El mundo de Sofía

Saber pensar, discernir entre el bien y el mal y la capacidad crítica, como habilidad, debe estar presente en el currículo de la Enseñanza Media y el Bachillerato

Tribuna Libre
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Estuvo en la lista de los libros más vendidos que los padres regalaban a sus hijos adolescentes con motivo de su cumpleaños o Navidades. 'El mundo de Sofía', del escritor noruego Erik Gustavson, cuenta como una adolescente de 15 de años descubre la Filosofía a través de unas misivas diarias que se encontraba en el buzón de su casa. La asignatura de Filosofía ha pasado por diferentes avatares, incomprensiones y laminaciones del Bachillerato como las que perpetraron los asesores de un ministro del gobierno del Partido Popular, por cuyo pago de favores y compromisos, el presidente lo mandó a un destino dorado, de puerta giratoria, con un cargo ad hoc con vivienda, secretaria y chófer, costeado con el erario público, en un piso de lujo en el centro de París. Ni los diferentes gobiernos de la Dictadura se atrevieron a tamaño disparate que siempre fue asignatura troncal en el Bachillerato. Y que, «entre col y col lechuga», hubo profesores que buscaban un resquicio para hablar de pensadores condenados o no autorizados por el Régimen. Como lo fueron las lenguas clásicas que ahora también parece que otro gobierno estatal con la vitola de progresista quiere condenar a ser materia optativa en el currículo del Bachillerato. De esta manera obras cumbres de la Literatura, como la Odisea o La Ilíada, escritas en griego clásico, están a punto de finiquitar su recorrido en las escuelas e institutos. Los profesores de griego han elevado su mas enérgica protesta a la que deberían sumarse los colectivos de enseñanza de la Filosofía, las Artes o la Música. Y es que el latín y el griego son lenguas madres cuya influencia perdura hasta hoy. Se les ha tildado como lenguas muertas porque no son el inglés del comercio mundial, el cosmopolitismo, el turismo y la traducción simultánea de los parlamentos y la ONU donde se deciden presupuestos y se condenan invasiones o golpes de Estado que maldito caso que se les hace. Pero son lenguas vivas por cuanto las diversas formas lingüísticas con las que se entienden millones de personas que viven en el continente europeo y americano proceden del románico. Y el habla, acento de variadas regiones, connotan comunicación, emociones y pensamiento. Como la Filosofía cuya conmemoración anual nos da (nunca mejor dicho) mucho que pensar. Los gobernantes liberales y enciclopedistas del siglo XVIII mandaron que los frontis de las bibliotecas de París se rotularan con la frase «sapere aude», atrévete a pensar. Un antídoto contra las cavernas de entonces, las autoridades eclesiásticas, la brujería y el esoterismo que, en pleno siglo XXI, permanece incólume en ciertos idearios, prácticas y las redes sociales. Esta idea ilustrada se extendió por el mundo latino llegando a contagiar monarquías como la brasileña donde el rey Pedro I que, entre otros adelantos, trajo a Brasil y al continente sudamericano la imprenta. Representantes de este pensamiento progresista los tenemos en España como Jovellanos y en Canarias Viera y Clavijo, Verdugo o Agustín de Betancourt. Ilustrados y eruditos pensadores, todos, que abarcaron el mundo de las Letras, la Medicina, la Astronomía, la Botánica o la Medicina. Del «atrévete a pensar» nace una derivación pedagógica aplicada a las escuelas: educar en el llamado pensamiento divergente, creativo que, en especial en niños, adolescentes y jóvenes, ayudan a no tener miedo a lo desconocido y a ejercer un raciocinio propio, ser críticos consigo mismo, la autoridad y el mundo. Contra esta forma de pensar y enseñar contraatacaron poderes fácticos y pensadores de antes y de ahora. Sin remontarnos demasiado en el tiempo, pocos periodos de la historia han existido que hayan combatido más la libertad de pensamiento como el siglo XX. Las execrables dictaduras de la Alemania nazi, las infamias del nuevo zar rojo, Stalin, la de España «una, grande y libre», del general Franco o las más recientes en distintos países del centro y sur de Sudamérica, se han significado por pregonar el célebre grito de un general fascista español «vivan las cadenas, muera la Inteligencia», que se trasladó a los púlpitos con las preces del clero de la época: «líbranos Señor de la peligrosa manía de pensar». Ya antes lo había advertido Shakespeare cuando dijo: «Esa clase de hombres es peligrosa, piensa demasiado». Con un consejo aplicado a la gestión de la «cosa pública». Platón hablaba de que cada uno haga aquello para lo que está preparado y que la dirección del estado esté en manos de dirigentes formados en Filosofía. Cuando un labrador, pescador, artesano o empleado público o privado isleño habla, desde siempre, que tiene «su filosofía» se refiere a la manera de hacer las cosas y resolver asuntos de la vida diaria pero también de encarar y resolver problemas a su entender y sentir. En eso consiste la Filosofía, no solo en saber pensar para, por ejemplo, decidir o discernir entre el bien y el mal. También apela a las emociones. Del «pienso, luego existo» de Descartes se pasa al «siento, luego existo» de Rousseau y más tarde de Schopenhauer para el que lo esencial en el ser humano no es pensar en abstracto sino desear, querer. Y es lo que transmite un profesor a sus alumnos. Sus pensamientos, sentires e ideario educativo. Que debe guiarse por lo que el filosofo Spinoza llama la comprensión de leyes universales, el cosmos, sin apelaciones patrioteras, la defensa de la dignidad humana y la «democracia que favorezca la libertad de conciencia y pensamiento, la tolerancia y la república frente al cualquier forma de opresión o tiranía» afirma el filósofo caracterizado por el optimismo y la sabiduría que no «sea una meditación de la muerte, sino de la vida». Y no estaría mal que se transmitiera a alumnos, cuya maduración cerebral todavía no ha concluido del todo, mensajes de cierto escepticismo y capacidad crítica presente en la corriente cínica de los filósofos griegos. Que la virtud está en los hechos no en las ampulosas palabras y lo que se cuenta del Diógenes de Sinope, del que se tomó, por su forma de vida, el nombre de un trastorno mental y que se dedicaba a caminar por las calles de Atenas, con un comportamiento que hoy seria el de un esquizofrénico, con una linterna en la mano en busca de un hombre sabio y virtuoso. Que se les enseñe, como escribió Aristóteles, a admirarse ante lo nuevo, primer paso para conocer las cosas y el mundo. Luego lo tomó el existencialista Nietzsche que aconseja contemplar lo cotidiano con admiración y asombro. Esto no lo transmite el último modelo de smarphone que cualquier alumno lleva en su mochila al instituto. Se transmite a través de la lectura comprensiva y la formación en habilidades presentes en todas las materias de cualquier currículo. Y que empezó, hace siglos, en el origen de nuestra civilización donde los maestros enseñaban a pensar, en el ágora o entre olivares mientras degustaban lascas de pan, mojadas en el mejor aceite virgen y sal picada del Mediterráneo.