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Las joyas de Pino

Una novela que nos lleva de lo mundano a lo trascendente con una sonrisa o carcajada

Vicente Llorca Llinares
VICENTE LLORCA LLINARES

En la solapa de la contraportada de 'Las joyas de Pino', la tercera entrega de las andanzas de Teo Álvarez del Pino, aplicado funcionario de la Secretaría de Personal de la Subdirección General de Vías Férreas del Gobierno de Canarias y diletante detective, el autor de esta novela que pasa de castaño oscuro, negra, Rubén Naranjo Rodríguez, incluye referencias de unas ficticias críticas a su obra publicadas en la prensa que son todo una declaración de intenciones. Así dícese que 'Mongolia', la satírica y mordaz revista, la calificó como la de «uno de los nuestros» y CANARIAS7 como «un golpe bajo a la literatura canaria»; y así es, pues sus páginas son una sucesión de golpes bajos a las maneras y estilos de vida en estos lares y al devenir de nuestros días con interminables y sarcásticas ocurrencias.

Vuelve Rubén Naranjo a echar mano de la crónica de sucesos de las islas, jalonada de acontecimientos que han conmocionado a la ciudadanía, para construir un relato que baila entre el pasado y el presente, retratándonos tiempos de ayer y de hoy con ojos críticos al que nadie escapa, con tono faltón pero también cariñoso, como acostumbra a largar la gente nuestra.

Esta vez Teo nos rescata el irresoluto misterio del robo de la joyas de la virgen del Pino y con él cuantas elucubraciones surgieron entonces sobre quiénes fueron sus autores y la desconfianza de la gente a pie para con las autoridades eclesiásticas de entonces. Porque el relato es ficción pero también es un artesanal trabajo de documentación, en el que se reitera el cariño para con lo que atesoran los periódicos viejos y se evidencia un prolijo conocimiento de nuestra historia y andares, que complementa la narración, hasta el punto de que bien podríamos entender en ocasiones que estamos ante un divulgativo manual de historia, gracias a su estilo ligero que alivia la lectura.

Pero, por encima de todo, 'Las joyas de Pino', como antes fuera 'El coleccionista de coprolitos' y 'Aromas de crimen' es un ejercicio de divertimento, que persigue el entretenimiento y alguna que otra risa, bastantes. Y aun cuando el propio autor considere que no tiene más pretensiones que estas, que no son pocas, la realidad es que de carcajada a carcajada, tiro porque me toca, disecciona nuestro mundo y sociedad, sin olvidar casi ninguna de sus miserias.

Pasar de lo mundano a lo trascendente con una permanente sonrisa en los labios es el santo y seña de esta novela que regala conocimiento. Y como quiera que abunda 'la falta de ignorancia' conviene saludarla con júbilo y satisfacción.