Lunes en África

Operación

El lenguaje de la diplomacia expresa convenciones que poco tienen que ver con la verdad de las cosas. No hay mayor crueldad que disparar con «precisión», llevar a cabo una operación «limpia», o suponer que un ataque armado es «legítimo». Venga de donde venga.

Un coro de angelicales dirigentes europeos canta al amanecer las letanías que exaltan el liderazgo internacional de Donald Trump, defensor de los valores occidentales, emperador de los tiempos modernos. Por fin el rubio ha comprendido su misión en el mundo. Dijo que una guerra le vendría muy bien para cohesionar a sus votantes, y el viernes sacó los cañones a pasear durante una hora. Una operación que convalida el máster en salud democrática del inquilino de la Casa Blanca, sobresaliente en estética de la muerte. Con la satisfacción del deber cumplido, se avisa a los navegantes del nuevo orden mundial. Más que fuego a discreción, se impone la discreción del fuego.

Sobre el tablero sirio se mueven más de 400.000 muertos, más de 5 millones de personas desplazadas, varias confesiones religiosas, incluido el temido Ejército Islámico, decenas de gobiernos y miles de contratistas, traficantes y contrabandistas. Con sus espasmos se modulan los mercados. Gracias a los pepinazos del viernes, el petróleo marca su valor más alto de los últimos cuatro años. No se puede entender la maquinaria de la guerra sin mirar los precios de las materias primas. Por si faltaban ironías, el secretario de la ONU dice que la guerra fría ha vuelto, ahora que la cosa se pone calentita, aunque sea a ratos. Habrá que explicárselo a los jóvenes.

Por hechos como éste se producían levantamientos en masa por las plazas del mundo hasta hace pocas décadas. Praga, Nicaragua, Irak. El interés del público ha decaído, es obvio, y ya no es un problema de comunicación. El honrado votante occidental incuba una infecciosa tolerancia a la mentira.