...y los gatos tocan el piano

La escuela y los cuidados

17/05/2020

Luisa del Rosario

La abrumadora dependencia de nuestro sistema productivo del trabajo que aporta el sector público y las familias se demuestra en estos tiempos de coronavirus, en el que alcanzar ratios apropiadas de producción depende de que seamos capaces de resolver la cuestión de dónde dejar a los hijos e hijas mientras trabajamos.

Hasta ahora, este era un problema casi exclusivamente familiar, motivo por el cual la educación de cero a tres años (tampoco el resto, para qué engañarnos) no ha sido nunca una prioridad ni para los poderes públicos ni para el sistema económico. Los unos se podían permitir el lujo de ahorrarse un dinero que, a su pobre juicio, estaba mejor empleado en fuegos artificiales a tutiplén, fundaciones a mayor gloria del señor culto aquel y romero-botellones mensuales. Y la educación tampoco ha sido la prioridad del sistema económico por la obviedad de que solo le interesa aprovechar las ventajas de un mercado laboral libre de menores.

Ahora que la situación ya no es tan sencilla de resolver, el sistema económico pone los ojos sobre el sistema educativo, pero ya ni tan siquiera, como hasta ayer, con el exclusivo objeto de adecuarlo al sistema productivo. Lo que ahora se echa de menos es la más prosaica función de los colegios de servir de aparcamientos para niños y niñas, de tal forma que sus progenitores puedan dedicarse en cuerpo y alma a producir bienes y servicios.

El problema no afecta solo a los menores, las personas mayores y las dependientes se han convertido, ahora y solo ahora, en un problema sistémico, pues los «aparcamientos» para quienes necesitan atención y cuidados constantes también están cerrados, y muchas trabajadoras (en femenino por generosa mayoría) tienen que cuidarlos en sus propias casas en horario laboral. Con tantas gente dedicadas ahora a los cuidados, falta mano de obra presencial para empujar hacia arriba el PIB.

Pero, lejos de poner la lupa sobre el propio sistema productivo y su dependencia del trabajo de las familias y del sector público, los ojos más interesados se dirigen a las consejerías de Educación y Derechos Sociales, como si estas, y no el dichoso virus, fueran las culpables de que permanezcan cerrados los colegios y los centros de día.

Se trata de un problema difícil de resolver. Y aún será más difícil si, en vez de debatir sobre las débiles bases sobre las que se asienta nuestro sistema económico, lo hacemos, como es la norma, culpando al vecino de enfrente.