Imagen del pasado viernes, en la capital grancanaria. / Juan Carlos Alonso

Infraestructuras urbanas

El cambio climático provoca que cada vez sean más habituales las lluvias torrenciales y los temporales

Victoriano Suárez Álamo
VICTORIANO SUÁREZ ÁLAMO

Cada vez que llueve con cierta fuerza se repite la historia. Pero que se repita no significa que carezca de importancia y que lo tengamos que asumir con naturalidad y como si no importara. Lo que se ha perpetuado es que en cuanto son más de cuatro las gotas que caen durante más de quince minutos seguidos, las infraestructuras urbanas isleñas dicen basta. Salen a relucir todas las carencias, lo mal que se llevaron a cabo en su momento, lo nefastos materiales empleados y, sobre todo, el pésimo o nulo mantenimiento que se realiza.

Es una situación cronificada y heredada de años y años de inacción, especulación e inutilidades acumuladas. Sobre todo, evidentemente, en los enclaves más poblados la situación es deprimente. Por ejemplo, en cuanto en pieza a llover, todo el que lleva un par de años residiendo en la capital grancanaria sabe dónde nacerán lagos en cuanto llueva con fuerza, qué laderas generarán desprendimientos, qué alcantarillas (todas, la verdad) no darán abasto para tragar lo que se necesita, qué rotondas parecerán haber sido bombardeadas... Y no pasa nada y en cuanto vuelva a llover –que esperemos que sea pronto–, otra vez lo mismo. Y el año que viene y todos los siguientes, una y otra vez.

Se requiere un plan de choque general, para todo el archipiélago. Dejar de seguir tirando el dinero en naderías e ideas peregrinas y ponerse manos a la obra. Entre otras cosas porque el cambio climático, por desgracia, es una realidad incuestionable e implica que cada vez con una mayor frecuencia tendremos en todo el planeta fenómenos de lluvias torrenciales. Avisados de sobra estamos.