Johnson, Bolsonaro y ahora Trump

Veremos el impacto que el contagio tiene en la campaña electoral

Francisco Suárez Álamo
FRANCISCO SUÁREZ ÁLAMO Las Palmas de Gran Canaria

Como si fuera una maldición divina, el coronavirus covid-19 llega al mismo corazón de la Casa Blanca. El bicho este (el virus, no Donald Trump) se empeña en afectar a quienes niegan su gravedad. Le pasó al británico Boris Johnson, le sucedió al brasileño Bolsonaro y ahora le toca al presidente de Estados Unidos y a la primera dama.

Veremos el impacto que tiene en la campaña electoral, tanto desde el punto de vista de imagen como en lo relativo al desarrollo de la misma. Por un lado, porque Trump hizo gala durante meses de que «el virus chino», como él suele decir, no era para tanto, y por otro porque estamos a un mes de las elecciones, hay dos debates televisados pendientes con su oponente, el demócrata Joe Biden, y después del primero el equipo de Trump había insistido en que el candidato rival no tenía la salud que se precisa para ocupar el despacho con más poder del planeta. En este sentido, tenemos el precedente del primer ministro británico, que cambió radicalmente de posición en cuanto fue paciente de covid y ya no le tiembla la mano si tiene que decretar un confinamiento casi pleno del país o de buen parte de él.

Debemos quedarnos en todo caso con que el coronavirus no conoce de fronteras, no distingue entre poderosos y débiles y supera todos los blindajes que se pueden instalar. Otra cosa es que evidentemente Donald Trump y Melania contarán con atenciones médicas muy por encima de la media en Estados Unidos, entendiendo esa media como la de un país donde el sistema público de sanidad sigue en fase embrionaria, con los republicanos amenazando con desmantelar todo lo que aportó Barack Obama si el hoy presidente es reelegido.

En cuanto a si el virus nació en un laboratorio chino o es hijo de una estrategia de Pekín para doblegar a Occidente, el tiempo nos dirá qué hay de cierto. Pero creo que ahora es casi irrelevante: la prioridad no es otra que dar con la vacuna y garantizar a los contagiados la mejor atención posible. Lo demás transita a medio camino entre el espionaje, la ciencia ficción y las teorías de la conspiración. E incluso siendo factible la teoría del virus de laboratorio, solo debería ser objeto de atención si con ello se agilizara la fabricación de la vacuna.

Así las cosas, el contagio de Donald Trump quizás le sirva para darse cuenta de los riesgos de ir por ahí alimentando disparates, negando la evidencia y presumiendo de que la mascarilla y la distancia social no iban con él. Si no quieres caldo, pues toma dos tazas, Mr. Trump...