Psicografías

Los atlantes

20/10/2019
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Cuándo se terminan los abrazos, en qué momento dos personas que se amaban con locura se convierten en extrañas, cómo aparece el desamor para apagar las llamas de la pasión y de la admiración de dos enamoradas que no concebían el mundo sin estar juntas, sin compartir las confidencias cotidianas, toda esa vida diaria que solo importa a quienes se aman. De todo eso, y de las derrotas del alma, del estupor, de las migraciones y del paso del tiempo, de la madurez que nos encumbra y nos acobarda, escribe Nicolás Melini en El estupor de los atlantes.

Melini le da voz a una mujer que, de repente, deja de amar a otra mujer llamada Luz. Luz era como el faro de su vida, por eso no creo que el nombre fuera azaroso. Se aman en Aix Provence, delante de la montaña que pintó Cézzane tantas veces, cerca de donde murió Picasso, y donde ahora llegan inmigrantes que huyen de las guerras, del hambre y de la maldad de los seres humanos que se empeñan en dejar un planeta cada día menos habitable. Quien nos habla en la novela cuenta todo lo que va encontrando en su acontecer diario y en ese arcón siempre insondable de la memoria. Melini recurre a la belleza para contar el dolor y la derrota, a la sutileza y a la poesía del lenguaje, a la sintaxis que te detiene en una frase o en un planteamiento vital que te interroga, como si al leer fuéramos indagando en nuestra propia conciencia o acercándonos a los miedos que creemos que son siempre de los otros y que cuando se leen -por eso leer es tan importante- los hacemos nuestros y los entendemos, los comprendemos o los exorcizamos. «Uno puede elegir no enfadarse. Una siempre puede escoger la versión de los hechos que no la enfade». Y así es como va contando quien nos relata su vida y el desamor que atraviesa en esos momentos, sin ira, sin rencores, sin griteríos y sin lamentos. Se cuenta sabiendo que «el terreno perdido es irrecuperable» y confiando en que cambie la suerte al doblar la próxima esquina o al plantar su yurta en mitad de un bosque para poder seguir escribiendo todo el tiempo. «Leer literatura me permite conocer, no cualquier realidad, sino la realidad que importa, y también me convierte en una resistente».

Casi todo está en la literatura, en lo que se escribe mirando más allá del sujeto, del verbo y del predicado. Kafka decía que un libro debe ser como un hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros, y no todo lo que ahora tratan de vendernos juntando palabras o contando un argumento más o menos entretenido. Hay espacios de nuestros adentros a los que solo se puede llegar a través del arte, y llegas a ellos casi sin darte cuenta cuando alguien logra atravesar la epidermis, cuando una combinación de palabras se abre camino en medio de los pecios que quedaron varados en algún lugar remoto de nuestras propias entrañas.