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La copa de la hospitalidad
Tribuna libre

La copa de la hospitalidad

Es la gran final. Costa de Marfil y Nigeria cierran este fin de semana en Abiyán la edición número 34 de la Copa de África de Fútbol, en un ejercicio de diplomacia cultural y deportiva que traspasa fronteras y se convierte en una auténtica fiesta para un mundo que necesita alegrías

José Segura Clavell

Sábado, 10 de febrero 2024, 23:02

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Este domingo concluye la edición número 34 de la Copa de África de Fútbol, un evento importantísimo para nuestros vecinos africanos, dentro y fuera del continente, que culmina con una final de infarto que enfrentará a Nigeria y a Costa de Marfil.

Este partido se disputará en casa de esta última, organizadora del torneo, en una tarde que se barrunta emocionante: en Abiyán se pone el colofón a una copa a la que se ha bautizado como la de la hospitalidad, la más 'chic' y la del siglo. Una competición que está provocando pasiones, 'piques' de todo tipo entre países hermanos que se plasman en memes interminables en las redes sociales, y sorpresas de toda índole, además de remontar la moral de un continente que no suele llegar a nuestros medios de manera positiva y que necesita alegrías.

Para los anfitriones, Costa de Marfil, significaría una tercera estrella en la camiseta y para los nigerianos, la cuarta. Además, se trata de la encarnación pacífica y festiva de una rivalidad económica, política y cultural legendaria en África occidental y pone sobre la mesa, una vez más, la capacidad de los africanos de organizar y vivir con un entusiasmo sin parangón un evento de repercusiones mundiales, que creo que deberíamos envidiar en otros continentes.

Aunque piense que no tiene nada que ver con España, esta competición, que comenzó el 13 de enero y que se celebra cada dos años, provocó el éxodo de una veintena de jugadores desde nuestra liga hasta Costa de Marfil. Figuraba entre ellos el decisivo Iñaki Williams, que regresó tras la eliminación de su país, Ghana, para participar en la derrota del Barça en la Copa del Rey con su equipo, el Athletic de Bilbao. Aunque piense que se trata de una competición menor, hay que recordar que allí se concentraron estrellas de diferentes ligas europeas, como el marroquí Ziyech, el argelino Mahrez, el egipcio Salah, el senegalés Sadio Mané, el nigeriano Oshimen, el camerunés Aboubakar, el ghanés Kudus o el goleador de la última semifinal de esta semana, el marfileño Haller.

Para que se hagan una idea de las dimensiones de esta Copa, hablamos de 24 equipos que han disputado 52 partidos en seis estadios de cinco ciudades, con 114 goles anotados por el momento, lo que hace una media de casi tres por encuentro. Supongo que la inversión (y la deuda) consiguientes son inconmensurables, pero no me resisto a quedarme en aspectos que considero positivos y dejar para los expertos los análisis económicos más profundos y quizás no tan halagüeños.

La campeona saliente es Senegal, que logró su única Copa de África el año pasado y que era también una de las selecciones favoritas, junto con la marroquí. De hecho, Senegal ganó todos sus partidos en la primera fase, haciendo morder el polvo a superpotencias futboleras como Camerún (a la que acompañó el mismísimo Etoo, como presidente de la Federación Camerunesa de Fútbol) y presumiendo, más de dos décadas después de la gesta, de ser la única selección africana que ha logrado derrotar a Francia. Sin embargo, Costa de Marfil eliminó a los senegaleses en la tanda de penaltis de los cuartos, confirmando la maldición que pesa, desde 2010, sobre los equipos ganadores de la CAN: no son capaces de superar los cuartos en la edición posterior a aquella en la que alzaron la Copa.

Otro favorito de la Copa Africana era, como les decía, Marruecos, esa selección que nos expulsó del último mundial con su juego brillante y que, al derrotar a Guinea Ecuatorial, logró que una Costa de Marfil que ya salía por la puerta de atrás de la competición, noqueada, resucitara. Marruecos, por cierto, se ganó así el amor incondicional de los marfileños, que ahora estoy seguro de que apoyarán a esta selección en todas las competiciones internacionales como si fuera la propia.

Aunque parezca un tema ligero, nimio, sobre todo con la que está cayendo en muchos otros frentes, hablamos de una competición que va más allá de lo meramente deportivo. Por ejemplo, es una cita que también deja espacio a la reivindicación. Los jugadores de uno de los equipos semifinalistas, la República Democrática del Congo, eliminado por Costa de Marfil este miércoles, aprovecharon la visibilidad que genera el campeonato en todo el mundo para protestar al inicio de cada partido por la violencia armada que se vive en el este del país. Los jugadores (titulares y suplentes) y su entrenador aprovecharon el momento de la reproducción del himno oficial para taparse la boca con la mano derecha y llevarse dos dedos a la sien con la izquierda (simulando una pistola). Lucieron, además, brazaletes negros. En sus declaraciones a los medios han reclamado sistemáticamente que se preste atención a la extrema violencia que se vive en el país.

El torneo tiene, por cierto, un interesante debate de contexto colonial sobre la integración y un retorno a los orígenes. ¿Cuán africanos son los jugadores nacidos de segunda generación de emigrantes? ¿Es Iñaki Williams menos ghanés por haberse criado en Bilbao? Porque cerca de un tercio de los 629 jugadores del torneo ha nacido fuera de África. La selección de Cabo Verde, por ejemplo, cuenta con 25 jugadores nacidos en seis países diferentes, entre ellos Portugal, Irlanda y Suiza. Y en la selección de Argelia, 14 de sus jugadores se criaron en Francia. En la de Camerún, pasa lo mismo: 12 de sus jugadores se criaron en Francia. En el extremo opuesto, algunos países decidieron que solo jugarían con jugadores nacidos en su país, como Egipto, Sudáfrica y Namibia.

Repito que hay aspectos de esta competición que trascienden lo deportivo y que considero esenciales. Más allá de todos los datos que desgrano, y como sucedió con el mundial que Argentina se llevó a casa el año pasado, esta Copa de África es, probablemente, un chute de buenas vibraciones y autoestima para Costa de Marfil.

Se trata de un país acogedor y apabullante, que eligió como mascota de la competición a un elefante llamado Akwaba (bienvenido), que ha tenido la mala fortuna de situarse en el centro de inestabilidad política y sufrimiento humano durante mucho tiempo. De hecho, Costa de Marfil estrenó siglo en guerra y, si observan las estadísticas de migrantes que llegan a nuestras islas, hay muchos marfileños en esas embarcaciones que se nos acercan buscando un futuro mejor.

La competición deportiva más seguida en ese continente (incluida la diáspora) y los fanáticos del deporte a nivel mundial termina al ritmo de una canción llamada Coup du marteau (martillazo, en francés), un homenaje a músicos y canciones marfileños que ahora mismo se canta y baila en todo el mundo. Es toda una declaración de intenciones, porque se canta en nouchi, el argot urbano marfileño, y esa lengua se crea con piezas de lenguas propias de Costa de Marfil y extranjeras, que se asumen como propias, como el árabe, el lingala o, incluso, el español.

Deseo concluir este texto invitándoles a disfrutar una final de la Copa de África histórica, de la verdadera hospitalidad, en un estadio que va a vibrar y bailar como no lo hace ninguno de los nuestros. Les sugiero que se acerquen a los africanos que viven entre nosotros, que les mostrarán una competición que se vive con una intensidad maravillosa y que no puede dejar a nadie indiferente. Una Copa de África pacífica y alegre, que nos demuestra la capacidad de recuperación y resiliencia de un país que hace una década que se desangraba en una guerra civil, con el que hoy cooperamos a muchos niveles, en el que invertimos y que es la cara de un continente que tiene la voluntad de superar el trauma y deslumbrarnos.

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