Fachada del Ayuntamiento de La Laguna. / C7

Lo público y lo privado

Gaumet Florido
GAUMET FLORIDO Las Palmas de Gran Canaria

Andan escandalizados y, con razón, en La Laguna (Tenerife), por los incidentes que presuntamente han forzado la dimisión de uno de sus concejales de gobierno. A grandes rasgos, se le vincula con la persona que conducía un vehículo municipal que se accidentó en Tacoronte y que dejó abandonado y en marcha para seguir su camino a pie porque, supuestamente, buscó evitar que le pillaran sobrepasando los límites de alcohol.

Aunque el susodicho aún no ha dicho esta boca es mía ni ha reconocido los hechos, apenas unos días después renunció a su cargo alegando unos indeterminados motivos personales.

El caso es muy novelero en sí, pero lo que más me llama la atención es que la opinión pública se haya escandalizado más por su reprobable conducta al volante que por su mal uso de un patrimonio público. Sin que pretenda restarle importancia a la infracción o delito que haya podido cometer (todo eso está por dilucidarse), esa parte de la historia pertenece a su vida privada y de ella deberá responder ante los tribunales.

Lo que queda como en un segundo plano es lo que entiendo que más nos debe preocupar a los administrados. ¿Qué hace un edil conduciendo un vehículo propiedad de un ayuntamiento en un horario que no parece laboral y con elementos de uso personal como una sillita para bebés?

Este caso pone el foco en un vicio cada vez más extendido: que los que manejan la cosa pública la confunden con su finca privada. Unos se llevan el coche municipal para sus asuntos privados, otros redecoran a su gusto el despacho sin reparar en gastos (paga el erario,) y otros aceptan regalos a título personal por el ejercicio de su cargo. ¿Es delito? Puede que no, pero está feo, muy feo.