y disforia. Momentos musicales variados para variados estados emocionales. La música enamorada de antaño, romántica, idealizada en serenata porque ya ningún grupo de tocadores se detiene en un patio de flores o delante de un balcón a la espera de que la amada alumbrara su dormitorio con un tenue resplandor o moviera el visillo de la ventana. Demostración de amor por una muchacha que, para que no fuera un barrenillo de insomnios se convertía en ronda a la luz de la luna. Ese versado musical, poético, que viene de tiempos muy pretéritos que popularizaron los trovadores, con sus laudes, al pie de las almenas de castillos inexpugnables menos para el amor.

Herederos han sido las estudiantinas universitarias que pasaban el 'parche' o un grupo amigos que se juntaban, en noches de farras y salían de lugares de copa y tapeo con los ojos rojos de humo y les cogía el pelete de la madrugada rasgando guitarras mal encordadas y envinadas, con la garganta rota, alrededor de mujeres embelesadas al calor de un bolero, una ranchera o una zamba acompañadas de un requinto, guitarra, guitarrón y laúd invento de los persas del que se decía que tenía una 'belleza descollante'.

Las notas musicales de una pieza pueden tocar las más recónditas fibras del alma y ser responsables del triste recuerdo de una ausencia, el deseo irrefrenable de que alguien vuelva, la euforia de un momento dulce o el impulso de expresar un 'te quiero'. Un eficaz método de autoayuda mejor que los cientos de libros que abarrotan las librerías para escribir, más o menos, lo mismo. Hoy nadie duda del poder que la música tiene como estímulo armonioso para el remanso, la paz, la ensoñación y la nostalgia. La Medicina y la Psicología han tomado el testigo y, a través de la musicoterapia, ha implementado los diferentes géneros musicales como métodos curativos, para tratar ciertas depresiones, el autismo, niños enfermos en hospitales o el Alzheimer y la demencia senil cuya evocación de viejas melodías de boleros, coplas y tangos existen pruebas de que despiertan a quienes lo padecen de su largo letargo desmemoriado. Por eso muchos jubilados de 'los trabajos y los días' retoman la afición que tanto cultivaron en la infancia de niñas, niños cantores, tiples y contraltos, de coros de iglesias e internados y vuelven a la formar parte de rondallas de pulso y púa o reconocer las notas de un pentagrama para traducirlas en canto de corales y polifonías.

Aula sin muros, por Paco Javier Pérez Montes de oca