Crónica

Historia de un error (o muchos)

26/03/2020

Teresa Cruz no iba a ser la consejera de Sanidad. Lo suyo digamos que fue un error, al que luego ella fue añadiendo otros de cosecha propia. Sin mala intención, seguramente, y por eso los llaman errores.

Cruz había destacado en las labores parlamentarias, sobre todo en lo relativo a asuntos sociales y la ley reguladora que empezó a parir Patricia Hernández y que luego presentó Cristina Valido. El propio Román Rodríguez, en los tiempos en que se cocinaba la confección del Gobierno, la señalaba como poseedora de un perfil político idóneo para el área social, pero al final esa cartera recayó en manos de Noemí Santana.

El nombre de Cruz sonó para la Mesa del Parlamento, incluso para presidirla. El Pacto de las Flores quería a una mujer para la presidencia pero una jugarreta de CC, muy propia de quienes mandaban entonces en Coalición -o sea, los mismos de ahora- hizo que la votación estuviese condicionada por la paridad y al final apareció Gustavo Matos, que pasaba por allí, y le tocó el premio gordo: presidente de la Cámara que habría de asistir al cambio de ciclo político.

Así las cosas, Teresa Cruz quedó en la lista de personas a las que recompensar. La Consejería de Sanidad nunca ha sido una pera en dulce. Menos aún un melocotón en almíbar. Desde los tiempos de Román Rodríguez como director del Servicio Canario de Salud no se conoce a un solo político que haya pasado por ese departamento y que haya progresado políticamente. Está el caso de Julio Pérez, que ahora retorna a ese departamento pero a Pérez no le pesa la vanidad de la proyección política. ¿Por qué tanto interés por el cargo? Pues porque Sanidad maneja un volumen presupuestario importantísimo y permite apretar las tuercas a importantes empresas del sector sanitario privado si así se quiere o de llevarse bien con ellas si así se prefiere. Por eso el PSOE tinerfeño reclamó ese departamento para sí, en especial tras saber que Hacienda sería para un grancanario (Román Rodríguez), Obras Públicas también (Sebastián Franquis) y lo mismo con Economía (Carolina Darias).

Elegida Cruz, todos estaban de acuerdo en que lo relevante era que contase con un equipo sólido, que conociera una consejería tan expuesta a la demanda de una ciudadanía que no suele saber quién está al frente del consejero, pero que se acuerda del presidente del Gobierno si algo no funciona bien en un centro de salud o en un hospital. Ahí llegó el segundo error. Se optó por personas con currículo pero en otras tareas, con el añadido de quienes llegaban a cargos estratégicos por cuota de partido y no de sobrada solvencia en la gestión.

«Ángel Víctor Torres dijo en la toma de posesión del Gobierno quería consejeros de carne y hueso, y Teresa Cruz fue carne de sus errores (los de ella) y su gestión un hueso para el presidente»

Comenzó la andadura y a las primera de cambio aparecieron los problemas. En gran medida provocados, como quien pone una cáscara de plátano a ver si se resbala quien pasa, pero lo cierto es que la consejera y su equipo se esmeraron en pisar todas las cáscaras cuando era más que evidente dónde se las iban poniendo. La huelga sanitaria que tuvo que frenar el propio presidente Ángel Víctor Torres fue el paradigma de esa situación. Cruz se enfrentó a colectivos profesionales y sindicales con varios trienios en esto de arrinconar a un político y ella pensó que los iba a tumbar a las primeras de cambio. Craso error. Y lo peor, en clave política, y ahí fue cuando saltaron las alarmas en el PSOE, es que empezaba a contaminar al propio presidente. Sobre esto, ya un veterano de la política canaria empezó a advertir, y así se lo dijo a Torres abiertamente, que el coronel no puede hacer de cabo furriel, que una cosa es apagar un fuego y otra estar continuamente solventándole la papeleta a los que están por abajo.

En el entorno presidencial ya cobró fuerza que había que poner un cortafuegos, pero Torres, quizás por aquello de su experiencia en el incendio de Gran Canaria al inicio de su mandato, seguía combatiendo las llamas en primera línea. La consejera, que se supone que estaba haciendo lo mismo, se dedicaba, de nuevo seguramente sin pretenderlo, a echar astillas en lugar de agua.

Añadamos al inventario de errores una política de comunicación manifiestamente mejorable desde el minuto uno y que en Gran Canaria se sabía de su existencia porque su nombre seguía apareciendo en la web de la Consejería, pero poco más. Es entonces cuando se conjuran los que ciertamente la quisieron poco desde el principio: sindicatos, colectivos profesionales, sector privado sanitario... y también el PSOE grancanario, que sacó la guadaña tanto por ella como para dejar constancia de que pesa mucho y de que si Tenerife quiere imponer otro nombre, mejor consensuarlo.

Cuando estalló la crisis del coronavirus, la Consejería también calibró mal el alcance. Es verdad que ese error está en proporción al del Gobierno de Pedro Sánchez pero su empeño en dejar al margen al sector privado, cuando era evidente que no hay sistema sanitario público que pueda por sí vencer a una pandemia -excepción, claro está del chino, pero allí la diferencia entre público y privado es más bien un eufemismo-, fue probablemente la cruz que le faltaba en el casillero.

En las últimas 48 horas, la consejera quiso echarle un pulso al presidente Torres, a la realidad y a su propia cadena de equivocaciones. «No es tiempo para tacticismos», decían en el Gobierno los que le insistían a Torres que no podía seguir contemplando el desatino sin hacer nada. Así cayó Cruz, víctima de su propio naufragio y con los aplausos de unos cuantos -insisto: también los de parte de sus compañeros de partido-.

Y efectivamente no es tiempo para tacticismos, porque la gente se muere y los profesionales sanitarios se juegan la vida por todos, con el añadido de que también exponen la suya.

Ángel Víctor Torres dijo en la toma de posesión del Gobierno que quería consejeros de carne y hueso, y Cruz fue carne de sus errores (los de ella) y un hueso para el presidente. Seguimos en estado de guerra contra el coronavirus, en la trinchera hay unos que se exponen y quien está en el puente de mando no puede aceptar más errores de los que organizan la ofensiva. La autoridad precisa de contar con ‘auctoritas’, que suena igual pero no es lo mismo. Torres unió ayer las dos palabras.