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«Arbolé, arbolé / seco y verdé»
Voces, palabras

«Arbolé, arbolé / seco y verdé»

El naranjero, ¡oh sorpresa!, muestra sus copas cargadas del tentador fruto amarillo, salteado color «de tonos luminosos y cálidos vinculado con el sol, la alegría, el optimismo», según la teoría del color

Nicolás Guerra Aguiar

Las Palmas de Gran Canaria

Viernes, 22 de marzo 2024, 22:55

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Mientras la niña del bello rostro recoge aceitunas y el viento la prende por la cintura, junto a ella pasan varios personajes. Estos la invitan por dos veces a Granada y una a Sevilla. Se trata, respectivamente, de cuatro jinetes «con largas capas oscuras», un joven que llevaba «rosas y mirtos de luna» y tres torerillos «con trajes color naranja». Pero la niña no los escucha y sigue en el trabajo «con el brazo gris del viento / ceñido por la cintura».

Este brevísimo resumen se refiere al poema lorquiano 'Arbolé, arbolé' ('Canciones', 1921–1924), cuyos dos primeros versos corresponden al título del artículo. La composición está cargada de símbolos, es decir, el significado poético de algunas palabras casi nada tiene que ver con la definición del diccionario. Así, la paloma blanca, por ejemplo, es símbolo de la paz. Pero no hay nada en común que las relacione (paloma blanca – paz) salvo un acuerdo socialmente establecido y aceptado. Se trata, pues, de un complejo recurso a veces muy difícil de adivinar.

Por tanto, estimado lector, ¿cuál es la intencionalidad del poeta con «el brazo gris del viento»? Pues, desde mi punto de vista y experiencia aularia (no rigurosamente certera, por supuesto), podría referirse a su pareja, al hombre cuya fuerza la protege ante los requiebros sensuales de los restantes personajes. (Es el primer cuarto del siglo XX; es la Andalucía rural, tengámoslo en cuenta ante el aparente comportamiento machista. Como cuando Antonio Machado escribe «Y amé cuanto ellas [las mujeres] puedan tener de hospitalario», poema 'Retrato').

De la misma manera «arbolé» es el árbol, el olivo. ¿Por qué «seco»? Quizás ya lo han vareado o sacudido y todas las aceitunas están en el suelo, las ramas ya no tienen fruto. ¿Y «verdé»? En la poesía relacionada con el campo, «verde» es sinónimo de vida. Así, el árbol está seco en momentos, pero en primavera comienza a recuperar el color de la vida.

Las consideraciones literarias anteriores, sin embargo, no son lo más importante ahora. El poema de Federico García Lorca me vino de inmediato a la memoria cuando por dos muy próximas calles granaínas (una desemboca en la otra) descubrí el grandísimo contraste entre un árbol y otro, entre el naranjero (verde y con frutos amarillos) y el gingko biloba (derecha de la imagen fotográfica obtenida a principios de este mes), árbol oriental que alterna el castaño con el amarillo, fascinantes colores antes del otoño. Contemplado con detenimiento, el gingko biloba cautiva el sentido de la vista, extasía y fuerza, a veces, a la incredulidad: ¿espejismo o recreación cromática de la naturaleza?

Paralelamente, esta combinación no es exclusiva de la naturaleza, pero sí se fijaron en ella muchos pintores. Así por ejemplo, y sin relación alguna entre el árbol y el artista, lo vemos en 'Los ídolos guanches', óleo sobre tabla del paisano galdense Antonio Padrón, cuya obra estudio en el libro a él dedicado por la Viceconsejería de Cultura y Deportes -1994- del Gobierno de Canarias.

Sí, en efecto: volviendo a la foto, árbol seco y árbol verde. El primero (gingko biloba) solo enseña sus descarnados brazos desprovistos de toda aparente vida. A primera vista delgadísimos miembros se elevan hacia los cielos por ver si, en milagroso momento, alguna poción mágica riega su estructura ósea y sus raíces inmersas en las profundidades. Pero, ¿muerto de verdad? No, en absoluto.

Mirado a muy corta distancia desde la balconada enseña -aún con timidez- muy pequeños brotes (multiplicados por todo él) dadores de futura e inmediata vida, energía, capacidad de recuperación para, poco después, abrir sus compuertas y dejar que las hojas fructifiquen y embellezcan hasta el éxtasis con su intenso cromatismo. No obstante, el contraste perpleja: a solo veinte/treinta metros de distancia aparece el segundo árbol, verde radiante dorado por la fruta.

El naranjero, ¡oh sorpresa!, muestra sus copas cargadas del tentador fruto amarillo, salteado color «de tonos luminosos y cálidos vinculado con el sol, la alegría, el optimismo» según la teoría del color. Sin embargo, el pasado día 8 era, cronológicamente, invierno, y la ciudad granadina llevaba veinticuatro horas recibiendo con alegría la lluvia, serena y esperanzadora… No obstante, semanas antes las temperaturas fueron casi veraniegas, inaudito en 'Graná'. ¿Entonces? (Quizás, como en los versos de Antonio Machado -poema 'A un olmo seco'- se trate de otro «milagro de la primavera».)

Pero Granada es más, mucho más. Como evoca un lector de CANARIAS7 sobre mi artículo del pasado sábado también dedicado a 'Graná' («Pero las noches frescas de Granada, iluminadas con luz de luna; y jardines con olores a jazmines y rosas, con rumores de agua de sus fuentes…»), es cierto que desde el Ayuntamiento siempre hubo y sigue habiendo especialísima atención a fuentes, plazas, ornamentaciones de calles, sobre todo en verano.

Por solo citar algunas de las primeras, valgan la plaza de Mariana Pineda (limítrofe con la celebérrima churrería 'Fútbol'), la fuente del Paseo de los Tristes (orilleado por el Darro), las de Plaza Nueva, de los Campos, Bib-Rambla o Bibarrambla... Y flores, multiplicidad de ellas (lirios, melias, celindos, jazmines amarillos, jazmines comunes...) cargadas de delicados olores que invaden calles, rincones, conventos, monasterios…

Pero no toda 'Graná' es así, como tampoco todas sus calles muestran inmaculada fachada, pulcra y rigurosa limpieza callejera. Hay viviendas proletarias cuyos frontispicios aparecen 'engalanados' con ropa recién lavada a la búsqueda de algún rayo solar para su secado, tan mínimo debe de ser el habitáculo llamado «vivienda social» por los organismos oficiales. Es decir, un bloque tras otro y tras otro sin un elemental detalle a fin de que la vista del forastero pueda identificarlos como parte integrada en la misma ciudad granaína…

No, ni fuentes como las del casco viejo y aledaños, las ya nombradas y otras. Ni tan siquiera fuentecillas, fontanas, grifos o caños para elevar el «líquido elemento» (como diría el cursi de turno) a mínimos imprescindibles y también llevarles a sus pobladores «el suave susurro», acompasamiento rítmico para soledades. Por no llegar a ellos, ni tan siquiera el relajante olor al jazmín granaíno, tan dominante en las noches, se aproxima a estos barrios en cuyas guaguas (una de ellas, la línea N6) se hace patente la marcadísima desigualdad social...

(Por cierto: ¿puede Las Palmas de Gran Canaria mostrar en sus fuentes y jardines, calles y alamedas, algo medianamente parecido a la belleza floral granaína o a los esfuerzos de Santa Cruz de Tenerife por habilitar cualquier rincón -en el centro, eso sí- y ajardinar? No hay más que bajar del coche oficial y echarse a hacer caminos...)

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