Jaula y arco iris

Los posos de la tasa (turística)

20/10/2019

Algunos y algunas se atreven a predecir el futuro a través de los posos del café, esos sedimentos que, tras su consumo, quedan en el fondo de la taza. Pese a encontrarnos en un mundo con elevadas prestaciones tecnológicas y relevantes avances científicos, siguen teniendo un hueco importante entre buena parte de la humanidad creencias de todo tipo, sin sustento alguno, que probablemente sirven para cubrir las inseguridades y debilidades de la gente y, sobre todo, las incertidumbres ante el hecho inevitable de la muerte. Eso sí, si la cosa se pone fea, un problema grave de salud, por ejemplo, la inmensa mayoría recurre al profesional sanitario antes que a la religiosa plegaria, la promesa al venerado santo o el pago al curandero. Frivolidades las justas. Aunque últimamente crezcan los antivacunas y los que reniegan de la medicina oficial.

Pero no quería hablarles de una taza sino de una tasa, que no es lo mismo ni es igual, aunque en mi canaria pronunciación del español ambas palabras puedan resultar plenamente coincidentes. Me refiero a la tasa turística, o impuesto sobre las estancias en establecimientos turísticos, que se aplica desde hace tiempo en numerosos destinos vacacionales en el mundo. Y que en España solo está vigente, si no recuerdo mal, en Cataluña, desde hace casi una década, y en Baleares, de forma mucho más reciente (2016).

Su implantación en el archipiélago la llevaban como propuesta programática algunos de los partidos políticos que concurrieron a las elecciones autonómicas canarias del pasado mes de mayo. Y el estudio de su posible puesta en marcha futura forma parte de los compromisos planteados por el denominado pacto de las f lores que gobierna las Islas desde hace unos meses con el apoyo de cuatro formaciones parlamentarias.

«La reacción contraria a su implantación también se vivió en Cataluña y en Baleares. Con los mismos argumentos»

El debate se viene produciendo, de manera intermitente, con mayor o menor intensidad, desde hace varias legislaturas. Y pasó de ser reclamación minoritaria a un planteamiento asumido por cada vez mayores sectores sociales y políticos. Parece razonable que, si el turismo utiliza para su actividad económica nuestro territorio y nuestras infraestructuras, afecta a nuestro medio natural, consume agua y energía, genera elevados residuos, contribuye a la saturación de nuestras carreteras... todo esto tenga su compensación con una mínima contribución de quienes nos visitan. Como nos sucede cuando nos albergamos en un establecimiento hotelero en ciudades como Barcelona, Ámsterdam, Berlín o París.

Calamidades

Cada vez que ha surgido el debate sobre este asunto los empresarios en general y los hoteleros en particular han puesto el grito en el cielo y anunciado todo tipo de calamidades y maldiciones bíblicas, como si fueran predictores de ese apocalíptico futuro gracias a los posos del café servido en algunos establecimientos del sector. Posos que solo ven nubarrones, malas perspectivas, muy negativos resultados. Y que seguro, en su momento, previeron también la recuperación de los países del Mediterráneo que tantos turistas nos habían prestado por sus conflictos bélicos y convulsiones sociales. Que es lo que ha venido sucediendo en el período más reciente, como muchos, con o sin posos, advirtieron en los momentos de mayor euforia.

Ahora lo hacen, una vez más, aduciendo que tras la caída del turoperador Thomas Cook y las incertidumbres del brexit no es el momento más adecuado para imponer impuesto alguno al sector. Por más que la propia dinámica del mercado (hay demanda, luego aparece la oferta, las empresas no huyen del negocio) haya conducido a que más del 91% de las plazas aéreas desaparecidas con el hundimiento de la compañía se recuperen en un corto espacio de tiempo, según datos dados a conocer recientemente por la consejera de Turismo, Industria y Comercio del Gobierno de Canarias, Yaiza Castilla. Y por más que ellos no lo paguen, sino los turistas, como en tantas partes del mundo.

Disfunciones

El turismo es una de las actividades económicas más relevantes. Ha crecido mucho en las últimas décadas. Canarias es uno de los destinos más importantes del mundo. Y, como cualquier actividad económica, genera disfunciones, contaminación, así como problemas que pueden afectar a la convivencia, como hemos podido ver con la reacción ciudadana en distintas ciudades europeas ante el desborde de la actividad y sus efectos en la vida cotidiana. En lo que ocupa un lugar destacado Venecia, convertida desde hace tiempo en un parque temático en el que no hay lugar para sus residentes. Pero también la capital de los Países Bajos que intenta disminuir de forma significativa el impacto de la actividad turística. O Barcelona.

Una de sus más graves disfunciones, y no es responsabilidad del empresariado, es el crecimiento desordenado del alquiler vacacional, que está generando importantes problemas de acceso a la vivienda en diversas ciudades españolas y europeas. También en Canarias. Y que precisa de una regulación adecuada para que contribuya al bienestar global a través de los impuestos y para que no dispare el mercado del alquiler residencial, expulsando a los habitantes de sus barrios y modificando radicalmente la estructura de servicios de estos. Como ha sucedido, por ejemplo, en la Barceloneta.

Pero volvamos a la tasa y sus posos, que no pozos. La reacción contraria a su implantación también se vivió en Cataluña y en Baleares. Con los mismos argumentos: tendría efectos negativos sobre la llegada de turistas. Pero no fue así, como señalan distintos informes, la implantación de esta no ha retraído la llegada de turistas en ninguno de los dos destinos. El diario El País recoge las conclusiones de un artículo de Josep Andreu Casanovas, de la consultora Cegos y Jordi Suriñach, de la Universitat de Barcelona, publicado en la Revista Económica de Catalunya, en el que concluyen lo siguiente: «Del conjunto de estrategias empleadas, en todas ellas y para todas las variables consideradas, la conclusión es siempre la misma: no se ha podido demostrar que el impuesto turístico haya tenido un efecto negativo sobre la demanda turística en Cataluña». A similar conclusión llega, también, un informe sobre financiación local del Ministerio de Hacienda. Parece que el alarmismo no se encuentra en modo alguno bien fundamentado.

En Canarias se ha pospuesto su debate aprovechando el caso Thomas Cook. No es el momento, dicen, cuando las cosas no van bien. Y cuando las cosas van bien, muy bien o exageradamente bien, afirman que no es el momento porque puede desanimar la llegada de futuros visitantes. En definitiva, díganlo claro, nunca es el momento. Seguro que pretenden que la aplicación de la tasa turística caiga en un pozo. El del olvido, por ejemplo.