Por si le interesa

Pseudohistoria para cerebritos

06/11/2019

Gaumet Florido

Siempre me gustó debatir. Tanto, que de adolescente debí pasarme horas dándome cabezazos contra un muro, sin saberlo, discutiendo con un pariente franquista y filonazi. Ingenuo de mí, no sabía que era infructuoso pelear contra 40 años de un muy bien trabajado adoctrinamiento político: en la escuela, en los periódicos, en las radios, en las misas, en el NODO... Pero recuerdo vivamente la expresión de incredulidad con la que me miró mi interlocutor el día en que pude demostrarle que el mayor referente de su vida, el intachable, el perfecto, el incorruptible Francisco Franco, había sido Jefe del Estado Mayor Central en plena II República Española.

En Cataluña han diseñado una pseudohistoria y un pseudorelato de la actualidad que ha terminado calando

¿Y dónde está el delito? En que para este familiar, y para muchos de los que vivieron bajo el influjo de la Dictadura, la república, aquella república, no era una forma más, entre las posibles, de organización del Estado. No. República era sinónimo de rojos, de comunistas, de barbarie, de Satanás, de herejía, de terrorismo, de todo lo peor. Por eso a él le costaba creer que a Franco lo nombró en 1935 un político de derechas, sí, porque en la república también gobernó la derecha. ¿Y cuál fue su siguiente reacción? El negacionismo. Eso se lo inventaron los socialistas, me decía. El régimen franquista maquilló la historia y la inoculó durante años a millones de españoles, una pseudohistoria hinchada de imperio, reyes godos, pureza de raza...

A otra escala, pero es en parte lo que se ha venido haciendo durante décadas en Cataluña. Han diseñado una pseudohistoria y un pseudorelato de la actualidad que ha calado en cerebritos como la señora del célebre vídeo que en un acto de la Asamblea Nacional Catalana de hace dos años hacía residir todas sus esperanzas de cambio y de mejora vitales, para ella y para los catalanes, en el nacimiento de la república. Como si poner la frontera aquí o allá, o cambiar de bandera, o sustituir al rey por un presidente le garantizase el pleno empleo, la sanidad universal o vivienda para todos. Su ingenuidad, y la de muchos que así lo creen, me recuerda esa leyenda que días atrás contó el cantante Ismael Serrano, la de aquel pueblo que en pleno trazado de nuevas fronteras entre Polonia y la URSS, en 1921, brincó de júbilo cuando unos burócratas se pasaron por allí y corrieron unos metros la frontera. ¿La razón? Les tocó Polonia. ¿Y? «Por fin nos libraremos de los fríos inviernos rusos», gritaron.