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Voces, palabras

Evocaciones de un antaño: el PP de centroderecha

Y así les fue también a lo largo y ancho de la siguiente convocatoria: ni supieron ni pudieron recuperar la confianza de una ciudadanía harta de agresividades verbales, férreos posicionamientos, insultos, de no porque no sin explicaciones

Nicolás Guerra Aguiar

Las Palmas de Gran Canaria

Viernes, 26 de enero 2024, 22:58

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En las primeras elecciones generales celebradas en España (1977), los herederos ideológicos del fascismo (Alianza Popular entre otros) sufrieron una aplastante derrota (16 escaños) frente a quienes, desde el poder (Unión de Centro Democrático, 166), habían aceptado la democracia liberal a pesar de sus orígenes ideológicos... y defendían la designación del señor Borbón como rey según designio del Generalísimo por la gracia de Dios.

Tras distintos altibajos y alianzas (en 1982 pasó a llamarse Coalición Popular) reaparece por tercera vez (1989), ahora como Partido Popular bajo la dirección del señor Fraga, ex ministro franquista e ideólogo de la 'Ley del Silencio', la inquisitorial Ley de Prensa e Imprenta de 1966. Con ella el fundador del PP cerró periódicos y revistas, sancionó a periodistas y diarios (los tinerfeños El Día, La Tarde; los grancanarios Diario de Las Palmas - La Provincia...), expulsó de la profesión a otros, secuestró libros… También aquí la ley fraguista dio de baja como empresa (1972) a Gráficas Canarias S.A. la cual, oh casualidad, editaba la revista Sansofé, sutil o claramente crítica, defensora de elecciones libres y democratización de la sociedad (llegó a imprimir la palabra 'HUELGA' en una portada).

El señor Fraga le cede la presidencia al señor Aznar (1990) como se regalan los Borbones la Jefatura del Estado (constitucionalmente, eso sí. Todo atado y bien atado). Pasados los años, entre 1996 y 2000 el segundo fue presidente del Gobierno. Forzado por su mayoría simple descubrió algo posible sin romper España: pactó con nacionalistas catalanes independentistas (hoy, Junts). Y fue modelo de diálogo inteligente, de hombre de Estado, demócrata; hubo recuperación económica (para los de siempre); se produjeron contactos con ETA en Suiza (significó la vuelta de presos etarras a cárceles del País Vasco: parecía que, al fin, podría desaparecer la organización terrorista como así sucedió años después gracias a estos asentados intentos del PP y, posteriormente, al presidente Zapatero, del PSOE).

Entre 2000 y 2004 gobernó con mayoría absoluta. Y ahí se mostró el auténtico rostro del ppartido que sorprendió a serenos militantes: se manifestó por giros ideológicos hacia posturas de rígida derechona, beneficios a amigos y aliados, desprecio a los nacionalismos (CIU, PNV), rechazo a los sindicatos (huelga general en 2002), embustes o trolas para justificar la invasión de Irak («¡Créanme», dijo en el templo de la democracia: «Hay armas de destrucción masiva en Irak». ¡Mentira!). Añadamos el decreto de la reforma universitaria (Ley Orgánica de Universidades), contratos basura para la creación de empleo...

Tras el atentado de Madrid por fundamentalistas islámicos -y que el Gobierno aznarista se empeñó en achacárselo a ETA- la ciudadanía española castigó prepotencias, embustes, políticas ultraliberales e identificaciones con muy peligrosas posturas extremoderechistas: dio la mayoría simple al señor Zapatero quien fue, estoy seguro, el primer sorprendido. Casi un desconocido político socialista carente de la popularidad, el empuje y el agarre del señor González... de los años ochenta, modernización del país. Infringida derrota, pues. Más que por méritos del PSOE por el comportamiento del PP amparado en trolas como batatas (recuerdos de infancia y juventud galdenses), triquiñuelas, desesperados intentos de tergiversar la verdad sobre Irak.

Nunca llegó el PP a aceptar la victoria ajena. Tras ella no hubo rigurosas reflexiones, desapasionados análisis de por qué un gran sector del pueblo se lanzó a votar a pesar de tradiciones abstencionistas, de por qué el 8% (incluso del PP) cambió su sentido del voto. Y echaron la culpa al mismo pueblo que les había dado la mayoría absoluta cuatro años antes («¿Qué se puede esperar de una masa ignorante?», me comentó un activo dirigente lagunero).

Y cerraron filas en torno a radicales posicionamientos ideológicos; se entregaron a medievales fundamentalismos y mantuvieron hacia el líder derrotado apasionadas fidelidades, irracionales lealtades más propias de regímenes totalitarios y caudillajes por la gracia de Dios que por la razón de las razones. Por eso no hubo moderaciones o manos tendidas en temas de Estado a quienes empezaron a gobernar.

Y así les fue también a lo largo y ancho de la siguiente convocatoria: ni supieron ni pudieron recuperar la confianza de una ciudadanía harta de agresividades verbales, férreos posicionamientos, insultos, de no porque no sin explicaciones; incluso hasta de odios personales, desprecios, insolencias, desaires, prepotencias, encerrados en falsos halagos y hábiles usos de otros, quienes les impidieron ver que el mundo es ancho y ajeno, la amplitud de los pensamientos...

Se echaron a la calle entre cánticos místicos y principescas capas cardenalicias. Estas los usaron para sus intereses de Cruzada y prerrogativas, para inquisitoriar pensamientos, ideas, educaciones para la ciudadanía; para ir contra el Gobierno, para condenar a la Ciencia, para prohibir las libres decisiones de ciudadanos libres cuyo satánico delito fue la pretensión de ser dueños de sus cuerpos, desean amar y sublimarse en estabilidad emocional, quieren rehacer vidas...

La llegada del señor Feijóo a la presidencia del PP (2022) auguraba frescos aires renovadores. Tras la aparente derrota de los radicales de derechas -hoy, ¡ironías!, otra vez su derechísima mano-, descubrieron por fin que generalísimos y rigores del siglo anterior no son de este. Por tanto, el señor Feijóo forzó salidas e impidió continuidades, llamó a gente nueva, conservadora pero gente del siglo XXI… hasta el descubrimiento de su calvario: o se deja gobernar por los ultras caseros y hermanastros o lo ponen de patitas en la calle como al señor Casado, ya divorciado ppolíticamente.

Las circunstancias actuales benefician al PP. Y por más que vuelve a las marrullerías incluso en Europa ha aprovechado la debilidad numérica del PSOE, sus contradicciones y concesiones, rehén de la interesada política de Junts a quien España le importa dos carajos. Y si un día lo decide el pueblo, los populares gobernarán… (Por cierto: ¿mérito propio o quizás por el principio de acción-reacción de las urnas tras curiosas consideraciones psocialistas como, por ejemplo, el novedosísimo «terrorismo amnistiable»? Porque el Diccionario es claro: terrorismo es 'Dominación por el terror'; 'Acto de violencia para infundir terror'; 'Actuación criminal de bandas organizadas [...]'. Pero no lo son las manifestaciones callejeras exigiendo independencia. Muy al contrario: estas son un derecho constitucional. Entonces, ¿a qué supuesto terrorismo se refiere?)

El PP lleva ya doscientos diez días de soledad en el Congreso. O logra mayoría absoluta en futuras elecciones o deberá seguir impuestos caminos (parece que tampoco le incomoda). Y sobre la cabeza del señor Feijóo la alargada sombra de la señora Ayuso… a pesar de carencias, torpezas y marcadas limitaciones. (¿Recuperará algún día el PP su espacio ideológico de sereno centroderecha? ¿Vana ilusión?)

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