Protesta popular en la que se escenificó la escalofriante estampa de los inmigrantes amontonados en el suelo en Marruecos. / EFE

Mal resuelto

Gaumet Florido
GAUMET FLORIDO Las Palmas de Gran Canaria

Una lágrima en la arena es la misma en Melenara que en Odessa o Mogadiscio. Ni la frase ni la metáfora son mías. La pronunció días atrás el periodista y amigo Nicolás Castellano en su reciente y extraordinario pregón por las fiestas de San Juan, en Telde. Es una obviedad, pero choca, precisamente, porque no lo es, porque no quieren que sea igual, porque, de hecho, para muchos, desgraciadamente, no todas las vidas valen igual.

Por eso nos desatamos en un frenesí solidario, y necesario, para acoger a los miles de refugiados que ha dejado la invasión rusa de Ucrania, pero parece que miramos para otro lado cuando los que huyen de guerras similares, pero silenciadas, nos llegan en pateras.

Aquella frase de Nicolás volvió a asaltarme cuando se hizo viral la escalofriante estampa de decenas de cuerpos amontonados, aparentemente inertes, que dejó tras de sí el asalto desde Marruecos a la frontera española por parte de decenas de personas desesperadas.

Y me recordó otro dato que nos brindó este experto en información sobre movimientos migratorios. A un ucraniano España le da los papeles en 11 horas y a un maliense, solo la respuesta, puede tardarle dos o tres años.

¿Por qué la diferencia? ¿Por qué sí se le reconoce su derecho, como debe ser, al refugiado ucraniano y no se hace lo propio con el que llega del conflicto en Sudán del Sur o de una vida de esclavitud literal en Mauritania?

La respuesta está en la discriminación racial, que existe en la calle, en sectores desgraciadamente no tan pequeños como me gustaría, y también en el propio Estado. Por eso se entiende que, pese a tantas muertes, al presidente Sánchez no se le ocurriera otra cosa que decir que el asalto había quedado bien resuelto.