Papiroflexia

La orilla

08/02/2018

La realidad nos ha abofeteado de nuevo con la llegada en las últimas horas de otra patera con inmigrantes a Maspalomas. Las vallas son antitrepa, los muros se hacen más altos, los diques más largos, las plantillas de las fuerzas de seguridad se refuerzan, los acuerdos económicos con los vecinos para que impidan la entrada se aumentan, el nivel de exigencia de la Unión Europea para que las fronteras no se vulneren se extreman, la amenaza terrorista es una realidad, el del contagio de epidemias también, y todas las medidas, en general, se implementan.

Sin embargo siguen llegando inmigrantes, jugándose la vida en el viaje. La mayoría trataron de venir a Canarias o cruzar las fronteras saltando las verjas o embarcados en pateras, aunque su desesperación por prosperar los empujó a navegar hasta en balsas de juguete o simples flotadores.

«Porque para la mayoría, la patera es un ataúd flotante»

Hace falta trabajar en campañas de sensibilización para explicar a estas personas que no arriesguen sus vidas de ese modo. Sin embargo, es una quimera inculcarles la necesidad de venir aquí con toda la documentación en regla porque ni siquiera eso garantiza un trabajo asegurado digno. Arriesgar sus vidas en pateras puede ser la solución para algunos suertudos al año, pero no para África en su conjunto. Porque para la mayoría la patera es un ataúd flotante. Hace falta un trabajo de más compromiso, y organizarse para crear una África con esperanza.

Pero, con este panorama, que se repite día tras día, mejor que reeducar a los inmigrantes en sus lugares de origen desengañándoles sobre la falsa panacea prometida que les espera en el destino, tanto los países de la Unión Europea como los gobernantes africanos deben hacer frente a un drama cuya solución pasa por la cooperación internacional y la inversión en los países afectados por esta situación de extrema pobreza, evitando así la emigración masiva de sus habitantes. Y Canarias, por su identidad emigrante y frontera geográfica, puede hacer de mediador.

Ante esta situación, que hoy enfrento con dos realidades antagónicas en el dorado arenal de Maspalomas, está cada día más claro que ni la ingenuidad ni la temeridad, ni siquiera la compasión, es la solución. Mirar para otro lado tampoco. Sobre todo cuando llegan a nuestras costas, a los lugares donde veraneamos, y los supervivientes, solo los pocos que alcanzaron la orilla, nos ofrecen gafas de sol o bolsos de imitación para comer.