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Magia, nombres y parques Arqueológicos (inexistentes)

Magia, nombres y parques Arqueológicos (inexistentes)

Un parque arqueológico conlleva protección y conservación, pero también difusión y divulgación activa de los valores que reúne, y para ello se debe realizar investigación, ya sea arqueológica y/o pedagógica

Marco Moreno

Gerente de Tibicena

Domingo, 17 de diciembre 2023, 23:07

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Hace más de cincuenta años Úrsula k. Le Guin publicó la primera novela del ciclo de 'Terramar'. Un mundo formado por un enorme archipiélago de islas donde los humanos convivían con dragones y la magia inundaba toda su realidad. Aquella magia se fundamentaba en el conocimiento exacto de la denominación original de las cosas, de tal forma que la comprensión del nombre inicial de las cosas significaba poder dominarlas.

Y algo similar deberíamos intentar nosotros, tal como hizo Gavilán (su nombre real lo tendrán que descubrir en la novela), el protagonista de los cuentos de 'Terramar', en conocer nuestra realidad, en este caso sobre la gestión arqueológica y los parques arqueológicos, y la importancia real de llamar a las cosas por su nombre. No pretendemos realizar un análisis hermenéutico ni etimológico ni tan siquiera semiótico de su significado de los Parques Arqueológicos. Ya otros lo hicieron antes que nosotros y de mejor manera, destacando las aportaciones de Celso Martín de Guzmán, para que este término fuera normalizado. En ese momento inicial el término Parque Arqueológico aún no estaba escondido, su significado era íntegro, no hacía falta ningún tipo de magia para reconocer y entender a qué se refería. Sin embargo, en estos últimos años, el significante se ha deteriorado, recurriendo a aquel para referirse a multitud de formas y sistemas de gestión que poco o nada tienen que ver con lo que se definió por aquel entonces como parque arqueológico.

La llegada de las competencias a las islas sobre Cultura y Patrimonio Histórico significó el inicio de una preocupación: qué hacer con los yacimientos arqueológicos. Empiezan a proponerse la protección y la difusión de los valores de lugares considerados prioritarios. Cada isla organizó sus prioridades. Y aquí apareció la figura del Parque Arqueológico. Rápidamente Gran Canaria tomó la delantera, con los trabajos realizados en Cueva Pintada, de la mano de Celso Martín de Guzmán, con su idea de transformar el lugar en un Parque Arqueológico en una fecha tan temprana que ni siquiera en la Ley de Patrimonio histórico estatal de 1985 existía tal concepto. Habrá que esperar a la Ley Canaria de Patrimonio Histórico de 1999 cuando por primera vez se haga referencia a esta figura jurídica de protección y gestión de espacios arqueológicos, renovándose luego en la Ley de Patrimonio Cultural de 2019. Ya a finales de los noventa cada isla intenta, por sí misma o en programas de colaboración con el Gobierno de Canarias tener sus Parques Arqueológicos o Centros de Interpretación vinculados a yacimientos importantes. Así, en Gran Canaria en 1993 se proponía la creación del Parque Arqueológico del Bentayga, asimilando esta figura a la de un ecomuseo. Esta idea se reincorpora a la más que ambiciosa propuesta del Cabildo en 1997 donde se anuncia la creación de once parques arqueológicos ¡Once Parques Arqueológicos! Los mismos yacimientos se propone años después (2003) la creación de la Red Insular de Parques Arqueológicos y etnográficos, al menos sobre el papel. Iniciándose eso sí, diversos proyectos y acciones con la idea de vincular al turismo diferentes yacimientos arqueológicos, destacando el vector formado por el Cenobio de Valerón-Cueva Pintada de Gáldar y Maipés de Agaete, formando lo que se dio a llamar Parqueológica Norte. Sobre estas mismas fechas se dan otras iniciativas insulares, así en Lanzarote se recogen referencias para Zonzamas (Teguise) ya en 1991 en la apertura de un museo de sitio en ese año, retomándose tal idea en 1996, pero habrá que esperar al año 2003 cuando se empiecen las obras de adecuación, quedando paralizadas, hasta la fecha, a pesar del anuncio, relativamente cercano (en febrero de este año) de su reactivación. En Fuerteventura, destacamos el yacimiento de La Atalayita (Antigua), proponiéndose su apertura en el año de 1993. En La Palma en 1998 abre la Zarza y la Zarcita (Garafía). Hay que esperar para que se inaugure en el año 2006 el Museo y Parque Cueva Pintada de Gáldar, el Julan y su Centro de Interpretación en el año 2008, o el Parque Arqueológico del Maipés, en Agaete, se inaugura doblemente (2011 y 2013), mientras que la Necrópolis de Arteara (San Bartolomé de Tirajana) y Cañada de los Gatos (Mogán) se abren al público en el 2014. Cierra el círculo, al menos de momento para Gran Canaria, el Centro de Interpretación de La Fortaleza (Santa Lucía de Tirajana) abriendo sus puertas en el año 2015.

¿A dónde queremos llegar con todo esto? ¿Dónde está la magia o truco si se quiere? Es sencillo. Bajo la denominación oficial u oficiosa de Parque Arqueológico se han refugiado diversas formas y maneras de gestionar espacios arqueológicos. Y todos tienen en común una cosa: ninguno de ellos está constituido como Parque Arqueológico. Así, ni uno solo de las zonas arqueológicas protegidas como BIC y que incluso disponen de ciertas infraestructuras para su protección y disfrute está jurídicamente configurado tal y como se establece en la propia Ley de Patrimonio desde 1999 o la de 2019. Pero no es solamente que no tengan un reconocimiento legal, sino porque desde nuestra óptica un Parque Arqueológico debe ser mucho más de lo que se ha propuesto hasta ahora. Quizás, pueda parecer un tema baladí, denominar como Parque Arqueológico algo que no lo es. Pero al igual que en el mundo de 'Terramar' conocer el nombre de una planta o un animal nos confería cierta influencia sobre aquella, denominar de forma equivocada a unos espacios por otros, genera la falsa sensación de haber cumplido correctamente con lo convenido, cuando en realidad, estamos presentando una idea devaluada de lo que sería un parque arqueológico real. Le estamos diciendo a la ciudanía que lo realizado era lo mejor que se podría realizar. Se confunde, pues, la existencia de yacimientos vallados, algunos de ellos con ciertas infraestructuras que nos invitan a pensar que Canarias dispone de un gran número de parques arqueológicos. Cuando la realidad es otra.

Ni tan siquiera el Museo y Parque Cueva Pintada escapa a esta realidad. Si bien no está conformado oficialmente como Parque Arqueológico, de facto, funciona como tal. Ningún otro espacio arqueológico en Canarias tiene la dotación presupuestaria ni humana que dispone el espacio galdense. Y quizás, aquí viene cuando descubrimos el truco, que no la magia, es que se nos mostraron estos espacios como elementos que funcionarían perfectamente de cara al turismo, lo que los haría perfectamente sostenibles e incluso tan rentables, que los Parques mayores permitirían mantener a otros más modestos. La realidad es otra totalmente diferente. El régimen de espacios arqueológicos públicos empieza a dar muestras, desde nuestra perspectiva, de cansancio. Si bien es cierto que este sistema generado tiempo atrás por el Cabildo de Gran Canaria a partir de las múltiples inversiones (investigación, conservación e infraestructuras), en colaboración con los Ayuntamientos, ha sido ampliamente reconocido, en la actualidad la gestión municipal se demuestra como deficiente, a pesar de las distintas subvenciones que el Cabildo de Gran Canaria provee a las diferentes municipios con yacimientos visitables, utilizadas para su mantenimiento, mejora y dinamización. En definitiva, basta con comparar lo que se presuponía que iban a significar tales espacios y lo que realmente generan y realizan. Y es que la propia configuración de la gestión de estos espacios y la forma en que se ha externalizado en ningún momento favorecen su supervivencia. Muchos de estos centros quedaron a la deriva tras su apertura, sin que existiera un programa de trabajo o un objetivo a medio largo plazo, más allá de su apertura, y mucho menos, cualquier ejercicio de coordinación de estos centros en sus respectivos municipios.

De hecho, algunos centros cerraron tras su inauguración, por ser deficientes económicamente, ahí tenemos el ejemplo del Bentayga (que se reabrió años más tarde bajo otro régimen de gestión) o Arteara. Si revisamos los espacios arqueológicos abiertos, los modelos pueden diferir entre unos y otros, pero se aprecia que en su mayor parte, no están dotados de personal cualificado, sin una imbricación real en el sistema educacional y patrimonial municipal, y sin que existan proyectos de investigación a medio y largo plazo asociados a los mismos. Algunos de ellos, ni siquiera disponen de webs actualizadas donde se localizar materiales didácticos o recursos digitales para el aprovechamiento y/o profundización en el conocimiento del lugar.

Esta situación se intentó mejorar en Gran Canaria con la creación Red de Espacios Arqueológicos de Gran Canaria visitables, como la creada en el año 2014, y que con una campaña de publicidad en diferentes medios se dio a conocer los diferentes espacios arqueológicos en la web del Patronato de turismo de Gran Canaria bajo una imagen corporativa creada ex profeso. Sin embargo, no se ejecutaron más acciones que permitieran dar el sentido de red. Ni un programa de trabajo común, ni la homogeneización de precios, vestimenta o imagen corporativa, etc. Y esto es un problema cuando se quiere vender una imagen de unidad, de Patrimonio común.

Si es cierto que se han abierto procesos de reflexión regional sobre la situación de los Parques Arqueológicos. Así, en 2018, se celebra en La Palma el I Encuentro de Gestión de Parques Arqueológicos de Canarias, aprovechando el veinte aniversario de la apertura del yacimiento de La Zarza y la Zarcita como Parque Arqueológico (sic). En las conclusiones el Director General de Patrimonio Cultural de ese entonces, D. Miguel Ángel Clavijo, realiza un importante ejercicio de autocrítica sobre el papel de las administraciones en la situación de ese momento de los supuestos parques arqueológicos. Propone soluciones interesantes como la coordinación de los espacios arqueológicos visitables, así como reforzar la profesionalización en la gestión. Sin embargo, nada de eso se retomó en la siguiente legislatura, a pesar de realizarse un segundo encuentro esta vez en Lanzarote en el año 2021.

De forma reciente la Dirección General de Patrimonio Cultural del Gobierno de Canarias y el Cabildo de Tenerife han propuesto la creación de varios parques Arqueológicos en Tenerife, así como incorporar Rubicón a los futuros parques arqueológicos de Lanzarote. Quizás, sería un buen momento, pues, para mirar atrás y saber cuáles son realmente las necesidad, posibilidades y alcance de la gestión de estos espacios, y sobre todo que entendemos por Parques Arqueológicos, a la vista de lo diluido del propio concepto.

Nadie mejor que las administraciones insulares y regionales para organizar y animar a las administraciones gestoras, en el caso de Gran Canaria, casi todas municipales, que más allá de la apertura de un yacimiento arqueológico para la visita, se deben realizar trabajos de forma previa, y que luego, se deben continuar, pero sobre todo imbricar, aun siendo externalizados, a aquellos en las tareas socioculturales cotidianas. Un parque arqueológico conlleva protección y conservación, pero también difusión y divulgación activa de los valores que reúne, y para ello se debe realizar investigación, ya sea arqueológica y/o pedagógica. Abrir y esperar que entre el público no debe ser una opción. Y deben ser ante todo un vector de conocimiento histórico y patrimonial, así como un elemento de orgullo y de identidad de las comunidades en las que se inserta.

El Parque Arqueológico debería trabajar teniendo como premisa básica, el rendir cuentas a su entorno más inmediato, a la comunidad que a fin de cuentan es quien le da sentido. Educación y patrimonio deben ir de la mano, pero se necesitan recursos, la creación de economía se tiene que incorporar, pero no a cualquier precio. Los espacios deben estar vivos, y con ello no me refiero a simplemente abiertos, sino con una gestión que transforme esos lugares en puntos de encuentro y cohesión territorial. La creación de Parques Arqueológicos conformado y dotados jurídicamente garantiza que el modelo de gestión salve los posibles baches económicos que puedan enfrentar, evitando así que el motor de empuje dependa de las buenas intenciones de los equipos gestores, es decir, su institucionalización debería servir para consolidar y darviabilidad sociocultural al proyecto. Solo falta que alguien se decida a sentarse y pensar qué hacemos con estos espacios. La creación de una red de Parques Arqueológicos organizada y continuada en el tiempo, es decir, la organización de las dotaciones, con programas de gestión, educación e investigación concretos, pero complementarios sería el fin. Empezar con un diagnóstico de situación sería el primer paso.

Y con todo esto, se acabaría la magia.

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