Identidad y festejos

«Es un intangible que trasciende a banderas y soflamas; músicas, gastronomía y tradiciones»

Alberto Artiles Castellano
ALBERTO ARTILES CASTELLANO

Alguna vez en este muro de papel he relatado aquella anécdota, casi colonialista, de mi época universitaria. Cuando un profesor me espetó divertido un «¡Salga de la cueva señor Artiles!» ante medio centenar de compañeros antes de apostillar, «si no suaviza ese acento poco futuro tendrá en Madrid». Por aquel entonces, sin que me desanimara aquel carcamal de la Castilla profunda que vocalizaba tan bien, yo ya tenía claro que no me iba a quedar en Madrid. La nostalgia del olor a mar, también el apego a mi familia, y el sonido del viento eran más poderosos que la ambición de intentar hacerme camino en la capital. Aquel profesor, como todos los que defienden al indivisible reino, despreciaba las distintas identidades que componen un todo, con sus idiosincracias y particularidades.

Hace muchos años de aquello, pero ni las novatadas más inmisericordes deben de ser comparables a la discriminación en la educación por el lugar de donde vengas o por tu forma de hablar. Y es que toda forma de hablar que se aleje del acento que supuestamente se considera neutral (básicamente, el castellano de la zona central de la Península) hace arrugar la nariz porque no son serias o válidas. Incluso hablar como lo hacen en las zonas alejadas de los centros de poder pueden ser consideradas provincianas y propias de gentes pobres e incultas. También se desprecian con connotaciones xenófobas.

Sin embargo, la identidad no se reduce a un acento ni a una bandera; la identidad es un intangible que trasciende a soflamas y tradiciones. Es una suerte de orgullo de pertenencia, pero también la furia para reivindicar lo propio sin desmerecer lo ajeno. La identidad empuja a luchar por el progreso, no admite injerencias ni disimulos. Tampoco permite plegarnos fácilmente a la invasión, ni cultural u opresiva. Flaco favor nos hacemos los canarios intentando disfrazar nuestra identidad. Renunciando muchas veces, censurándonos o intentando cecear de forma impostada para no parecer de aquí o, de forma ridícula, para parecer más cultos imitando a los peninsulares del centro.

Yo siempre lo tuve claro, soy de Ingenio, Gran Canaria. De ese archipiélago junto a África, en el Atlántico, y que tan cerca está de Latinoamérica a pesar de los miles de kilómetros o millas náuticas. También tuve claro siempre que, en cualquier lugar del mundo a donde fuese, mi sitio estaba en Canarias. No hace falta un día para recordarlo, pues la identidad de un pueblo no se fija en el calendario, se siente todo el año.