Opinión

¿Qué diría hoy Simone Signoret?

15/11/2017

Al tratar de aprehender esta época que nos está tocando vivir, me pregunto qué pensaría hoy la actriz francesa Simone Signoret (1921-1985), que en su magnífico libro de memorias La nostalgia ya no es lo que era, publicado dos años antes de su muerte, tira de melancolía al ver en qué había quedado el mundo soñado por la gauche divine francesa especialmente en la década de 1950/60. Aquellas utopías que compartió con su inseparable amor Ives Montand y tantos nombres hoy míticos de aquel París con música de Juliette Greco se debatía entre la falsa memoria de una Francia irreductible en su lucha por la libertad y la verdad vergonzosa del colaboracionismo con los nazis que les tiró a la cara el novelista Patrick Modiano en varias de sus novelas de finales de los sesenta y primeros setenta, y que ya advertía Albert Camus en contra del parecer de Sartre.

Ahora ocurre algo similar, y empieza a salir a flote que la grandeza de lo que supuestamente han sido estas últimas décadas escondía una caja de Pandora que finalmente vuelve a ser otra manifestación de lampedusismo, cambiar todo para que nada cambie. Y recuerdo el aire de aquellas memorias de Simone Signoret porque el mundo en el que desembocó su sueño era mucho menos amenazante que el que ahora se nos viene encima, porque al fin y al cabo, Europa estaba viviendo la mejor época de su historia, si bien no podríamos decir lo mismo del resto del planeta, salvo, por supuesto, América al norte de Río Grande.

Pero no dramaticemos. Estamos en un socavón que paradójicamente coincide con unos avances tecnológicos apenas imaginados desde la ciencia ficción por Huxley, Bradbury, Orwell y Stanislaw Lem, aunque también estos advertían de los peligros del progreso mal utilizado, pero hay que pensar que de otras peores hemos salido. No es optimismo gratuito, es la constatación de que la historia es cíclica. Creo que hay demasiada dureza en los análisis que las nuevas corrientes hacen de décadas pasadas, porque cada momento se mueve en el espacio que tiene, y al mismo tiempo las nuevas corrientes se limitan a hacer diagnósticos, generalmente correctos por evidentes, pero no aparecen las propuestas claras, y nada se consigue con demoler el viejo edificio si no sabemos qué vamos a construir en su lugar. Y empieza a ser más que una sospecha que la nueva savia entre en el remolino del partidismo apenas ha tocado algo de poder y tiene la posibilidad alcanzar cuotas mayores.

Creo que estamos en uno de esos momentos de la historia en los que lo que no ha sucedido en mucho tiempo puede ocurrir en cualquier momento, unas veces para bien, otras para mal. Y ya, soltando todo el lastre dramático, creo que habría que dar un toque a los peluqueros, porque pudiera ser que este disparate que nos sirven en los noticiarios pudiera ser un efecto secundario de unos cortes de pelo muy mejorables: Trump, Kim Jong-un, Puigdemont, Pablo Iglesias. Hay cambios históricos que nos llevan a situaciones no solo impensables, sino inimaginables. De momento, cuando hablemos de italianos en Rusia, seguiremos pensando en Marcello Mastroianni en la película Los girasoles (1970) y no en Insigne, Verrati y Buffon jugando un Mundial de fútbol. Inimaginable pero real. Pues eso.