Ultramar

Que digan con quién pactarán

28/09/2019

Si como decía Engels la política no es más que la mera administración de las cosas, los políticos españoles han renunciado a hacerla. La parálisis en la que se encuentra el país y la convocatoria de unas nuevas elecciones, a la vista de la incapacidad de alcanzar acuerdos para empezar a administrar las cosas, son la constatación palpable de lo dicho por el cofundador del marxismo.

«Si la política es la mera administración de las cosas, aquí todos han renunciado a hacerla»

Y lo sonrojante de la situación es que estamos en estas sin que nadie haya realizado la más mínima autocrítica. Nadie ha tenido la gallardía de asumir siquiera un pequeño error. El problema siempre son los otros. Entre tanto nosotros, la ciudadanía, arrastramos y sufrimos los problemas, mientras nos ensordecen con su ruido. Soy consciente de que las generalizaciones no suelen ser justas, pero en este caso, no escapa ninguno. La incapacidad de cuantos se preparan para volver a pedir el voto, ahora el 10 de noviembre, es más que manifiesta.

Y, como quiera que todo puede seguir igual, en un ejercicio de alarmante sinvergüencería se atreven a decir que lo mejor para que algo cambie es que atendamos al pragmatismo y no a las ideologías. Ni originales son. Hace años que Fukuyama se encargó de proclamar que las ideologías habían muerto. Ahora de lo que se trata, por lo que se ve, es de crear tendencias, aunque sean insustanciales y sustentadas en discursos de teletienda, sin olvidar la grosería, pues queda bien y tiene tirón en las redes sociales. Lo de administrar las cosas, ya se verá.

Y así pasan los años, mientras vuelven a redoblar los tambores de la recesión, la crisis climática avanza imparable, el turismo amenaza con desmoronarse, los desajustes sociales siguen al alza, el brexit todo lo nubla y cuando otra vez truena Santa Bárbara recordamos que la diversificación económica, tantas y tantas veces anunciada, no pasó de ser un engañabobo más y aquí seguimos sumidos en otro monocultivo que nos perpetúa en la dependencia.

Según lo visto, para qué coño votamos. Lo siento, jamás imaginé proferir estas afirmaciones. No solo han hecho de la mentira algo común en la política sino que la han terminado convirtiendo en impostura y así han terminado poniendo en solfa la credibilidad del sistema democrático.

Aunque, razón tiene Rodríguez Ibarra, «porque no me guste el cocinero no voy a renunciar a comer». Así que habrá que volver a votar, porque la democracia es nuestra. Pero esta vez, que no será una fiesta, que nos digan, antes, cómo y con quién piensan pactar. Qué la cosa no está para juegos y las prórrogas se agotan.