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Lorenzo Olarte Cullen falleció en la noche del pasado viernes a los 91 años y a su derecha, José Antonio Baeza. C7
Se van, pero queda toda una época
Tribuna libre

Se van, pero queda toda una época

De cada uno de ellos podrían escribirse unas elocuentes y jugosas biografías, como se han escrito, desde noviembre para acá, muchísimas páginas periodísticas

Juan José Laforet

Las Palmas de Gran Canaria

Domingo, 4 de febrero 2024, 21:57

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No hace muchos días, el pasado 24 de enero, recordábamos y conmemorábamos al inolvidable poeta grancanario Saulo Torón, junto al mar de Las Canteras, con motivo del 50 Aniversario de su fallecimiento, que no de su partida, pues sus versos, como los de sus compañeros de generación Tomás Morales y Alonso Quesada, siguen componiendo la presencia viva de una época, de unas generaciones, que son parte ineludible de la identidad, del ser y sentir de la isla. Las páginas de los periódicos, en aquellos días de enero de 1974, se llenaron de Saulo Torón, de su vida y de su obra, de la 'Honda consternación que produjo en la ciudad la noticia, divulgada prontamente en la mañana, de ayer, del fallecimiento', de cómo «de la prueba de duelo en la ciudad fue testigo de excepción la Iglesia de Los Salesianos, totalmente llena de público, donde se dijo la misa de corpore insepulto por el hombre, excepcional escritor y sensible y entrañable figura de nuestra tierra», tal como hoy no sólo cincuenta años después, muchos más de aquella época dorada en la que escribía, compartía y recitaba versos, que eran pedazos del alma insular, con esos amigos y compañeros que trazaron toda una época irrepetible, sino ahora en un siglo muy diferente, en una sociedad que, a primera vista, nada tendría que ver con ellos y su legado literario, pero en la que están incrustados de forma fecunda e indeleble. Y es que, como señalaba Antonio de la Nuez Caballero, en aquel torrente periodístico de los días del adiós a Saulo, «Un confuso rumor de caracolas encantadas resuenan en mi oído al meditar sobre la muerte de un trozo humano de nuestra geografía. Porque llegar a formar parte de un paisaje espiritual no es tan fácil».

Y es en ese 'paisaje espiritual' donde se asientan las épocas y las generaciones que han sido verdaderamente trascendentes en su conformación -aunque, puede, quizá, en la historia no haya momento intranscendente para el devenir de una comunidad-. Pero los sentimientos más populares y extendidos nos muestran, a la larga y con el asentimiento de especialistas y entendidos, como señaló el cronista oficial Carlos Navarro Ruiz, en la introducción a su 'Nomenclátor de Calle y Plazas de Las Palmas' (1940), al reflexionar sobre los nombres que esos lugares pueden recibir, como existen personas que «contribuyeron al engrandecimiento del país, realizaron el bien general con sus concesiones, y se han distinguido por su patriotismo, servicios relevantes o por sus grandes méritos artísticos». Y si 'la memoria es el escribano del alma', como argumentó Aristóteles, esa memoria no sólo mira al pasado, sino que contribuye a trazar y mostrar la realidad y la pervivencia de una época a través del tiempo. Y esa pervivencia es la que hace que algunas personas, como determinados hechos relevantes que marcaron toda una época, queden para siempre vivas y cercanas en la memoria y el afecto de sus paisanos de generaciones posteriores.

Hace unos meses Las Palmas de Gran Canaria, y con ella otros ámbitos geográficos más amplios, dieron prueba de su hondo duelo, ante la noticia del fallecimiento de Jerónimo Saavedra, figura ineludible ya para entender una época trascendente para Canarias, una época marcada por la necesidad de trazar las sendas adecuadas para el nuevo siglo y la nueva sociedad que llegaba con paso ágil y arrollador. Poco tiempo después, a penas dos meses después de aquel 21 de noviembre pasado, y dentro quizá de una no entendida 'teoría del caos' -pero que está muy presente en la vida cotidiana de los seres humanos-, en la que hechos que parecen no tener nada que ver entre sí se muestran, al cabo del tiempo, relacionados por una serie de circunstancias que los relacionan y los identifica, asistimos en Gran Canaria a la partida de tres personas que también han sido, en sus respectivos campos, y con distintas intensidades, conformadoras de esa época que, ahora, parece que se va, al marcharse muchos de sus más relevantes protagonistas y testigos, y con ellos los hitos que han marcado un tiempo en el que, nuevamente en su historia -quizá la anterior y más clara fue de época de la segunda mitad del siglo XIX-, se trazaron las vías necesarias para el futuro y el progreso insular. Unos días del invierno isleño de 2024 en el que nos han dejado tres personalidades que ya serán siempre recurrentes en la historiografía grancanaria, y canaria en general. Lorenzo Olarte Cullen, Juan de León Suárez y José Antonio Baeza Betancor. Y en el tiempo de la despedida de todos ellos parecen resonar unos versos de Tomás Morales -con los que despedía al gran educador Diego Mesa de León en 1915-, aquellos que exclamaban «¡Padre es quién nos transfunde la educadora gracias/, paternal es la mano que nos lleva a lo cierto. / Más allá de la tumba perdura su eficacia/ y en nuestro ser hay algo del corazón del Muerto!».

Lorenzo Olarte desde el ámbito de la política, pero también desde la bonhomía que le caracterizó, sin por ello perder nunca el rigor y la contundencia con que debía defender aquello que entendía trascendente para la sociedad canaria, como hizo con la ley que permitió la creación de la ULPGC, Juan de León Suárez tanto en su profesión como médico, como desde su trabajo en el mundo de la cultura y de la música en Canarias, en especial a través de Amigos Canarios de la Ópera, sociedad que presidió desde 1996 a 2012, unos años que fueron trascendentales para encauzar y actualizar la profunda pasión por la música y por la ópera que Gran Canaria tenía desde siglos atrás, reformando un asentado Festival e instituyéndolo en una Temporada de Ópera, con un dinamismo artístico y de gestión, que no sólo le han merecido un prestigio internacional, sino que hoy es un patrimonio cultural canario innegable, y José Antonio Baeza Betancor, desde el orbe de la comunicación social, del periodismo isleño, como hito de un tiempo de cambios y actualizaciones imprescindibles no sólo en los medios, sino en la importancia que tenía entender que supondría en el nuevo orbe mundial la comunicación pública en el devenir de Canarias, como sociedad ubicada en una estratégica encrucijada mundial.

De cada uno de ellos podrían escribirse unas elocuentes y jugosas biografías, como se han escrito, desde noviembre para acá, muchísimas páginas periodísticas, pero de ellos en conjunto también puede y debe decirse mucho, pues suponen hoy un conjunto ineludible como hitos de la época que ha llevado a Canarias de un tiempo a otro más prometedor, si se sabe enfocar y aprovechar. Por ello y para ellos aquellos versos de Cairasco de Figueroa -hito indiscutible de otra época mucho más lejana, pero no por ello menos trascedente para el devenir isleño- que hablan de como «De aqueste digno tronco saldrán ramas / de quién perpetuamente habrá memoria».

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