OPINIÓN

La pasión de las redes

Las redes sociales no pueden sustituir a los medios de comunicación. Son otra cosa. Y sin la presencia activa de los medios concurre la incivilización, la pobreza democrática y la política desbocada falta de cualquier control. Se debate con frecuencia, y con razón, sobre la crisis de los medios; una tormenta perfecta que ha combinado recesión económica y reconversión digital. Ninguna Facultad de periodismo estaba preparada para semejante atolladero cuando incluso los economistas no supieron predecir la Gran Recesión de 2008. Eso sí, los medios de comunicación siguen ostentado claves de poder en aras de interpretar la realidad y confeccionar la agenda política. Pensemos, por ejemplo, en el referéndum ilegal que hubo en Cataluña, fue La Sexta la que cubrió la jornada y, de ese modo, fue cincelando el análisis político de los acontecimientos. Es más, las esporádicas apariciones desde La Moncloa quedaron ninguneadas por el relato permanente realizado por La Sexta desde primera hora.

«Facebook, que tiene poco más de una década de existencia, es ahora cuando comienza a interiorizar que debe filtrar».

Las redes sociales tienen luces y sombras. Como si fuera las dos caras de la misma moneda, mediante los tuits o los comentarios en Facebook los internautas (guiados por la emoción que es lo más instantáneo que existe) son capaces de denostar al dirigente público de turno y al tiempo brindar fervorosos elogios cuando se conoce la muerte de la exministra Carme Chacón. En el espacio digital se encumbra y se derriba al galope, sin dejar espacios intermedios ni matices a preservar. Todo es blanco o negro. Toda una fatalidad para la democracia representativa. El asamblearismo de Facebook conduce a la anarquía.

Pero dejando a un lado los efectos sobre la democracia y el sistema de partidos que conlleva Internet y las redes sociales, lo más doloroso es observar cómo quedan impunes la descalificación personal, la inquina y el odio. Convirtiéndose el muro en una especie de patio de vecinos donde con afán verdulero se sentencia opiniones y actitudes ajenas. De ahí, que Donald Trump (como otros) no duden en aprovechar la repercusión de sus frases cortas aunque, por fortuna, a la larga el peso que tiene es el que es y una portada de periódico sigue dictando la mañana informativa.

Facebook, que tiene poco más de una década de existencia, es ahora cuando comienza a interiorizar que debe filtrar. Que la labor de separar lo verdadero de lo falso no es propia de las redes sociales y que usurpando esa tarea al periodismo solo cabe la propagación de la posverdad que es, a fin de cuentas, la mentira de toda la vida. Es normal que a un poderoso le fastidie, pero si no existieran emisoras de radio, canales de televisión y cabeceras, a la larga sería peor para los propios gobernantes. Llegaría la tiranía. La guillotina digital.