Entre la nostalgia, agosto y la risa

Emilio González Déniz
EMILIO GONZÁLEZ DÉNIZ

Aunque suene a nostalgia, ni agosto es ya lo que era. Desde hace décadas, cuando se nos hizo pensar que éramos un país rico, irse de vacaciones se convirtió en un deber. Antaño, vacaciones era no asistir al trabajar o a clase, aunque las mujeres siempre trabajaban... Pero esa es otra historia. Ahora, si no cambias de lugar no son vacaciones, y a la palabra va siempre unido el verbo ir. Ya no son vacaciones, es irse de vacaciones. La gente se mueve lo que puede sobre todo en agosto intentando relajarse, y esa idea malévola de que agosto es un mes en el que España se detiene empezó a ser verdad en los años 80 y se prolonga. No pasaba nada, era la quietud total, los periódicos se llenaban de suplementos ligeros para tener algo que poner sobre el papel que se pudiera leer en la hamaca (recuerdo las peripecias de El Inspector Chinea, simiente del género negro en Canarias plantado por Chela en el Canarias7). Pero el mundo parecía haber echado el cierre.

Pero todo empezó a fastidiarse en los años 90, justamente cuando se hundió la URSS gracias al triunvirato Reagan-Thatcher-Wojtyla y empezamos a escuchar palabras como globalización, neoliberalismo y deslocalización. Luego un tal Fukuyama dijo que habíamos llegado el fin de la Historia y todo el mundo aplaudió, sin saber muy bien lo que significaba ni cómo se argumentaba. Y era verdad entonces, porque básicamente exponía el agotamiento de las ideologías, lo que pasa es que en realidad estas son hoy más necesarias que nunca, salvo que creamos que el neocapitalismo financiero que asola al planeta sea el mundo ideal, si se entiende como tal que haya nacido un feudalismo informatizado y comunicado vía satélite y a través de fibra óptica.

Las mentes ya no descansaban en agosto en los 90, y junto a las olas rompiendo o en mitad de un viaje organizado y obligatorio supimos que Irak había invadido Kuwait o que Ruanda se bañaba en sangre, y entre la cerveza del chiringuito y la siesta vimos a Boris Yeltsin subido a un tanque moscovita haciendo el héroe contra el golpe que intentó la vieja guardia stalinista contra Gorbachov. Y ya nunca agosto recobró la quietud. Este agosto también ha sido un sobresalto: crímenes machistas horrendos, sigue la guerra en Ucrania, anuncian crisis energéticas inducidas, se discute por la luz de los escaparates, Israel ataca Gaza por enésima vez, China enseña los dientes a Taiwán y por consiguiente a Estados Unidos, el drama constante de la inmigración, frenazo económico, y en la política española siempre igual, ya no es llamativo que Ayuso se enfrente a Sánchez, porque es lo habitual.

Como siempre, hay un culebrón Pantoja, pero este de segundo nivel, y han adelantado el fútbol, que antes no se tocaba hasta septiembre, y su ruido fanatizante se añade al calor más insoportable que nunca. Los telediarios son verdaderos realitys. Menos mal que el mar sigue ahí, aunque no sé si aguantará las tres semanas que faltan para acabar el mes. cinco días que quedan para acabar el mes. No quiero pensar cómo va a ser septiembre.

Ahora hay unas canciones que parecen todas las misma, bajo la presidencia del raeguetón que se han empeñado en imponer. En un programa de radio en el que hablaban de las llamadas canciones del verano, he escuchado que, desde que se concede ese título, apenas ha habido unas pocas que sean algo más que «chunda-chunda» supuestamente pensado para bailar en las cálidas noches estivales. Se salvan muy pocas de ser un sinsentido pachanguero, y sorprende que La camisa negra de Juanes o La bilirrubina de Juan Luis Guerra estén en ese palmarés -que no se sabe muy bien quién determina- (bueno, sí, son merengue y vallenato, tienen ritmo). Haciendo memoria a vuelapluma, nos encontramos con engendros que paradójicamente pueden formar parte de la memoria sentimental de mucha gente, por aquello de los reflejos condicionados del perro (que era una perra) de Paulov. Es espeluznante que sean trozos de nuestras vivencias El venao, La mayonesa, El tiburón, El tractor amarillo, La barbacoa, Aserejé y La Macarena. Y siempre nos reverbera la pregunta de por qué para hacer bien el amor hay que venir al sur (Rafaella Carrá dixit); ¿y a dónde van quienes siempre están en el sur?

Pero no son solo las canciones del verano las que suelen tener letras incompresibles o cercanas al absurdo. También ocurre con canciones consideradas importantes por distintas razones. No sabemos muy bien a qué venía aquel Qué será será que tan famoso hizo Doris Day en la película El hombre que sabía demasiado, o de qué carajo es metáfora «Nel blu dipinto di blu» (azul pintado de azul) que cantó el gran Modugno en su inmortal Volare. Seguimos sin saber a dónde y por qué se fue Laura, solo sabemos que «Laura no está», qué tiene de especial la papa con tomate que pregonaba la pecosa Rita Pavone, quién demonios quería cambiar de nacionalidad para que Renato Carazone le preguntase Tu vuo' fa' l'americano (también la cantó la mismísima Sophia Loren en una película), y si en la balada Amaneceres de terciopelo Demis Roussos al cantar el «Triqui-triqui» del estribillo quería decir lo que están pensando o rezar una sentida oración. Pero de todas las letras de canciones absurdas, el récord imbatible de la estupidez lo sigue ostentando José Luis Perales cuando pregunta del hombre con el que se ha ido su amor «a qué dedica el tiempo libre», aunque haya una versión de Marck Anthony. Para eso sí tengo respuesta: lo ha dedicado a seducir a la chica, mientras tú afinabas la guitarra, «pasmao».