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De la teatralización y la política
Voces, palabras

De la teatralización y la política

Nicolás Guerra Aguiar

Las Palmas de Gran Canaria

Viernes, 21 de junio 2024, 23:04

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Como docente ya jubilado, estimado lector, sé algo sobre 'El gran teatro del mundo', auto sacramental alegórico de Pedro Calderón de la Barca. Fue uno de los títulos preferidos de doña Carmelina Ramírez, profesora de Literatura a lo largo del Bachiller (elemental y superior) allá en mi entrañable tierra cebollera, Gáldar.

A tal tempranera información debo sumar, de una parte, cierta experiencia en el Teatro Español Universitario (TEU) durante mi etapa lagunera, segunda gran escuela de mi vida. De otra, el descubrimiento de la dramatización de textos literarios como asignatura para el aula gracias a cursos impartidos por dos magistrales profesores valencianos. Con ellos aprendí o reforcé técnicas del elemento teatral para escenificar con los alumnos poemas, fragmentos literarios, noticias o textos también creados por ellos mismos, sorprendentes e imaginativos. (Permítame, por su valor temporal, añadir los casi cuatro decenios de aula, la mejor titulación para un profesor.) Así pues, algo conozco. Fue, digo, materia optativa independiente a las tradicionales introducida e impartida durante la fase del Bachillerato Experimental en el instituto Pérez Galdós.

Desde el punto de vista lingüístico, dramatizar - dramatización, estimado lector, son términos presentes en nuestra lengua a partir del latinismo 'drama' y este, a su vez, proviene del griego. Son, pues, casi hermanos por más que sus categorías gramaticales (verbo y sustantivo, respectivamente) difieran. Pero ambos coinciden en el significado: se trata de dar forma y condición dramática a algo. Y ese 'algo', ahora, se centra en observaciones en torno a nuestros políticos (sobre todo frente a la mediocridad dominante).

Tras las pesquisas concluyo que abundan las teatralizaciones, y son muy del gusto de quienes siguen haciendo de la Política una empleo muy bien remunerado y, a la par, contradicen el sabio principio platónico: «el gobierno deben ejercerlo las personas justas y sabias». Pero hoy, en los distintos estratos, permanecen miles de personas a quienes no se les conoce otra actividad (y a veces capacidad) más que la de su reiterada presencia en las listas electorales.

Así, por ejemplo: si la pobreza en Canarias «se ha intensificado y cronificado debido a las sucesivas crisis, agravada esta situación por el aumento generalizado de los precios y el coste de la vida» según informa Cáritas, ¿cuántos y cuáles políticos cercanos -regionales, insulares, locales- conoce usted, escogido lector, que con justicia y sabiduría luchan y trabajan por usted, por mí y por nuestros paisanos en tales circunstancias?

Pero tales profesionales viven de eso, de la espectacularidad, la dramatización. Saben que las expresiones gestuales del orador impresionan. Así, elevan el dedo índice a los cielos en pose celestial pero rigurosa; arquean el cuerpo y dejan caer toda su aparente bonhomía sobre el atril, agarrado con ambas manos como si este intentara escapar ante tal despilfarro de toletadas... Y nosotros, pobres mortales, caemos en la hábil trampa del impacto dramático.

También intensidades, tonos, timbres, cloquíos y otros recursos (miradas serenas o belicosas, relajadas o hurañas poses, ascensiones místicas, transmutaciones etéreas y subliminales) acompañan a la palabra oral en el balance sobre la revolucionaria gestión realizada por el gobierno, la consejería, la concejalía... o su nefasta actuación si quien habla es la oposición.

Sus palabras, por tanto, pueden ser solo un ininterrumpido fluir de sonidos más o menos articulados o convertirse en una ordenada cadena fónica la cual, incluso, podría decir algo que demuestre su compromiso social. Pero este 'decir algo' es lo de menos, a fin de cuentas cada uno tiene asumido su papel: se domina desde el poder o se subsiste desde la oposición. Lo otro, ajustar puntos de vista, razonar, argumentar, pulir planteamientos para llegar a entendimientos a través de la palabra dialogada es algo banal, poco valioso, e incluso podría interpretarse como debilidad emocional, condición humana desechable.

¿Qué son, sino teatralizaciones, las a veces grotescas intervenciones desde los comienzos autonómicos de dos oradores que se autodefinen como «políticos de Estado», portavoces de los dos partidos más votados o quizás presidente del Gobierno uno, acaso jefe de la oposición el otro, cuando en sesiones parlamentarias se atacan personalmente? Salta a la vista: dejan de lado los auténticos problemas de la sociedad canaria harta de rusticidades, vacíos programáticos, posesión absoluta de la verdad…

Los intervinientes suben al estrado en silencio, con la mirada en el suelo, como en meditación trascendental. Mueven (acción teatral) los micrófonos, los adaptan a no se sabe qué pues, a los pocos minutos, los doblan, arquean o los elevan, como si las palabras (expresión y contenidos) impactaran en ellos de tal manera que los impresionan, anonadan, acomplejan.

Y con manifiesta monotonía («Señor presidente, señorías»), comienzan: «Aunque nos queda mucho por hacer, este Gobierno ha trabajado con ahínco y seriedad a pesar de la envenenada herencia recibida. Por suerte vamos enderezando el rumbo frente a zancadillas, bloqueos y mentiras del principal partido de la oposición, quien no nos personará nunca haberle ganado en el juego democrático. Pero sepan sus señorías que su oposición nos da más fuerzas para defender los derechos de la ciudadanía, la estructura democrática. Es más: cuando suba al estrado su señoría, estoy seguro, tergiversará la verdad a conveniencia».

El continuado trasfondo de murmullos, asentimientos monosilábicos, estruendosas vociferaciones a veces, crepitar de palabras más altas de lo normal y civilizado… rompen la mansedumbre del hemiciclo. Son los actores secundarios, invitados de piedra a tan teatral representación: les corresponde asistir en silencio o con programados aplausos 'espontáneos' a las magistrales intervenciones metafísicas de sus jefes o guías. Estos, o bien exponen sobre aspectos espaciales de inocuas trascendencias o, al contrario, se empeñan en banales círculos fónicos que nada dicen sobre los temas trascendentales: o no saben cuáles son o acaso nada osan decir.

Terminada la dramatización del acto o fenómeno galáctico, la monotonía se recupera en el Parlamento. Sus señorías se recogen para la cena o el almuerzo, las tarjetas bancarias están para eso. Discuten en corrillos o felicitan a sus jefes con golpes en la espalda. Y el ciudadano, desde fuera, se pregunta: ¿para qué ha valido tal espectáculo bien montado, dramáticamente perfecto? Y se percata de su error, pues había creído que el pleno serviría para descubrir verdades y llegar a entendimientos a través de las palabras. A fin de cuentas el orden del día estaba muy claro: 'Moción en torno al control de visitantes extranjeros y especulación con las viviendas de alquiler'. Pero todo fue, en efecto, dramatización, es decir, fenómeno teatral, puro espectáculo.

Y mientras, la costa canaria sigue vendiéndose, esquilmándose, llenando de edificaciones que albergarán a cuatro millones más de chonis (u ocho, si fuere menester). Estos, masificados, corretearán también por las dunas; incluso pintarán restos arqueológicos, igualmente despreciarán carteles de prohibiciones; degradarán paisajes asimismo… A fin de cuentas pagan en sus países con libras, euros, rublos o dólares, da igual. (Por cierto, jamás he oído en nuestro Parlamento a ninguna señoría denunciar una realidad: colonización. La población de las islas se ha incrementado en más de 500 000 personas en las últimas dos décadas, ¡ditoseadiós!)

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