Foto de familia de los jefes de Estado y jefes de Gobierno que participaron en la cumbre de la OTAN, antes de la cena en el Prado. / EFE

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Luisa del Rosario
LUISA DEL ROSARIO

Tras la cumbre de la OTAN en Madrid, dos conclusiones quedan claras. La primera es que, después de la frase «la fiesta de la democracia», no habrá guineo más trillado que el de «la gran imagen que ha dado España», al hilo de la cena en el Museo del Prado. La segunda es que el sarao nos ha costado un pastizal. Sería cuestión de poner unos Velázquez en los comedores sociales por si, con el anzuelo de apelar a la cultura, ponemos el foco en esas más de 800.000 personas (el 37,5% de la población canaria) empobrecidas o en exclusión social en las islas.

Podría ser beneficioso, incluso, que las personas migrantes, ya fueran en las pateras o cuando intentan cruzar la frontera en Ceuta y Melilla, portaran unos grabados de Goya o Murillo bajo el brazo, o al menos tararearan las más conocidas melodías de un Mozart o un Beethoven. De esa forma, tal vez, gozarían del trato que merecen como seres humanos y no la indignidad con las que los apaleamos.

Limitar el debate político a la imagen tiene esas cosas. Da igual que presidas una de las tres comunidades con más población en pobreza, porque siempre queda bien ofrecerte como sede de algún sarao, ya sea Eurovisión, un mundial de fútbol o el campeonato intergaláctico de petanca. Obviamente todo eso traerá una riqueza a Canarias nunca vista. Y podemos decir «nunca vista» con toda la razón porque, tras las miles de promesas anteriores, riqueza no hemos visto ninguna.

Para nuestra clase política, cualquier imagen vale salvo la de terminar, de una puñetera vez, con la vergüenza de tener comedores sociales y bancos de alimentos. Eso no cotiza en el Museo del Prado ni en el Teatro Real. Y mucho menos en los improvisados consejos de Gobierno que se celebran en los karaokes de la región, donde noche sí y noche también, se cantan los más bellos 'lieders' de Schubert degustando una copita de Dom Pérignon.