Asier Antona. / C7

Mucho pollaboba

Bueno es que los canarismos se incorporen al debate político, pero no solo para insultar

Vicente Llorca Llinares
VICENTE LLORCA LLINARES

Ahora que Asier Antona, bilbaíno de nacimiento, palmero de adopción y senador del Partido Popular por decisión del Parlamento de Canarias, ha decidido introducir en el debate político nacional los canarismos, llamando «pollaboba» al ministro de Consumo, Alberto Garzón, reivindiquémoslos con todas las de la ley, que bien que sufre la Academia Canaria de La Lengua, a la que tanto costó dar vida y reconocerla a los políticos isleños, para preservar con empeño quijotesco las peculiaridades de nuestra habla, sobrada de palabrerío único y peculiar.

Pero hagámoslo, eso sí, con todas las consecuencias y no como argucia con la que pretender 'edulcorar' el improperio pronunciado, como si el español hablado en estas islas fuera asunto menor, ocultando que atesora no sólo una buena retahíla de insultos sino que es una de las variedades más estudiadas y documentadas, por algo será, fiel retrato de una realidad mestiza, cargada de peculiaridades, con castellanismos, postuguesismos, andalucismos, americanismos. guanchismos, europeísmos, arabismos, así como un sinnúmero de arcaísmos.

El 'Diccionario de canarismos' lo dice bien claro: pollaboba es una persona cretina o imbécil. Asúmase, pues, con todas sus consecuencias y quede claro que de pintoresco no tiene nada. Como claro es el impudor que reina en el lenguaje político presente, según queda bien reflejado en este caso. Llegados a este punto, sobra decir que en la política española abundan los cretinos e imbéciles y que hay mucho pollaboba suelto que no repara en envilecer el ambiente o dar pábulo a mentiras si estas les sirven de impulso electoral, sabedores de que a la mayoría le resulta más fácil cabrearse que bien informarse.

Ojalá a partir de ahora los canarismos, sean insultos o parabienes, se hagan con un hueco en el discurso político y que nuestros excelsos representantes isleños tengan a bien proclamarlos con la dignidad que merecen. Académicos y razones tenemos que refrendarán su buen hablar. De paso, además de preservar un ingente patrimonio cultural, alimentarán la autoestima de una población que arrastra una buena carencia de ella.

Eso sí, mejor sería dejar las pollabobadas a un lado y aplicarse en el profundizamiento de la democracia, que se basa en la libertad de expresión, el intercambio de ideas, la alternancia política y la búsqueda de consensos. Y ya vemos que de esto, bien poco. Mientras, se habla mucho y se sabe poco. Así nos va.