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La soledad, el agujero negro del anciano

31/07/2019

Gaumet Florido

Cada vez es más habitual enterarse de casos de personas mayores que mueren solas en sus casas. Pero es más. Cada vez es menos raro que el resto del mundo tome conciencia de su ausencia días, semanas o incluso meses después de que hubiesen fallecido. Suena cruel, pero es literal: el vecindario se suele dar cuenta de que algo no va bien cuando empieza a oler mal. Este patrón se repite con personas mayores que arrastran trastornos mentales, o que llevan una vida solitaria, sin apenas relaciones o directamente con malas relaciones con sus vecinos. Y otra característica más o menos común es que se trata de hombres o mujeres sin familia o con parientes lejanos con los que, también suele ser habitual, tampoco se llevan bien o con los que no mantienen contacto.

Los mayores que viven solos acaban en el agujero negro de una administración que refugia su ineficacia en la burocracia

La pregunta que me hago es: ¿pudo haber hecho algo la administración pública? ¿hizo algo? ¿pudo haber hecho más? Es evidente que ni la legislación ni los recursos sanitarios ni sociales existentes tienen capacidad para dar respuesta a este nuevo drama social. Se les está yendo de las manos. O se han quedado cortos para la dimensión del problema que se nos viene encima o han dado muestras de una lentitud que las hace ineficaces, cuando no cómplices, con lo que está convirtiéndose en una laguna cruel de este cada vez más fallido Estado del Bienestar. ¿Basta con que un trabajador social visite de vez en cuando a la persona? Si esta se niega a ser atendida, la administración pública se da por cumplida y se lava las manos. ¿Pero acaba ahí su responsabilidad? ¿Y si está enferma y no lo reconoce?

En el caso de la mujer hallada muerta en Jinámar, los vecinos habían alertado varias veces de que su comportamiento no era normal. No se aseaba, su casa desprendía mucho mal olor, llena de basura, iba en silla de ruedas, pese a que podía caminar, soltaba comentarios poco adecuados a sus compañeros de bloque, y dormía muchas noches en el rellano. Los conductores de las guaguas se negaban a llevarla. Y los taxistas. ¿Seguro que estaba bien? Como prueba de que sabía lo que hacía, en el Ayuntamiento alegan que hizo ver a la trabajadora social que no podía entrar en su casa sin una orden judicial. ¿Pero, de verdad, responde este criterio a lo que debería ser un estudio serio del estado mental de una persona? Está claro que algo no funciona porque al final murió sola y sin la atención debida.

Es verdad que España cuenta desde 1999 con una ley de Atención y Protección a las Personas Mayores, pero es muy vaga. Demasiado. A la hora de la verdad, los mayores que viven solos acaban en el agujero negro de una administración que refugia su ineficacia en la burocracia y que solo reacciona cuando ya huelen mal. Con un menor estas cosas no pasan. Pues tampoco deberían con un mayor.