Psicografías

Rabietas

29/01/2020

No se acepta lo inevitable, lo que no tiene remedio. Se está enseñando que todo se puede conseguir por la fuerza, y que hasta una lluvia imprevisible es culpa de los meteorólogos. No se deja espacio al azar y a la propia esencia de la condición humana. Cada día somos más pueriles, se grita y se insulta si algo no sale como se espera, e incluso si algo no nos gusta, porque también en eso parece que tenemos que estar todos de acuerdo, y si no te gusta lo que ves, entonces lo destrozas porque no es lo que tú quieres.

Claro que defiendo la rebeldía ante las injusticias y en todo aquello que contribuya a la mejoría de la vida de los humanos; pero creo que va siendo hora de que en los colegios alguien hable de los imprevistos y de la aceptación de los hechos sin rencores y sin culpar a quien tienen más cerca, casi siempre al maestro en los propios colegios, porque su hijo, haga lo que haga, es un genio incomprendido. Todo esto que escribo viene a cuento por lo que viví el otro día en una guagua en Las Palmas de Gran Canaria. Se rompió una puerta y el conductor tenía que levantarse para cerrarla con un par de golpes hasta que llegó un momento en que esa maniobra manual tampoco daba resultado. Tuvo que detener el vehículo en mitad del trayecto y llamar al servicio técnico: nadie le entendió, nadie quiso escuchar su punto de vista, el riesgo que asumía al circular con una puerta abierta y hasta el de estar dando golpes en el cristal para tratar de arreglarla. Lo insultaron, lo amenazaron y casi lo humillaron por un fallo de la máquina. No le dejaban hablar, ni trataban de escuchar o de buscar una solución más o menos coherente. Esta sociedad de la inmediatez, del estímulo constante de una supuesta felicidad inmediata, no concibe la fragilidad ni el devenir de lo inesperado, no busca soluciones, ni tampoco trata de ser razonable y de aceptar lo inevitable aunque nos duela. Berreaban como criaturas y desahogaban sus frustraciones ante un trabajador que, de repente, ve que la máquina no funciona como es debido y que, por tanto, no ofrece ni la seguridad ni la fiabilidad necesaria para transportar personas de un lado para otro. Así estamos en muchos escenarios de la vida diaria, creyendo que somos perfectos y eternos y que casi nos deben hacer reverencias cuando pasamos por la calle. Creo que urge una buena cura de humildad en esta sociedad tan hedonista y tan protestona por aquello que ni es importante, ni fue previsto por nadie. El conductor se quedó en la guagua, y es verdad que muchos llegamos tarde al trabajo o a una cita importante, pero eso sucederá siempre, y no podemos pretender que baje un dios cada momento a arreglarnos el mundo. Aprender a perder con dignidad es, sin duda, una de los grandes retos de la madurez humana, a perder y reinventarnos sin culpar a nadie de nuestras desgracias inevitables.