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La ciudad mora de Granada
Voces, palabras

La ciudad mora de Granada

Nicolás Guerra Aguiar

Las Palmas de Gran Canaria

Viernes, 15 de marzo 2024, 23:16

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Si tuviéramos que visitar una sola ciudad en España, esa debería ser Granada». Tal sentenció con acertada precisión Ernest Hemingway, escritor y periodista norteamericano autor de 'Por quién doblan las campanas', novela cuyo protagonista es un profesor yanqui voluntario de las Brigadas Internacionales durante la Guerra Civil española para la defensa de la legalidad republicana.

Corría el último cuarto del siglo anterior cuando descubrí Granada y, desde el primer día, «Graná» pasó a formar parte de mis personales sentimientos (¡y eso que hacía un calor del carajoparriba!). Ardía agosto, el mes en el cual a veces los cielos granaínos son más rojos que azules, rojo de fuego a la manera de nuestro paisano Néstor Martín Fernández de la Torre en 'La Tarde', cuadro de la serie 'Poema del Atlántico'. Autor, por cierto, acaso marginado por el Ayuntamiento capitalino con el permanente cierre de su museo -años ha- sito en el Pueblo Canario. Y bien hace el grupo de gobierno de Las Palmas de Gran Canaria, conjunción PSOE, Nueva Canarias y Unidas Sí Podemos: lo único importante, lo que importa, es el llamado 'Carnaval Universal', ¡qué carajo! (Después de diez años cerrado, ¿será creíble que Ayuntamiento y Cabildo emprenderán su rehabilitación tal como acaban de pregonar? A fin de cuentas, PSOE, USP y NC llevan algunos años en el poder...)

Granada es una ciudad que embriaga. Pero no con el significado de emborrachar o el canarismo enchispar, sino inserta en el otro, el de la tercera acepción del Diccionario: «Enajenar o transportar a alguien». Pues el verbo enajenar, estimado lector, a su vez puede ser interpretado también como extasiar, embelesar, producir asombro o admiración. Y así es: «Dale limosna, mujer, / pues no hay en la vida nada / como la pena de ser / ciego en Granada», versos del mejicano Francisco de Icaza incluidos en un poema publicado en 1922 y localizados en la Alhambra, entre las torres bermejas.

Embelesa, sí. No obstante, nunca como transgresión de las leyes o vicio, significado este próximo según la máxima autoridad de nuestro manantial léxico. Graná arrebata o cautiva los sentidos sin necesidad de petardos, porrillos, porretes, María Juana, marijuanas, hierbas, Marías o canutos a la manera española. Ni tan siquiera con las denominaciones americanas de bazuca, cacho, pito, puro, flay, faso…

Por tal razón, me explicaba años ha el yerbero de uno de los tantos puestos callejeros de especias o comercios bajo techo, las pequeñísimas cantidades de cánnabis en el combinado de la foto son eso, simples añadidos a otros elementos naturales (naranja, flor de Jamaica, enebro…) pues la marihuana medicinal está recomendada para problemas articulatorios, epilepsias, esclerosis, dolores crónicos, alteraciones nerviosas… (Lo ratifica medlineplus.gov.)

Pero no se trata de algo novedoso en Granada, incluso ni tan siquiera en otras provincias andaluzas. El cánnabis (como recurso médico) llegó a Al-Ándalus desde muchos siglos atrás con la conquista de las tierras peninsulares por los árabes (España, como nación, no existía). ¿Cuánto tiempo, pues, ha pasado desde su arribada?

Si el desembarco de los norteños africanos comenzó allá por el año 711 (para otros historiadores, 718), echemos cuentas. Los conquistadores llegaron para quedarse. Caminaron también hacia el interior, hasta el oeste, e incluso traspasaron la misma imaginaria frontera con Galia, actual Francia. Así, su intento de penetración en tierras galas fue recogido (con muchísima fantasía) por la Chanson de Roland, poema épico o cantar de gesta medieval francés del siglo XI: los «sarracenos musulmanes» son derrotados.

Pero el tema del cánnabis como recurso sanitario es simple anécdota aunque, eso sí, su venta junto a especias me llamó la atención décadas atrás. No obstante formó parte de la medicina árabe, extraordinariamente desarrollada para la época. Valga un solo ejemplo desde lo lingüístico: el término español alcohol proviene del árabe hispano al-kuḥúl, «a base de polvos de galena o de antimonio». Y en la historia médica el cordobés Abulcasim Jalaf ben Abbás el Zahrani-Abulcasis o Abulcasim, nacido en Zahara -936- es incluido en el estudio 'La medicina árabe española' como perteneciente «al grupo de los grandes médicos bienhechores de la Humanidad y la mayor autoridad quirúrgica de la medicina árabe». Así pues, la infusión de cánnabis (más otros elementos) a la venta en calle pública andaluza no debe sorprender: pasa ya de los mil trescientos años.

Granada es más, mucho más. Las calles siguen rigurosamente limpias, lavadas y fregadas. Cuando camino por ellas -desde la del alba al atardecer- continúan pareciendo como recién salidas de Sierra Nevada bajo los rayos solares, tal es su brillo. Cualquier rincón, incluso en zonas de contenedores, parece mimado, enmadrado. Y uno, quizás por instinto y cierta envidia, mira detenidamente, compara con calles de nuestra ciudad, la capitalina de la provincia oriental.

Y echa de menos el supuesto interés municipal, la preocupación de quienes fueron elegidos en las urnas no ya para representar a los ciudadanos sino, y sobre todo, para mantener una ciudad en la cual vivir sin necesidad de cambiar de dirección cuando uno se acerca a malolientes lugares cargados de basura en el suelo y contenedores que rebosan como la mar en las mareas del Pino. (Granada tiene sus excepciones, claro. Ciertos barrios construidos plaza de toros arriba -y en cuyos bloques cuelga la ropa por las fachadas- son el contraste, la constatación de que en ellos subsiste la clase proletaria, la eterna desprotegida...)

Granada es también tierra de pequeños rincones esquinados a la manera de la camella majorera en algún soneto unamuniano («...la esquinuda / camella rumia allí la aulaga ruda»). Espacios cargados de sensaciones donde las fuentes paren vida con chorros de agua a veces cantarinos, otras acompañados de cítaras a la manera del mundo clásico heleno: durante ciertos anocheceres suenan como sonidos de laúdes y darbukas, tambores en forma de copa...

Porque los árabes estudiaron en profundidad la filosofía de la antigua Grecia, y aprendieron que Tales de Mileto había considerado al agua como principio de todas las cosas. Y ellos, los establecidos en Granada desde el siglo VIII, llevaron agua desde Sierra Nevada hasta la urbe para baños públicos, privados, la misma Alhambra [Aljámbra], lavaderos públicos… en plena Edad Media. (¡Y hay quienes los llamaron «salvajes musulmanes»!)

Tiempo atrás escuché decir en la plaza de Bib-Rambla o Bibarrambla que una noche de nieves «La luna vino a la fragua / con su polisón de nardos», las lorquianas flores de blanca pureza y poderosa fragancia más perennes que la corta vida del poeta, segada por la miseria de paisanos granaínos con el tiro en la nuca para matar, también en vano intento, sus inmortales palabras... No sabían, por plomizos cerebros, que la poesía nunca muere: como la materia, ni se crea ni se destruye, solamente se transforma (Lavoisier, siglo XVIII).

Sí, este marzo se reprodujo en mí «un vago temblor de estrellas» mientras la luna de Federico García Lorca buscaba saciar su sed…

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