Siete leguas

¿Integración?

20/03/2018

Dos casos sin conexión entre ellos han sacado estos días lo peor del ser humano en nuestro país. El asesinato del niño Gabriel y la muerte –por causas naturales– de un vendedor ambulante en Lavapiés, Madrid. La presunta autora del crimen del menor es de raza negra e inmigrante; el otro fallecido, también. Y a cuenta del color de su piel y de su procedencia se han ido sucediendo, sobre todo en las redes sociales, los más viles comentarios y deseos. Las actitudes racistas se han desatado, dejando al aire lo que hasta ahora parecía no existía, o no se expresaba.

Ahora, sin pudor alguno, son miles los comentarios que se han desatado, como si proceder de un país pobre, venir a España con la ilusión de prosperar y, además, no ser blanco, fuese un agravante en algún caso. Desatinos varios. Incomprensible todo.

Una asesina es una asesina, da igual el resto.

Y un inmigrante que vende en las calles es eso. Nada más. Luego está todo lo que subyace. La pobreza, la falta de oportunidades y la inseguridad y el miedo que lleva aparejado vender en la calle productos posiblemente ilegales, al ser copias de marcas de lujo del primer mundo. Prendas que en otros países alguien confecciona, de forma clandestina o no, para que unos senegaleses las vendan en las calles de Madrid o de cualquiera de nuestras ciudades, para que nosotros, los españoles blancos, las compremos sin recato.

Me pregunto si hemos hecho todo lo que debíamos para lograr la integración».

Y todo parece perfecto hasta que se desata la locura y las calles del barrio de Lavapiés son escenario de la desesperación de un colectivo que se siente atacado por las fuerzas de seguridad, por los gobiernos de unos u otro color, por la sociedad en general, abandonado a su suerte por su patria. Y entonces la rabia se manifiesta y la empatía brilla por su ausencia y los sectarismos se hacen fuertes, da igual el bando.

Cuando en estos casos oigo aquello de «son un colectivo integrado, han sido aceptados, el barrio los quiere», siempre me queda la duda de si será verdad. Me pregunto si en realidad hemos hecho todo lo que debíamos, y me temo que la respuesta es no, para integrar a los que han tenido que dejar atrás familia y amigos, lengua y tierra conocidas, para labrarse un presente mejor aquí, al lado nuestro. Me queda un regusto amargo, deberíamos ya reconocer que los vemos pero nos son invisibles; su presencia no nos molesta, pero sus vidas no nos interesan. Están, pero como si no estuvieran. Y eso no es integración.