Por si le interesa

Otra forma de secuestro

27/11/2019

Gaumet Florido

A nadie se le esconde que en esta sociedad mercantilista, entregada a la trivialización y a las modas, vivimos instalados en la artificialidad y el cortoplacismo. Por eso no es difícil que de un momento para otro se consoliden pautas de comportamiento en muchos órdenes de la sociedad que en otras épocas habrían necesitado de un proceso de madurez y de perfeccionamiento. Es lo que a mi juicio está pasando con esa evolución, por otra parte necesaria y saludable, que están experimentando los partidos políticos hacia una mayor democratización interna.

No comparto que lo que han votado 8, 10 o 12 millones de personas dependa después de lo que decidan 200.000 o 500.000 militantes

Los que creemos en el debate, el consenso y la participación popular en las decisiones no nos podemos oponer a ese camino de apertura. Ahora bien, no basta con hacerlo, sino que hay que hacerlo bien. Es algo muy serio que no puede dejarse llevar por las prisas de un titular, de un modismo político o de la inminencia de unas elecciones. Más de una vez me he quejado del buenismo hipócrita que ha marcado a estos mecanismos. Los partidos te venden unas primarias, le dan la palabra a la militancia, pero al final se reservan en la letra pequeña la opción del veto o la de, más directamente, pasarse por el forro la opinión de los que se molestaron en ir a votar. Con todo, vale más eso que nada.

Ahora bien, dicho eso, una cosa es que los partidos, durante décadas convertidos en reflejo de las estructuras caciquiles de otra época, avancen hacia una mayor democratización interna, como, por ejemplo, la elección de sus líderes o sus programas electorales, y otra muy distinta es dejar en manos del militante de un partido una decisión que tiene que ver con el interés general y con el futuro de toda una sociedad. Es algo así como blanquear ese interés partidista que tanto le hemos criticado a los dirigentes en la toma de decisiones. Pues eso es lo que han hecho este fin de semana el PSOE y Podemos.

Una vez elegidos por los ciudadanos, esos dirigentes pasan a ser representantes públicos de toda la ciudadanía. De toda, piense en verde, azul o blanco. Y se presupone que sus decisiones, aunque lleven implícita una natural carga ideológica, en un sentido o en otro, van en beneficio de todos. Por eso no comparto que lo que han votado 8, 10 o 12 millones de personas dependa después de lo que decidan 200.000 o 500.000 militantes. Es una forma, a mi juicio, de secuestrar la democracia. Puestos a elegir, que nos consulten a todos, no a unos pocos.