Jaula y arco iris

Participación electoral, clave democrática

01/01/2018

Las recientes elecciones catalanas del jueves 21 de diciembre han sido un ejemplo cívico, con una elevada participación, el 79,04%, casi tres puntos menos de los anunciados inicialmente (81,9%) por efecto reductor del voto exterior. Lo que da prueba de la relevancia que a las mismas le dio la ciudadanía, provocando una gran movilización en las urnas. Y, al tiempo, esa masiva participación resta validez a la repetición del discurso que insistía en la existencia de una mayoría silenciosa que no estaba reflejada en la Cámara.

El Parlament que se constituirá en enero es muy representativo de la dual realidad de Cataluña, con una mayoría independentista de votos y escaños frente a un bloque constitucionalista que se le acerca mucho y, en medio, Catalunya En Comú, llevando a cabo un voluntarioso intento de transversalidad que no comparte los postulados ni de unos ni de otros, ni DUI ni 155. Pero que sí defiende la celebración de una consulta reglada, pactada y legal sobre el futuro de la comunidad, como desea, según señala la práctica totalidad de los estudios sociológicos, la gran mayoría de la gente en Cataluña.

Las circunstancias políticas han ayudado a esa enorme participación en Cataluña. Sin embargo, la elevada abstención es común en las sociedades democráticas, salvo en los estados en que el voto es obligatorio, en algunos casos con duras multas para los que decidan ausentarse de las urnas. Es el caso de Luxemburgo, lo que lleva a porcentajes sobre el 90%. O Bélgica, que en las generales de 2014 registró un 89,45% de concurrencia a las urnas. Sin embargo, Grecia, más laxa, constituye una excepción: en las generales de septiembre de 2015 solo votó el 56,57% del censo.

En las estadounidenses que dieron la victoria al demagogo y reaccionario Donald Trump solo se acercó a las urnas el 55,4% de los ciudadanos y ciudadanas con derecho a voto. Suele ser mucho más alta la participación en la Unión Europea. Las elecciones generales alemanas de septiembre de 2017 registraron una participación del 76,2%, mientras que las británicas de junio del mismo año se quedaron en un 68,7%. La segunda vuelta de las presidenciales francesas, celebrada en mayo, arrojó una asistencia a las urnas que se quedó cuatro décimas por debajo del 75%.

En las generales españolas de junio de 2016 la abstención superó levemente el 33%, tres puntos más que en las de diciembre de 2015. La más elevada asistencia a las urnas se produjo en los comicios del año 1982, apenas año y medio después del 23F, los de la aplastante victoria del PSOE de Felipe González, con casi el 80%, superando en un punto a las de junio de 1977, las primeras generales tras la dictadura; tras la corrección a la baja de la participación en las recientes catalanas, una vez contabilizado el voto exterior, las del 82 siguen manteniendo el record en elecciones generales y autonómicas. Fue asimismo muy alta la participación en 2004, tras la conmoción por los atentados de Atocha y la tergiversación de información sobre la autoría por parte del Gobierno, con un 75,86%.

Con relación a los comicios locales, la mayor participación se dio en las de 1995, con un 69,87%, seguida de las del 87 (69,41%). Los peores datos, en 1991, con un 62,78%. En las últimas municipales, las de mayo de 2015, se quedó en un 64,91%.

Se reduce notablemente la afluencia de votantes en los comicios al Parlamento Europeo. Pese a su importancia se sigue percibiendo a Europa como algo alejado y el electorado no se moviliza lo suficiente. En los correspondientes al año 2014, los de la eclosión espectacular de Podemos, solo votó en España un 43,81%, un punto porcentual menos que en los de 2009; en el caso canario no llegó al 38% de concurrencia a las urnas. Los mayores niveles se dieron en 1987 (68,52%) y 1999 (63,05%), en ambos casos por el tirón que supuso su coincidencia con las elecciones municipales y autonómicas; algo que se repetirá en las europeas de 2019.

«En las denominadas comunidades históricas la mayor participación, al margen del 79,04% de las recientes catalanas, se produjo en las autonómicas vascas de 2002, con un 78,48%».
Autonómicas canarias.

Respecto a las autonómicas canarias, la participación mayor se produjo en los comicios del año 1987 (65,4%), seguida con apenas un punto de diferencia por las de 1995 y 2003. Las menores en las convocatorias más recientes: 58,91% en 2011 y 56,09% en 2015. En estos últimos comicios la mayor concurrencia se produjo en Gran Canaria (58,44%) y Fuerteventura (58,40%); y, por el contrario, las islas más abstencionistas fueron La Gomera, donde solo votó el 47,51% del censo, y La Palma, en que lo hizo el 50,30%.

En las denominadas comunidades históricas –Cataluña, País Vasco y Galicia- la mayor participación, al margen del 79,04% de las recientes catalanas, se produjo en las autonómicas vascas de 2002, con un 78,48%. Y la más baja en los últimos comicios gallegos que ratificaron la mayoría absoluta de Alberto Núñez Feijóo, en 2016, donde no se alcanzó el 54%. Euskadi es la que presenta promedios más elevados, casi siempre situados por encima del 65%. Con la excepción de las autonómicas de 2016, en las que, pese a la irrupción de nuevas formaciones políticas, bajó la participación hasta un 62,26%.

Afirma el periodista Lluís Foix que «la participación alta se produce cuando se tiene confianza en la política, se participa en un debate de ideas, se percibe que la pugna política revierte en el interés general de las gentes». Considero que también cuando hay anhelo y posibilidades de cambio. Ya sea por la movilización de quienes pretenden protagonizarlo como de aquellos que perciben como un peligro las modificaciones que pueden llegar a plantearse.

Descontento.

Igualmente, se señala a la abstención como una forma de expresión del descontento con los partidos políticos y con el sistema en general, de protesta frente a una democracia insuficiente, dominada por poderosos intereses económicos y mediáticos, incapaz de renovarse y superarse y, sobre todo, de dar respuestas adecuadas a los problemas crecientes del empleo, la desigualdad o la seguridad. Algunos estudios concluyen que esa abstención crítica es casi insignificante, por debajo del 5% del global, y que predomina más el desinterés y la apatía.

Entiendo que no es, en ningún caso, el mejor camino a seguir. Y que las sociedades democráticas pueden y deben elegir a sus representantes entre una amplia gama de posiciones políticas e ideológicas; y, paralelamente, ser muy exigentes con los partidos políticos, con la defensa de los servicios públicos, con el funcionamiento de las instituciones, con la transparencia de estas y en el combate contra la corrupción. Una ciudadanía participativa, activa y crítica constituye la mejor vacuna contra las perversiones que desvirtúan la vida democrática y, asimismo, contra las tentaciones de derivas autoritarias y las no menos peligrosas de subordinación del Estado a los intereses de grupos privados.

«Respecto a la condición socioeconómica, los que reconocen menor asistencia a las urnas en el 2016 son los estudiantes, con una participación del 72,3%, y parados (73%)»
Sobre la abstención.

En el caso del Estado español, los estudios sociológicos suelen coincidir en el hecho de que la población joven es la más abstencionista y que los mayores de 65 son los más propensos a acudir de forma masiva a las urnas. Lo que tiene sus consecuencias en la orientación del voto, por el mayor conservadurismo de este segundo grupo: el 35% de los mayores de 65 afirman haber votado al PP en junio de 2016, según el postelectoral del CIS de esos comicios, mientras que en los grupos 18-24 y 25-34 este dato se reduce al 17,2% y 16,3%, respectivamente.

En ese postelectoral del CIS a la pregunta de si votó en esos comicios, los distintos grupos de edad presentan respuestas diferentes, con una creciente participación conforme se avanza en edad.

Aunque parece que es claramente superior el porcentaje de los que manifiestan que votaron en la muestra del barómetro que los que realmente lo hicieron. Pero resulta curiosa la diferencia de hasta casi dieciocho puntos entre los grupos de menor y de mayor edad. Si lo cruzamos por nivel de estudios, los más abstencionistas, según el CIS, son los que cuentan con la primera etapa de la Secundaria, y los que más votan los de FP y los universitarios.

Respecto a la condición socioeconómica, los que reconocen menor asistencia a las urnas en el 2016 son los estudiantes , con una participación del 72,3%, y parados (73%), mientras que los agricultores aseguran haber participado masivamente (93,3%), cuatro puntos porcentuales más que los técnicos y grados medios. Y, en fin, con relación al posicionamiento ideológico se produjo un mayor abstencionismo en la banda izquierda que en la derecha.

Sin embargo, su preelectoral de Cataluña muestra solo diferencias máximas de cuatro puntos entre los distintos grupos de edad. Y, eso sí, coincide en una mayor intención de asistir a los colegios electorales por parte de la gente con estudios superiores.

Los expertos distinguen entre distintos tipos de abstención, así como diferentes causas que llevan a esta. Así en el diccionario de Ciencia Política y de la Administración se señala que según Francisco Vanaclocha, catedrático de Ciencia Política, director del Instituto de Política y Gobernanza de la Universidad Carlos III de Madrid, “en el análisis del comportamiento del abstencionismo cabe señalar diferentes tipos:

•Abstencionismo técnico o estructural, motivado por causas no imputables al ciudadano con derecho a votar: Enfermedad, ausencia, defectos de inscripción censal, entre otros. Se trata en este caso de un abstencionismo involuntario.

•Abstencionismo de resignación, inducido por la imposibilidad objetiva de modificar una determinada situación política.

•Abstencionismo de perplejidad, inducido por las presiones contradictorias ejercidas sobre el elector. Ante estímulos de partido contradictorios, el elector se siente desorientado y opta por la abstención.

•Abstencionismo partidista, motivado por la voluntad del elector de no votar a la candidatura presentada por su partido cuando no está integrada por candidatos de su misma corriente o tendencia.

•Abstencionismo de consigna, por la que los electores siguen una recomendación de no votar a determinadas fuerzas políticas.

•Abstencionismo político y racional, que traspasa los límites de una decisión individual de no ejercer el derecho al voto para convertirse en un movimiento que promueve la abstención activa, con el objeto de hacer pública la oposición al régimen político o al sistema de partidos, tomando la forma de abstencionismo de lucha o beligerante.

Con relación al caso canario, en su elevada abstención pueden influir elementos como una mayor despolitización ciudadana, defectos técnicos censales y movilidad de personas de otras comunidades que vienen a trabajar a las Islas y al marcharse continúan censadas en el Archipiélago, así como movilidad interior especialmente en alguna de las islas occidentales.