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Tribuna libre

Mínimas pretensiones

Una y otra vez se adueñan del discurso público gentes movidas por impulsos viscerales

Lorenzo Silva

Las Palmas de Gran Canaria

Lunes, 29 de enero 2024, 23:04

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Vivimos tiempos de grandilocuencia. Una y otra vez salen a la palestra y se adueñan del discurso público gentes movidas por impulsos viscerales, preocupadas de hacer pasar las cosas por lo que no fueron o empeñadas en que tomemos por hazañas y logros sus acciones que nacen del apuro y de la improvisación. La vehemencia y la necesidad de maquillar una realidad menos luminosa de lo que se pretende empujan fatídicamente a abusar de palabras campanudas y altisonantes. En cambio, quien nada tiene que esconder, quien ha alcanzado en el camino de la vida la sabiduría que dan la experiencia, la observación y, por qué no decirlo, la resignación ante las insuficiencias de la existencia, puede renunciar a toda pretensión de grandeza, quitarse toda importancia y tomarse el desastre con sentido del humor.

Tiene uno esta sensación, terapéutica y reconfortante, al leer la última novela de Eduardo Mendoza, 'Tres enigmas para la Organización'. Con el pretexto de una disparatada trama, en la que no faltan muertes, desapariciones y absurdos enigmas, y de la mano de los patosos agentes de un improbable e inoperante servicio de inteligencia, lanza el autor barcelonés una mirada a la vez lúcida, amarga y compasiva sobre su ciudad, sobre el país en el que vivimos, sobre el mundo que nos ha tocado en suerte y, lo que es más significativo, sobre la condición humana que nos iguala a todos y se impone a las sobreactuadas diferencias en cuyo deslinde damos en desperdiciar tantas energías.

Así lo resume el jefe de la Organización: «Si uno ha sabido enriquecer su entendimiento con lecturas sustanciosas, viajes instructivos y serenas reflexiones, al final recibe la recompensa del sabio, que consiste en comprobar que todo lo aprendido es inútil, toda experiencia tardía y toda vida es de una vulgaridad sin paliativos». Se permite Mendoza poner en negro sobre blanco la verdad más cruda, sin dejar en ningún momento de resultar amable y de ofrecernos un consuelo, el de las cosas que se ven y se tocan: su Barcelona, destartalada y delirante, es más real y memorable que esas patrias que porfían en levantar otros, sobre la base de identidades ásperas y a menudo imaginarias.

La carcajada salpica una y otra vez la lectura, pero eso no impide que el magisterio de Mendoza nos zarandee con perlas que estallan como cargas de profundidad: «La administración no abandona un asunto, son los asuntos los que abandonan a la administración». Desde sus mínimas pretensiones, nos retrata, nos repara, nos trasciende. Como sólo saben los grandes.

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