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N.G.A.
Pero... ¿hablamos de Auschwitz o de Gaza?

Pero... ¿hablamos de Auschwitz o de Gaza?

Una zona como nuestra La Gomera es todo un campo de concentración, en él hay también exterminio pero –eso sí- en insignificantes cantidades, y espaciadas, no se suman miles de muertos al día

Viernes, 19 de enero 2024, 22:42

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Cuando Erika Ewald, su padre y su hermana (personajes literarios de Stefan Zweing) se reunieron para cenar, solo se escuchaba «el ruido de los platos y el tintineo de los cuchillos». A veces, como excepción, alguno pronunciaba una sola palabra. Y esta no formaba parte de un discurso, un párrafo de dos líneas, una frase. Ni tan siquiera acompañaba a otra para formar una estructura bimembre como cuando decimos «buenos días». Así, la fragilidad de la palabra era tal que el aire emitido por la propia respiración bastaba para levantarla, moverla ligeramente y, al momento, «caía desfallecida».

Hoy, a tres meses y tantos del pasado octubre, sectores sociales civilizados, sensibles y conscientes de sus responsabilidades en torno a los derechos humanos llevan gastadas millones de palabras cargadísimas de sinónimos para que ningún significado se olvide. Pretenden, ingenuamente, inundar con ellas geografías y espacios continentales para no parecerse a la familia de Erika Ewald, cuya única palabra a lo largo de la cena murió en la más absoluta soledad. (Lo pretenden, sí... pero los ignoran.)

Y uno se plantea: si a tantos millones de palabras les sucede lo que a la única de la cena familiar, ¿para qué su acumulación en radios, periódicos, televisiones, instituciones, Amnistía Internacional, Naciones Unidas, tribunales internacionales…? (Sí, tengo respuesta: parte de la humanidad mantiene su conciencia social, su compromiso frente a injusticias e inmoralidades. Pero no tiene poder.)

Por el contrario, otras palabras sí permanecen. Son, por ejemplo, las del primer ministro Netanyahu: «Nadie nos detendrá, ni La Haya ni nadie. Continuaremos hasta el final, hasta la victoria». (Por cierto: ¿espera, acaso, que tras su «victoria» el fiscal general de Israel lo exima de supuestos delitos -soborno, fraude...- cometidos como primer ministro? ¿Cuántos muertos palestinos necesita para que se archive su procesamiento? ¿Cuántos debe sumar a los veintitantos mil cadáveres?)

Sí, hasta este mismo momento la barbarie cae sobre Gaza con la agravante de la nocturnidad. Misiles y balas consiguen matar a algunos asesinos de Hamás participantes en la vil y miserable masacre de octubre, cuando servidores de la muerte asaltaron salvajemente viviendas y cánticos de colonias judías, terminaron con la vida de «unas 1200 personas» (france24.com) y secuestraron a doscientas veinte. (Me repugnaron, como a millones de personas, atrocidades y asesinatos a manos de hordas crueles y atroces de Hamás.)

Pero en momentos de esplendor y precisión milimétrica las bombas israelíes destruyen sobre todo cuerpos de niños (¡eso sí: hipotéticos terroristas!), arrasan con veinteañeros y otros mayores (¡estos sí son fanáticos guerrilleros por más que algunos lleven bata blanca, la cruz roja o muestren la palabra PRESS enrojecida por su propia sangre!)

Pero muchos no forman parte de los recuentos: algunos muertos mantienen los ojos cerrados y simulan que duermen; otros intentaron expresar su tragedia a través de llantos, sonoros gemidos y lamentos no debidos a gases, exceso de calor o frío, cólico estomacal. Ni tan siquiera a la ausencia del pezón materno ya fláccido y muerto a su lado… No, es el sexto sentido humano quien vociferaba frente a la nada: sabe que van a morir sin saber por qué, como les habría sucedido a bebés y niños israelíes el pasado octubre si acaso hubieran estado a tiro de las salvajadas de Hamás.

¿Genocidio, «exterminio o eliminación sistemática de un grupo social por motivo de raza, etnia, religión, política o nacionalidad»? ¿Lo mismo que hicieron los cristianos de Pedro el Ermitaño con los judíos durante la primera Cruzada (1096)? ¿Como en la de los Príncipes (1099), cuando los cristianos no respetaron ni a judíos ni a musulmanes tras la toma de Jerusalén? Y si nos acercamos al ahora-ayer, ¿es lo mismo a la manera de las SS hitlerianas también contra los judíos ocho decenios atrás?

Auschwitz-Birkenau fue uno de los seis campos crematorios nazis en Polonia. En él fueron asesinados comunistas, gitanos, homosexuales, testigos de Jehová y millones de judíos. Allí, en tales depravadas miserias mentales, empleó el alemán todo su poder destructivo, toda su aberrante capacidad para elevar casi al infinito el daño a seres humanos. Y allí desnudó el más hondo sentimiento de agresividad, salvajismo y fiereza de que se es capaz.

¿Y Gaza? ¿Qué es Gaza? No es Auschwitz, claro. Allí no hay campos de exterminio ni pasillos crematorios. No hay miles de personas asesinadas con gases mortales por los refinamientos de 'Unidades de la calavera'. Tampoco nadie piensa, ni por asomo, en experimentos médicos sobre los nativos (esterilización, castraciones, investigaciones raciales en enanos…).

Entonces, si no hay nada de eso, si tampoco se fusila o ahorca; si no experimentan con niños palestinos; si no funcionan cámaras en las cuales se emplearía el ácido cianhídrico 'Ciklon B', ¿por qué Gaza es noticia diaria en la mayor parte de los informativos? ¿Por qué es preocupación vital del secretario general de Naciones Unidas, quien elevó la voz contra la barbarie y desató la ira del israelí?

Es cierto, allí no hay paredones: simplemente se bombardean viviendas civiles y con ellas mueren niños, ancianos, hombres y mujeres tan inocentes como los judíos de Auswitch. No se cuelga, pero los cuerpos caen diariamente en plazas públicas, calles... ante miradas atónitas de gentes atónitas. No se ensaya con niños, no: simplemente se les elimina porque su maldita inocencia les hace creer que las piedras son proyectiles como los de sus agresores. No, no hay cámaras de gas: ahora se usan las bombas inteligentes, las que lanzan desde las alturas con milimétricas precisiones y echan por tierra vidas, sueños, esperanzas, palabras de paz…

No, Gaza no es Auschwitz. Allí nunca podrán morir millones de personas como pasó en la Segunda Guerra. Allí solo se cuentan los muertos, pero no va más allá. Allí no hacen falta acondicionamientos de distintos lugares para vallarlos y cerrarlos a la libertad. Ahora es más sencillo: una zona como nuestra La Gomera es todo un campo de concentración, en él hay también exterminio pero –eso sí- en insignificantes cantidades, y espaciadas, no se suman miles de muertos al día.

Y hay, también, un perfecto espacio de adiestramiento para futuros terroristas: los niños y los jóvenes supervivientes aprenden sobre el terreno, maman la sangre de los muertos, de los suyos, y aprenden a jurar venganza sobre sus cuerpos reventados. Desde el campo de concentración en el cual los tienen recluidos muchos ni esperan a ver crecer la vida, pues sus vidas ya no sueñan amaneceres: se los matan día a día entre los límites, los muros, las alambradas y las rejas de quienes tienen a la muerte como su oficio.

(¡Ah, por cierto! También mueren de hambre, de sed, de interminables caminatas, de fríos que congelan corazones, de enfermedades... Los muertos sobrepasan los veinte mil. Y aumentarán «hasta la victoria final». ¡Palabra de Netanyahu!… y brazos cruzados de Europa.)

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